
Ilustración generada con IA.
¿Es el humanista, el filósofo o el individualista que defiende sus ideas y los valores tradicionales un tipo en peligro de extinción? Mientras ignoramos nuestra cultura humanista y nuestro legado cultural, y criticamos a la gente antipática que no piensa como nosotros, buscamos respuestas en la política. Pero la política no está facultada para prometernos la felicidad. La política ni la filosofía son capaces de resolver las grandes dudas existenciales. En opinión de Mann, «únicamente la cultura, la ética, la religión y el arte nos pueden indicar el camino a seguir».
El occidental se ha convertido en un animal político que no sabe trascender lo binario, que es el mundo fatídico de las guerras culturales, las elecciones forzosas a adquirir una ideología o una identidad, a escoger solo una parte de las ideas que son asignadas a esta identidad y andar por el mundo con esa trágica careta, como el resultado de la «tiranía de la elección», que diría Kierkegaard.
Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento, hace una renuncia a la política entendida como guerra moral: «Ya no concibo la política como el cara a cara de la humanidad y de sus enemigos. Curado para siempre de toda aquella gigantomaquia, hice mía la respuesta de Albert Camus a todos aquellos que, de Sartre a Breton pasando por los comunistas, denunciaban la tibieza de El hombre rebelde y fustigaban sus tesis derechistas: No se decide sobre la verdad de un pensamiento según ese pensamiento esté en la izquierda o en la derecha, y menos aún según lo que deciden hacer con él la derecha y la izquierda. En función de eso, Descartes sería estalinista y Péguy bendeciría al señor Pinay». Esa fue precisamente la ilusión de la que se desprendió Alain Finkielkraut al descubrir a Albert Camus: la verdad no tiene ideología.
La reducción de la Europa de Settembrini —el gran defensor del humanismo ilustrado en La montaña mágica— a la simpleza de la pseudopolítica de hoy día constituye una de las grandes derrotas de nuestro tiempo. Nos estamos resignando a vivir como animales políticos, como si toda nuestra existencia pudiera resumirse en la pertenencia a un bando, una identidad o una causa. Y, sin apenas advertirlo, hemos ido dejando atrás el legado del humanismo europeo: la convicción de que el individuo posee una dignidad irreductible que ninguna colectividad puede absorber.
¿Qué puede hacer el hombre una vez que se convierte en un animal político? ¿Se limita a ser simplemente un sujeto adaptado a la colectividad y se deja arrastrar por los experimentos políticos de su tiempo? En medio del canto de sirenas irresistible de la política, la sombra del hombre que recorre Europa cada vez se parece más a la del mono. Acabaremos andando a cuatro patas.
«Nos estamos resignando a vivir como animales políticos, como si toda nuestra existencia pudiera resumirse en la pertenencia a un bando, una identidad o una causa»
Derechos y deberes, historia, obra, civilización, costumbres. Desde ahí es desde donde liberalismo y conservadurismo, juntos, pueden derribar a quienes han pasado del relativismo al dogmatismo antiilustrado. El dogmático ya no piensa, solo reacciona, juzga y toma partido. Ya no busca comprender al otro, solo identifica aliados y enemigos.
Y al mismo tiempo, aparecen guardianes de las costumbres que quieren volver a un estado anterior. Se les tacha de reaccionarios, y ellos mismos podrían caer en esa trampa y tornar en otra tribu identitaria, tan antiilustrada como la que pretenden combatir. Apelando al humanismo o a los valores ilustrados, cumpliendo con el compromiso de un debate público exigente y pluralista, es desde donde liberalismo y conservadurismo pueden entenderse y hacer frente a estas mentalidades.
Cuando el debate público renuncia a la crítica racional, incluso el hombre más sensato corre el riesgo de dejarse arrastrar por esa corriente. Por eso sigue siendo tan actual la divisa ilustrada formulada por Immanuel Kant: Sapere aude, «atrévete a pensar por ti mismo».
Hay que desmontar aquel mito de que el colectivismo promueve la solidaridad entre las personas y que el individualismo es sinónimo de atomización social, egoísmo e indiferencia. Es cierto que vivimos aparentemente en sociedades atomizadas e individualistas, sin embargo, en la esfera del pensamiento, el pensar por libre es más bien infrecuente. Los colectivos ponen mucho énfasis en la igualdad, pero también hubo igualdad bajo el comunismo, que fue, desde el punto de vista de los hechos, un totalitarismo deshumanizador. Bajo los totalitarismos, las personas se convirtieron en números.
Todo ello se ha acelerado mediante consigna de la igualdad. Pero aquí nos encontramos con una herencia mal entendida. La Ilustración no identificó la igualdad con la uniformidad. Al contrario. La igualdad significaba reconocer que todos los seres humanos, por el simple hecho de serlo, poseen la misma dignidad y capacidad para pensar, juzgar y actuar por sí mismos. De ahí que la igualdad fuera inseparable del individualismo: si todos son iguales en derechos, cada uno debe ser libre para desarrollar su propia conciencia, asumir sus responsabilidades y recorrer un camino distinto al de los demás.
Hoy, sin embargo, la igualdad se confunde con demasiada frecuencia con la homogeneidad. Ya no consiste tanto en garantizar la libertad de individuos diferentes como en producir individuos intercambiables, definidos por categorías administrativas o identidades colectivas. La diversidad se celebra como una consigna, pero se tolera cada vez menos la discrepancia intelectual o moral. El resultado es una extraña uniformidad social.
El individualismo y la libertad son las bases de una sociedad competitiva, pues desarrollan el pensamiento crítico, algo perfectamente compatible con el concepto de sociedad, aunque menos compatible con el concepto de colectivo homogéneo o comunitarismo. Contra lo que algunos creen, el hombre liberal no es un antisocial, es alguien que, al contrario, percibe y respeta los derechos y libertades del individuo. El liberalismo se ajusta mejor a la naturaleza humana que cualquier utopía comunista, pues piensa en términos de sociedades compuestas por individuos pensantes y complejos, imperfectos y desiguales. Raymond Aron escribió que «el liberal cree en la permanencia de las imperfecciones de la humanidad; se resigna a un régimen en el que la benevolencia será el resultado de innumerables acciones, y nunca el resultado de una elección planificada».
Lo que el individualista hace, es desconfiar de la manipulación que se hace de la defensa del interés colectivo. Evita caer en la falacia de la reificación o atribuir a abstracciones propiedades que pertenecen en realidad a entidades concretas. Por ejemplo, desconfía de quienes declaran su amor a la humanidad o del paternalista que nos enseña que solo un único modo de vida es el correcto. Las generalizaciones megasimplistas basadas en el gregarismo están destinadas al fracaso porque, al contrario que el liberalismo, no se ajustan a la realidad, no son capaces de entender la complejidad debido a su visión reduccionista de las personas.
Cristina Casabón (Madrid, 1988), es profesora en la Universidad Carlos III. Articulista en medios y revistas especializadas.
