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Chitty La Roche: Breves consideraciones sobre la traición y la soberanía

 

 

La patria de un cerdo es dondequiera que haya bellotas” François de Salignac de LaMothe-Fénelon,  Diálogo de los muertos

 

Algunos pragmáticos (pero no son los únicos) piensan que la idea de patria supone un pensamiento anquilosante y anacrónico, si acaso bueno para militares, burócratas y educadores. En el tiempo actual de exacerbación del individualismo, de la relativización de los conceptos, de vaciamiento de la espiritualidad, de desarraigo y desciudadanización, hablar de patria a menudo —aun mediando amistad y respeto— deja a ciertos interlocutores silentes, con una mirada o un efecto de dudosa sinceridad.

Entretanto y, sin embargo, la Venezuela que vivimos nunca como ahora ha visto sufrir a eso que llamamos la patria como en estos años de la revolución de todos los fracasos. El país está partido en su rostro, como un boxeador que, a pesar de todo, sabe que no puede parar, que no puede rendirse. Empero, dejemos claras las cosas: ¿qué es eso de patria? Es el país de origen o la comunidad política a la que una persona siente que pertenece, unida por una historia, cultura y valores compartidos. También es más que el lugar de nacimiento: es objeto de un profundo afecto y lealtad. Eso nos enseñaron desde niños o quisieron hacerlo nuestros maestros.

Etimológicamente, la patria alude al lugar donde reposan los ancestros, a un sentimiento de identidad que nos define entre otras comunidades, un lazo político y jurídico para ello. La patria es de donde somos y eso es valioso para una buena parte de los coterráneos; pero, fijémonos, no para todos.

Hace poco más de un mes sentí ese pulso patriota cuando, viendo y oyendo lo que sobrellevaban en La Guaira mis paisanos, familiares y amigos, se me hizo un nudo en la garganta. Esa era y es nuestra gente; por qué esos terremotos sacudieron nuestro suelo de pleno fuete y a nuestra alma llegó el grito sordo del dolor. Lo bonito y edificante resultó, de inmediato, vernos los venezolanos y sabernos todos concernidos; bajando solidarios muchos y otros, con el mensaje del mismísimo corazón, compartiendo el daño. Eso era patria y patriotas al mismo tiempo. Gracias al mundo que envió ayuda como humanidad.

La soberanía, por su lado, define —en palabras sencillas lo escribo— la cualidad de un pueblo para autodeterminarse. Se diría que hay una tendencia natural de los conglomerados unidos por vínculos históricos, étnicos, lingüísticos, religiosos y culturales a apreciarse distintos y orgullosos de serlo, inclusive aspirando entre ellos a compartir destino, diferenciados con relación a otras colectividades equivalentes.

El Estado-nación, anotémoslo como fenómeno emergente y/o latente presente en todas las latitudes, es una construcción política, jurídica y espiritual que hace posible que una comunidad como nación, enclavada en un territorio, asuma la conducción de sus asuntos y se postule ante sus similares en el mundo, reivindicando su autonomía y su decisión de distinguirse de las demás. Toda nación, al tomar conciencia de que lo es, ha querido siempre convertirse en Estado.

Más aún, las naciones se juegan la vida en el intento de asegurarse como estados y, para lograrlo, se han librado desde el origen de la sociedad todas las guerras. La paz, entendida como convivencia serena, pasa porque se cimente la susodicha en un principio reconocido por todos de aceptación en la diversidad. De no ser así, no habría coexistencia ni avenencia posible.

Dos valores resaltan, pues, al unísono: la nación quiere ser Estado, libre e independiente, y vivir su vida a su manera y sin interferencia de nadie. Otra historia será la que internamente acontezca y no siempre, por cierto, en la línea de la comprensión y la tolerancia entre connacionales. El ser humano es un compendio de emociones y decisiones no siempre racionales, ni tampoco responsables y nobles.

La búsqueda del poder y las ideologías han sido la causa y el combustible de numerosas confrontaciones entre gente de la misma nación y con los mismos vínculos legitimadores de una natural aquiescencia y empatía que se ve comprometida cuando otros elementos sesgan y contaminan la percepción y turban la razón, además. El uno y la otra, no obstante, pueden ir detrás de una escritura no desprovista de un ideal nacional; solo que, por su naturaleza, se tornan incompatibles antagonistas de los otros concurrentes.

