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Elizabeth Sanchez Vegas: ¿Regresar o renunciar? Una falsa elección

 

Escuché con atención el mensaje público de la doctora Blanca Rosa Mármol dirigido a María Corina Machado. Su trayectoria merece reconocimiento, pero ninguna trayectoria convierte una opinión en verdad ni confiere autoridad para clausurar el debate, declarar agotada la voluntad de millones de venezolanos y presentar una propuesta propia como el único camino moralmente aceptable.
Exigirle a María Corina que regrese de inmediato a Venezuela o renuncie definitivamente al liderazgo no es una prueba de lucidez, sino una respuesta simplista nacida del cansancio. Estar dentro del país no es la única forma de conducir una lucha, y exponerse a ser capturada o anulada políticamente por un régimen dictatorial no demostraría mayor coraje, sino una grave falta de sentido estratégico.
Hay momentos en que el mayor acto de valentía consiste en no hacer aquello que el adversario espera que hagas. Las dictaduras no se limitan a perseguir a sus opositores; estudian sus movimientos, explotan el agotamiento colectivo y procuran que la presión pública los empuje hacia decisiones que los dejen a merced del poder. Un regreso sin condiciones mínimas de seguridad ni capacidad real de acción podría producir una escena heroica, pero también ofrecerle al régimen exactamente la imagen y el resultado que lleva tiempo procurando.
La historia ofrece demasiadas lecciones para confundir el valor con la temeridad. Charles de Gaulle condujo la Francia Libre desde Londres mientras su país permanecía ocupado, y los gobiernos europeos que continuaron la lucha desde el exilio durante la Segunda Guerra Mundial no perdieron legitimidad por encontrarse fuera de sus fronteras. La distancia geográfica nunca ha determinado la autenticidad de un liderazgo; la determinan la confianza de su pueblo, la coherencia de sus decisiones y la capacidad de preservar una causa hasta hacer posible su victoria.
María Corina Machado no tiene que demostrar su valor entrando voluntariamente en la trampa que el régimen ha preparado para ella. Lo ha demostrado durante años recorriendo el país bajo amenazas, soportando persecución, clandestinidad, separación de su familia y un cerco sistemático destinado a silenciarla. Decirle ahora que debe “dar la cara” desconoce todo lo que ya ha enfrentado y convierte una posible entrega al verdugo en una prueba de compromiso político.
La crítica es legítima y ningún liderazgo democrático debe considerarse inmune al debate. Sin embargo, afirmar que las primarias y la candidatura de Edmundo González Urrutia pertenecen al pasado supone despachar con una frase decisiones políticas que movilizaron a millones de venezolanos y cuya fuerza no desaparece simplemente porque el resultado esperado se haya demorado.
Más desconcertante aún resulta proclamar una junta de gobierno como “el único camino digno y viable”, como si la solemnidad de la fórmula pudiera sustituir las preguntas esenciales: quién la integraría, quién le conferiría autoridad, ante quién respondería y de dónde obtendría el respaldo ciudadano que pretende representar. Descalificar como engaño, traición o repliegue todo aquello que no coincida con esa alternativa no demuestra superioridad moral; apenas evita explicar su funcionamiento. Reemplazar una ruta cuestionable por otra cuyo origen y viabilidad permanecen indefinidos no despeja la incertidumbre, solo le cambia el nombre.
Cuando la espera se prolonga, los pueblos suelen reclamar decisiones inmediatas, respuestas categóricas y gestos capaces de aliviar por un instante el peso de la frustración. La responsabilidad de quien conduce consiste, precisamente, en no someter el rumbo de una causa nacional a esa presión cuando hacerlo puede comprometer su objetivo. Frente a un régimen dictatorial, ningún movimiento debe juzgarse por su espectacularidad, sino por su utilidad real.
Venezuela necesita firmeza, inteligencia y resultados, no una competencia para determinar quién se expone más o quién formula el ultimátum más rotundo. Liderar no consiste en complacer la emoción del momento, sino en escoger la decisión que acerque al país a su propósito, incluso cuando resulte menos teatral y más difícil de comprender.
Entre regresar y renunciar existe todo el territorio de la política, la estrategia y la responsabilidad histórica. Negarlo no hace más valiente el planteamiento; solamente lo hace peligrosamente simple.
PD: Doctora Mármol, precisamente por la trayectoria que usted invoca, su mensaje no solo me sorprende: me produce un profundo desencanto.

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