María Alejandra Aristeguieta: La Venezuela que queremos todos

Hace alrededor de quince años, durante una visita familiar, Werner Corrales y su esposa Tanya Miquilena le plantearon a nuestra asociación, Iniciativa Por Venezuela, que organizáramos un taller de un día para presentarnos un proyecto que estaban desarrollando en todo el territorio venezolano. El proyecto consistía en identificar entre todos los asistentes aquellas cosas que a cada uno, como venezolano, nos parecieran indispensables para poder avanzar como país.
Reunimos a unas cuarenta o cuarenta y cinco personas de distintas posiciones políticas: gente que había votado por Chávez, personas que no se sentían identificadas ni con la oposición ni con el chavismo y, por supuesto, gente radicalmente opuesta al chavismo.
Werner y Tanya nos pidieron que conformáramos mesas de trabajo de no más de ocho participantes y debatiéramos hasta lograr un mínimo común denominador. Primero, debíamos armar una lista de aquellos temas que nos parecían importantes; luego, conversáramos sobre ellos y buscáramos espacios donde pudiéramos tener un acercamiento. Para evitar discusiones que subieran demasiado de tono, nos indicaron pautas precisas, como concentrarnos en el «qué» y el «cómo». También nos pidieron evitar debates sobre posiciones ideológicas o personales. Ambos habían desarrollado un encuadre metodológico de resolución de conflictos dentro de normas de respeto y diálogo muy bien definidas.
De hecho, en una de las mesas hubo un debate muy acalorado y los facilitadores recogieron el punto que generaba fricción y lo separaron, aceptando ambas posiciones como posibles.
Luego de estos debates en cada mesa, teníamos que definir las áreas en las que todos podíamos estar de acuerdo. Para finalizar esa parte del ejercicio, nos pidieron que, entre todos, representáramos el resultado en un dibujo, para lo cual teníamos dispuestas varias hojas de papel, creyones de color y marcadores.
Posteriormente, cada mesa explicaría su debate —a veces, como vimos, muy apasionado— y sus conclusiones.
En un rotafolio fuimos colocando los temas y agrupándolos. El resultado fue muy impactante: en cada mesa se repetían los temas casi como si hubiésemos trabajado todos juntos.
Aparecieron ante nosotros siete áreas de consenso que podríamos resumir así:
Paz y justicia: acabar con la conflictividad.
Progreso con visión social.
Instituciones transparentes y cuidado de infraestructuras.
Política exterior en concordancia con los intereses del país.
Diversificación de la economía.
Protección del medio ambiente.
Educación y respeto.
Luego, Corrales y Miquilena nos explicaron cómo habían venido desarrollando este mismo proyecto en toda Venezuela, trabajando con líderes comunitarios, personas de distintos caminos y liderazgos políticos, de distintas edades, en parroquias, centros comunitarios o universidades, y a veces en casas particulares; nos contaron cómo sentaron a empresarios y trabajadores por igual, a estudiantes, adultos mayores o amas de casa, y cómo seleccionaron a los participantes y por qué.
Junto con sus equipos, agruparon las miles de propuestas, quejas y visiones recogidas en los aproximadamente 300 talleres que realizaron con alrededor de 60 000 personas. Nos contaron que lo que evidenciaba la data era que las demandas de los venezolanos no estaban dispersas, sino que, por el contrario, convergían matemáticamente en esas mismas siete áreas que nosotros habíamos identificado a miles de kilómetros de distancia, y que ellos llamaron Los siete consensos u objetivos de desarrollo.
Nos dieron varios ejemplos que he usado a lo largo de estos años, los cuales permitían ver cómo cada área podía ser abordada por los participantes de maneras distintas, pero conceptualmente eran parte de un mismo problema y, por lo tanto, podían agruparse bajo un mismo objetivo de desarrollo. El primero de ellos fue que todos los grupos pedían paz; pero mientras para los estudiantes significaba acabar con la persecución y la represión, asegurar el libre tránsito o la despolitización de los cuerpos de seguridad del Estado, para las madres de los sectores populares se trataba (y se trata) de una lucha desesperada por la supervivencia y por evitar que sus hijos, sobre todo los varones, mueran asesinados antes de cumplir los veinte años producto de la violencia y el crimen.
El otro ejemplo fue el del medio ambiente. Corrales y Miquilena unificaron percepciones disímiles sobre el entorno, contrastando las discusiones abstractas de la clase media sobre biodiversidad con la urgente necesidad de atender el problema de la basura o del agua en los sectores populares. La metodología resolvió esta brecha integrando ambas realidades en una meta común orientada a construir un hábitat de calidad que abordara el saneamiento y los servicios básicos con estándares ecológicos globales.
De ahí recogieron los resultados del estudio en un libro: Venezuela, vértigo y futuro, obra que ojeaba hace un momento para escribir estas líneas.
Pero este relato no es nostálgico; viene al caso luego de que, hace un par de días, durante la rueda de prensa en la UCAB, escuchamos a María Corina proponer al país un ejercicio similar que ella y su equipo llamaron Punto de encuentro. Mientras ella describía las grandes líneas del proyecto, recordé aquel sábado que pasamos en una casa parroquial de una pequeña ciudad en Suiza un grupo de venezolanos de lo que ahora se conoce como la diáspora, para discutir el futuro al que queríamos regresar y en el que queríamos que crecieran nuestros hijos. No pude menos que sentir la emoción que experimenté cuando concluí ese ejercicio, y le auguré éxito a este nuevo proyecto, porque más allá del reencuentro, del efecto aglutinador de grupo, del reconocernos en nuestras diferencias y de la esperanza que nos generó descubrir todo lo que podemos construir juntos, el taller hizo algo más:
Todos nos sentimos partícipes y dueños de ese destino común. De esa Venezuela que queremos todos.