César Calderón: El milagro de Budapest
«La lección que Hungría traslada a Europa es estratégica: que el populismo, cuando se enfrenta a una oposición unida, moderada y movilizada, pierde»

Ilustración de Alejandra Svriz
Péter Magyar era, hasta hace no mucho, un funcionario de carrera dentro del propio Fidesz de Viktor Orbán. Diplomático, hombre del aparato, esposo de la que sería ministra de Justicia. En febrero de 2024 publicó una grabación comprometedora, cruzó la línea y se convirtió en el instrumento de lo que parecía imposible: la derrota electoral del régimen que había moldeado el sistema a su imagen durante 16 años. Este domingo, con el 96% escrutado, su partido Tisza obtiene 138 escaños. Fidesz se queda en 54. Supermayoría de dos tercios. Dieciséis años de reinado absoluto liquidados en una tarde de abril.
El dato que más debería importarles a quienes estudian estas cosas: la participación rozó el 79%, la más alta desde la caída del comunismo en 1989. En unas elecciones la movilización nunca es un accidente sino más bien el vehículo emocional de un electorado que quiere un cambio. Cuando el ciudadano que normalmente se queda en casa decide que esta vez sí merece la pena ir, generalmente va a derribar algo. Y aquí han derribado a uno de los líderes de la ultraderecha populista más sofisticados —y más imitados— del siglo XXI.
La historia personal de Magyar merece atención porque es, en sí misma, el argumento más demoledor contra los regímenes que capturan las instituciones desde dentro. Los sistemas autoritarios engendran, inevitablemente, a sus propios destructores: personas que conocen los mecanismos, que saben dónde están los cadáveres, que un día deciden que el coste personal de seguir callando supera al de hablar. Bruto también era de la familia de Julio César. El escándalo del indulto a un encubridor de abusos a menores perforó precisamente el núcleo de la autodefinición de Fidesz —partido defensor de los valores familiares y protector de la infancia— y Magyar aprovechó la grieta con una habilidad que solo tienen quienes conocen la arquitectura del edificio que pretenden demoler.
Lo que Magyar ha construido en apenas dos años es algo que la ciencia política lleva tiempo reclamando como única respuesta eficaz al populismo iliberal: un frente amplio de demócratas. Conservadores, liberales, socialdemócratas, ecologistas y centristas han renunciado a sus siglas, a sus egos y a sus programas para concentrar el voto en el único instrumento capaz de derrotar al régimen a través de una coalición cívica. Y Magyar la ha liderado desde un europeísmo sin complejos y una moderación que ha resultado ser la postura más radical disponible. En un país donde las instituciones llevaban 15 años siendo desmanteladas pieza a pieza, defender el Estado de derecho, la independencia judicial y la pertenencia plena a la Unión Europea era, paradójicamente, el programa más subversivo que alguien podía presentar.
Y sin embargo —et hoc maxime interest, que diría Tácito— la lección que Budapest traslada a Europa no es ideológica, sino sobre todo estratégica: que el populismo de extrema derecha, cuando se enfrenta a una oposición unida, moderada y movilizada, pierde. Tocqueville advertía que las revoluciones no estallan cuando la opresión es máxima, sino cuando el pueblo empieza a creer que el cambio es posible. Hungría lo ha confirmado la noche del domingo con una papeleta.
«Putin pierde en Budapest a su principal mamporrero dentro de la OTAN y la UE, y Abascal pierde el espejo y el modelo»
Pero los grandes derrotados del domingo no votan en Hungría. Votan —o gobiernan— en otro lugar. Vladímir Putin pierde en Budapest a su principal mamporrero dentro de la OTAN y la UE: el hombre que bloqueaba sanciones, retrasaba ayuda a Ucrania y tendía puentes entre Moscú y Bruselas con una desenvoltura que ningún otro líder europeo se permitía. Donald Trump pierde al único jefe de Gobierno occidental que había convertido el desprecio por las instituciones liberales en doctrina de Estado exportable, en manual de instrucciones para la nueva derecha internacional. Y Santiago Abascal pierde el espejo y el monedero: el hombre que le demostraba cada mañana que el iliberalismo era viable y que, entre demostración y demostración, encontraba tiempo para financiar la causa. Intimidad ideológica y dependencia económica, todo en uno.
Una pérdida doblemente patriótica, aunque quizás lo más patriótico que podría hacer Abascal ahora es ir preparando la explicación —esa que todavía no ha dado con claridad— de cómo una potencia extranjera acabó presuntamente sufragando su proyecto soberanista español. El Tribunal de Cuentas del Reino de España, que tiene menos paciencia que los votantes húngaros, seguro que está deseoso de revisar los números de la operación.
Orbán fue, durante años, la franquicia de un modelo. La noche del domingo, la franquicia ha cerrado. Los que en Madrid, Moscú o Washington tomaban nota de sus métodos tendrán que tomar nota, también, de su final.
Queda, sin embargo, algo más hondo que el resultado electoral. Una lección que conviene no desperdiciar en un momento en el que el pesimismo democrático se ha instalado como estado de ánimo dominante en media Europa. La libertad, que tiene una paciencia exasperante y una puntualidad pésima, termina a veces por aparecer. No siempre. No donde uno la espera. No con las formas que uno hubiera preferido. Pero la noche del domingo apareció en Budapest, que era el último lugar del continente donde alguien sensato habría apostado por ella.
Si ha podido ocurrir en Hungría, puede ocurrir en cualquier parte. Anótenlo.
