Carmen Posadas: Eterna Cenicienta
Mi nieta Carmen es una gran lectora. Desde pequeña devora libros a una velocidad que me da mucha envidia, porque yo, en cambio, soy una lectora demorada. Con trece años, Carmen acaba de entrar en la categoría que las editoriales llaman ‘jóvenes adultos’, lo que viene a ser la literatura juvenil de toda la vida, solo que ahora se denomina así, porque ‘literatura juvenil’ remite demasiado a Julio Verne, para entendernos, mientras que ‘jóvenes adultos’ suena más a fantasía y, en el caso de las chicas, a novela romántica.
Carmen está ahora inmersa en uno de esos fenómenos editoriales más deudores del boca a oreja y las recomendaciones de sus amigas del cole que de grandes campañas publicitarias. Va por el tercer tomo de la pentalogía La selección, una distopía romántica de Kiera Cass. «¿De qué trata? –le pregunté–. ‘Uf, a ver cómo te lo explico –me respondió levantando apenas un ojo de la lectura–: es del estilo de Los Juegos del Hambre’». También Wikipedia señala este paralelismo, pero les cuento de qué va el argumento y ya me dirán a qué les recuerda.
¿No habíamos quedado en que somos independientes y dueñas de nuestro destino?
Se trata de un concurso que organiza el rey de un país del futuro para que su hijo encuentre esposa. A la selección (de ahí el título de la pentalogía) se presentan muchachas pertenecientes a ocho castas distintas que van desde la más elevada, que es la realeza, hasta las menos afortunadas, cuyas integrantes no saben leer ni escribir. Nuestra protagonista, que se llama America Singer, pertenece a una casta intermedia. Tenía un novio, pero se disgustaron y su madre la apremió para que se apuntara al concurso obligándola a trasladarse a palacio y competir con otras 34 candidatas por ser la elegida del príncipe.
Como comprenderán, todo menos frenar el afán lector de Carmen, pero para mí que, más que parecerse a Los juegos del hambre, este es el cuento de la Cenicienta de toda la vida. Y por si quedaba alguna duda, basta con ver los nombres de los cinco volúmenes que forman la pentalogía. El primero se llama La selección, luego vienen La élite, La elegida, La heredera y por fin La corona.
No seré yo, devoradora en mi adolescencia de Por siempre Ámbar y otras mil romanticonadas del mismo estilo, quien se rasgue las vestiduras porque mi nieta se fascine con La selección. Lo que me sorprende es que este tipo de novelas mantenga el mismo esquema de siglos, por no decir milenios, atrás. ¿Cómo es que a niñas del siglo XXI les sigue gustando una historia en la que la protagonista se somete a una selección para ser elegida princesa, todo esto entre bailes en palacio, vestidos vaporosos y bucles en cascada? ¿No habíamos quedado en que las mujeres ya no somos Cenicientas que esperamos a que nos elijan, sino independientes, dueñas de nuestro cuerpo y de nuestro destino?
Según los sociólogos, ambos esquemas mentales pueden coexistir. Que esas niñas que fantasean con bailes y príncipes luego, en su vida real, sean hijas de su tiempo, autosuficientes, sin depender de los chicos, marcando ellas las reglas, es perfectamente compatible. Dicen también que esta dualidad ya se dio hace unos años con Cincuenta sombras de Grey, donde la protagonista firmaba con el señor Grey, trasunto erótico del príncipe azul, un contrato de sometimiento sexual. «A ninguna mujer –explican los estudiosos– le gustaría topar en la vida real con un individuo así, pero sí les atrae la idea de sumisión como fantasía».
No puedo opinar. Nunca he tenido este tipo de fantasía y la lectura de Cincuenta sombras de Grey me produjo solo un perplejo bostezo. Lo que yo me pregunto es a qué responde esa curiosa atracción por relaciones subordinadas, tan contrarias a nuestra forma de ser como mujeres del siglo XXI. Sé que es una pregunta incómoda y, desde luego, no es lo mismo que mi nieta lea La selección a que mujeres adultas suspiren por el señor Grey y sus muchas sombras. Supongo que en último término la explicación anida en lo que Carl Jung llamaba un arquetipo, un patrón universal e innato que vive en el inconsciente colectivo y que se expresa a través de mitos, sueños y fantasías. De ser así, no hay que inquietarse demasiado porque las adolescentes de bien entrado el siglo XXI fantaseen con que las elija el príncipe azul en un baile. Es todo parte del proceso de crecimiento. Y, por lo que se ve, esos esquemas ancestrales siguen vigentes a pesar de que las mentalidades cambien. Aun así, no veo el momento en que Carmen cambie La selección por Orgullo y prejuicio o Jane Eyre. Ambas novelas son, una vez más, la historia de la Cenicienta. Igual de emocionantes y de arquetípicas, solo que contadas con más talento.
