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Coixet: Seguridad, orden, satisfacción, lealtad

«Johan lo resume en cuatro palabras. Enumera las virtudes del contrato burgués como quien recita la lista de la compra, y el espectador intuye que esa lista es justo lo que se va a pudrir».

CINE Y PSICOLOGÍA: SECRETOS DE UN MATRIMONIO (Ingmar Bergman, 1973): DEL HOMBRE EN FALTA Y DE LA MUJER "NO-TODA"

El 4 de mayo de 1972, Dagens Nyheter publicó una entrevista con Ingmar Bergman en la que el director anunciaba algo inédito en su carrera: iba a rodar una serie para la televisión. El tema, explicaba, sería «cómo el ideal burgués de la seguridad acaba corrompiendo la vida emocional de las personas, socavándola, llenándola de miedo». Un año después, en la primavera de 1973, la televisión pública emitió los seis episodios de Secretos de un matrimonio, con Liv Ullmann y Erland Josephson como Marianne y Johan.

La televisión no era un territorio desconocido para Bergman. Había dirigido obras de teatro para su emisión y, pocos años antes, había hecho El rito (1969), una pieza de cámara sobre tres actores de teatro encerrados con un juez. Lo que cambió con Secretos de un matrimonio fue la dirección de su obra: a partir de entonces casi todo lo que hizo, aunque luego llegara a las salas, fue pensado para la pantalla doméstica. Una decisión curiosa en alguien a quien se veneraba como el cineasta más importante de su tiempo.

La elección técnica fue deliberada. Bergman rodó en 16 milímetros, con Sven Nykvist en la fotografía, buscando que el espectador sintiera que estaba fisgando en la intimidad de una pareja. Primeros planos larguísimos, pocas localizaciones, dos caras ocupando todo el cuadro. La serie dura casi cinco horas y lo que pasa en ella es, sobre todo, gente hablando. Bergman entendió antes que nadie que el televisor, ese mueble del salón, era el lugar exacto para una historia que ocurre en salones.

La serie arranca con una trampa. Una periodista entrevista a Johan y Marianne para una revista femenina, y ellos posan como el matrimonio modelo que todo el mundo cree que son. La gente siempre los ha visto como la pareja perfecta, dice él, y ella añade que así ha seguido siendo. ¿Ni un tropiezo?, pregunta la periodista. Marianne responde que tienen todo lo que necesitan, y Johan lo resume por ella en cuatro palabras: «Seguridad, orden, satisfacción, lealtad».

Ahí está la tesis de la entrevista de 1972, metida en boca del propio personaje. Johan enumera las virtudes del contrato burgués como quien recita la lista de la compra, y el espectador intuye que esa lista es justo lo que se va a pudrir.

Al principio, Johan y Marianne son casi analfabetos emocionales. Hablan mucho y se dicen poco. A medida que el matrimonio se rompe, la infidelidad, la separación, el divorcio y los reencuentros clandestinos los obligan a encontrar palabras para lo que sienten. Es la paradoja más amarga de la serie: aprenden a hablarse cuando ya no están juntos. Más que una crónica del desamor, Secretos de un matrimonio es una película sobre la comunicación y su ausencia, sobre lo difícil que es saber qué sentimos antes de intentar contárselo a otro. Se calcula que la serie llegó a cerca de la mitad de la población del país, una cifra que hoy ninguna plataforma se atrevería a soñar. Y alrededor de esa audiencia creció una leyenda que todavía circula: que tras la emisión se dispararon los divorcios en Suecia y en media Europa, y que los centros de orientación matrimonial de Estocolmo se vieron desbordados.

Bergman tuvo que quitar su teléfono de la guía porque los espectadores lo llamaban para pedirle consejo sentimental. Tenía experiencia: se había casado ocho veces.

 

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