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El “We are the champions” castrista se fue a pique

LA HABANA, Cuba. – No dudo que el delirio permitiera que la más alta jefatura cubana se pusiera a soñar con la posibilidad de escalar nuevamente el podio panamericano más alto, como en aquella ceremonia habanera de clausura de 1991. Estoy muy seguro de que estuvieron fantaseando, y que más de un trasnochado pensó en un gran desfile, en una apoteosis “revolucionaria” que pudiera coincidir con el cumpleaños de Fidel Castro.

Todo podría prepararse con premura, si es que tan exultante celebración no estuviera dispuesta, en todos sus detalles y desde mucho antes; listos los “puntos de recogida”, dispuestos los ómnibus, las banderas, las ambulancias y el personal médico, listo el audio para los discursos, las consignas, las loas y la plaza toda; listas la música y la letra compuestas por un Raúl Torres que de seguro, soñaría con ir más allá de Freddie Mercury.

Raúl Torres hilvanando la letra y escuchando a Freddie, buscando la inspiración, reclamándola, apelando a todo el panteón yoruba, encontrándola al fin, en ese bulto enorme donde se guarda la contingencia cubana, la chiripa, el azar, que es donde mejor encontró algo, al menos en los últimos años, el autor de “Candil de nieve”.

Y todo se fue a pique… Cuba tuvo que conformarse con el quinto puesto, con 33 doradas, que son ellas las que definitivamente dan los sitiales más elevados. Cuba se situó detrás de los Estados Unidos, de Brasil, México y Canadá, aunque supongo que el dolor más grande, fue estar muy a la zaga del primero.

Sin dudas vendrán días de aparente euforia, de un arrebato nacionalista que hará notar que esta isla pequeña y tan aislada fue únicamente superada por países grandes, grandísimos, de infinitos recursos naturales, de economías fuertes con prósperos mercados, con sillas en el “G 20”. Vendrán días de supuesta euforia donde se exalten las bondades de quienes dejaron a la zaga a esos argentinos que tienen un país enorme y comen carne de vaca cuando quieren.

Vendrán también secretos días de análisis en los que desaparezcan las loas, donde primen, sobre todo los largos regaños en espacios muy cerrados, y que podrían estar presididos por los más altos dirigentes del Partido y algunos del gobierno; confieso que no me gustaría estar en el “pellejo” de los perdedores, sobre todo en el de los peloteros, en su mánager.

No me gustaría estar tampoco en el pellejo de Raúl Torres, quien de seguro miró esfumarse la posibilidad de congraciarse otra vez con el poder. Raúl Torres, y el poder mismo, se quedaron con las ganas de entonar como Freddie: “We are the champions, my friend/ And we’ll keep on fighting till the end”, o lo que es lo mismo: “Somos los campeones, amigo mío,/ y seguiremos peleando hasta el final”.

Y ciertamente habrá que seguir peleando, sobre todo quienes no estuvimos en Lima, quienes no tenemos esas atenciones que el gobierno dedica a los deportistas, a esos jugadores que, según el gobierno, no son profesionales, aunque no hagan otra cosa que entrenar, y entrenar, y entrenar, y recibir por esas prácticas algún dinero, que no es tan simbólico como el del resto de los nacionales, y que ahora debió aumentar un poquito más.

Ahora vendrán algunos regaños, se escucharán diatribas, y quizá algunas palabras soeces. Se sacarán trapos sucios; la casa que le dieron a fulano para que viviera con su familia, el auto que le permitieron comprar a zutano aunque se lo negaran al doctor, a la enfermera, al maestro internacionalista.

Ahora vendrán días en los que esos hombres y mujeres sentirán, sobre sus espaldas, todo el peso de Cuba. Los perdedores conocerán “el crujir de huesos y el ahogo”. Quienes no ganaron, los que no consiguieron el ascenso al más alto de todos los podios, sentirán esa rabia del poder que no se hace visible en los periódicos, conocerán el miedo, la posibilidad de ser sustituidos, en la emergencia, por las bondades de un novato que promete, que hace suponer que en unos años dejará de ser promesa, apariencia, para convertirse en un campeón de Cuba y su gobierno.

Y vendrán otros que entonarán como Freddie: “Somos los campeones, amigo mío,/ somos los campeones y seguiremos peleando hasta el final”, y nadie debe dudar que quizá lo sean, y que después de serlo muchos serán los que busquen mejores horizontes, una vida mejor que se corresponda con su desempeño, y tampoco debe temerse a la posibilidad de que tal futuro campeón entone la misma canción, pero que la cante en el mismo idioma de Freddie, y advierta que: “We are the champions, my friends/ And we´ll Keep on fighting till the end”.

Los panamericanos cerraron ya sus puertas pero la prensa oficial seguirá hablando de ellos por unos días, y hará regaños, los que permita el poder, los que no pongan en duda que la revolución es la gran gestora de los triunfos en el tiro, en el judo, de cada una de las “proezas” deportivas. La “revolución” será el trono de cada una de las medallas, la revolución querrá ser el Freddie Mercury, y aunque se le encoja la voz, aunque se le desgarre, querrá entonar: We are the champions, my friends, y llevarse todos los títulos, aunque no sea verdad.

 

 

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