Venezuela hoy me recuerda un libro de mi compadre Gustavo Tarre Briceño que, si mi memoria es buena, se tituló 4F: El espejo roto. Allí se deja clara la significación de la felonía para la institucionalidad y la democracia. Hoy somos pedazos de ese espejo que otra vez rompió, si pudiera decirse así, la actuación traducida en traición de Hugo Chávez y de sus epígonos, y el resultado al que han llevado al país en medio de su marcha a la locura que llamaron «revolución» y el daño que le infligieron a la patria, a sus valores, a su economía, a sus instituciones, a su gente y, especialmente, al ideal de nación con arraigo, fe y esperanza que teníamos antes del arribo de los bárbaros, zafios, antipatriotas, demagogos y cínicos que la han malogrado.

Por si no nos hemos percatado, devenimos, gracias a los traidores, en una suerte de protectorado norteamericano que se solaza a diario de su hazaña al convertir nuestro país en una entidad sumisa y carente de personería política, autonomía, independencia y soberanía. ¿Puede haber una traición peor que esa humillante condición?

Cabe recordar al Dante y: «Al llegar la hora de describir la región más profunda del Infierno, donde se castiga en el hielo a los traidores…». Por allá, en el noveno círculo, encontramos a aquellos que abjuraron de todo, movidos por distintas pasiones; pero quizás haya un espacio aún más patibulario y despreciable para los que traicionan a su patria. Los que trastocaron la confianza de sus connacionales y, aun a costa de su ilusión, coadyuvaron y/o protagonizaron la infidelidad, ya sea por ambición o por alienación o enajenación a una infecta e inhumana ideología. Para ellos, reza el poeta: «Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate».

Me viene una pregunta al espíritu: ¿es que 27 años de depredación de la patria no le han bastado a esa caterva de mamelucos? Digo, evocando a Bolívar ante la Sociedad Patriótica en 1811. Demoler, destruir, corromper a su patria, saquearla, violarla, perseguirla, asesinarla, callarla a golpes y torturas no fue suficiente.

Leyendo hace unos días encontré un artículo que ensaya explicar cómo la traición está en la naturaleza humana, como en la política, en la medida que las luchas admiten con frecuencia cosas buenas y malas. Cito:

«Traicionar es parte de la lógica del poder. Es una cuestión dialéctica si se quiere; de enfrentamiento, de disputa entre partes. Para convertirnos en un igual al que “tiene” el poder debemos enfrentarnos con él hasta las últimas consecuencias. Tal como enseña Hegel en la Fenomenología del espíritu: los rivales (el Amo y el Esclavo) se enfrentan hasta el final. En términos trágicos: la traición artera consuma de un golpe lo que otros medios (la política) no pueden; es un atajo definitivo.

El Amo, el Traidor, el que vence, “combate como hombre (por el reconocimiento) y consume como animal (sin haber trabajado)”, anota Alexandre Kojève. Al Amo podríamos pensarlo como el dirigente; el Esclavo, en cambio, es el que hace la política de intercambio, la negociación, el que vive en la rosca, en el ida y vuelta, el operador. El Amo, al no temer a nada, avanza sin vacilación. Pero el que hace y se apropia de la política es el Esclavo: la trabaja como se trabaja la materia. Es el estrato de la política que vivimos a diario todos, es la política del hombre y la mujer. Son los que se realizan con la política. El Amo no. Él es inhumano, no teme y va más allá por el reconocimiento; manda, dirige». (Juan Di Loreto, La política como traición)

Ocurre ahora que tratan de normalizar la traición justificándose con la lucha o con el valor al que se pretende invocar y convocar como una cognición del porqué de las cosas y, supongo, recordando a Hannah Arendt, que también puede banalizarse; pero me niego a asumirlo al tiempo que veo a mi patria desfigurada, sostenida por un constante heroísmo por la raza de su gente frente a una avalancha de desgracias e infortunios, y devenida mártir, por un lado, de su civilidad pacifista y, por el otro, víctima de los que no saben, no quieren o no pueden sino traicionar, refiriéndome a los de adentro, pero también a los de afuera.

Mañana, 1 de agosto, se levanta un telón e iniciará en el teatro de la política una representación con guion norteamericano, inédita pero no original, como un diálogo o como una comedia; ya veremos. Pido a Dios, francamente, que no termine en la tragedia de otra traición.

 

Nelson Chitty La Roche, nchittylaroche@gmail.com, @nchittylaroche

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