Cultura y Artes

John McCain y el fin del conservadurismo romántico

Los cálidos homenajes que se están realizando este año a McCain han oscurecido las razones políticas de por qué el Presidente sigue haciendo de él un enemigo y de lo que el conservadurismo perderá cuando McCain se haya ido.

Algo en John McCain saca a relucir la crueldad de Donald Trump. «No es un héroe de guerra», dijo Trump, al principio de su campaña presidencial. «Me gusta la gente que no fue capturada.» McCain pasó más de cinco años en una prisión norvietnamita, muchos de ellos esperando tortura o recuperándose de ella, durante una guerra que Trump evitó debido a espolones óseos; quizás Trump quería sugerir que el sufrimiento es inútil.

El lunes pasado Trump visitó Fort Drum, al norte del estado de Nueva York, para firmar la Ley de Autorización de la Defensa Nacional, por 700.000 millones de dólares que el Congreso nombró en honor a McCain, quien estaba en su casa, en Arizona, gravemente enfermo de cáncer cerebral. Trump no lo mencionó.

Posteriormente, Mark Salter, que durante tres décadas ha sido redactor de discursos para McCain,  además de coautor de sus libros y uno de sus colaboradores más cercanos, escribió en Twitter: «Para los que me preguntan si esperaba que Trump fuera hoy un imbécil. No más de lo que esperaba que fuera lunes».

Mucha gente respondió. Uno de ellos, un defensor de Trump, recordando el voto decisivo de McCain para proteger la «Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible» (Obamacare), el otoño pasado, escribió: «La venganza está por encima del partido, el país y el honor.» Salter replicó: «Usted pertenece a una secta». Por supuesto, Salter, practicante solitario del arte -tamaño bonsai- de cultivar la leyenda de McCain, también está en una especie de culto, uno que es más pequeño pero también más romántico. El más profundo idealismo de McCain, que reserva para la OTAN y la defensa de Occidente, hoy no es muy compartido en el Partido Republicano, absorbido como está por Trump y por el reduccionismo nacionalista.

Este año se han desplegado cálidos homenajes a McCain: un documental de HBO, un último libro autobiográfico. Pero el homenaje ha sido tan personal que ha oscurecido las razones políticas del por qué el Presidente continúa haciendo de él un enemigo, y de lo que el conservadurismo perderá cuando McCain haya fallecido.

Al atardecer de un reciente día veraniego tomé el Metro de Washington para ir a Alexandria, Virginia, con sus viejos robles, sus casas hermosas de un solo piso y densamente pobladas, a reunirme con Salter. Éste había pasado gran parte del final de la primavera sustituyendo al hombre cuyas cadencias domina completamente, haciendo presentaciones para promocionar el último libro que había escrito con McCain, porque el senador estaba demasiado enfermo para hacerlo él mismo.

Salter tiene sesenta y tres años, es de complexión robusta, con el cabello grueso y ondulado, y llegó a nuestro almuerzo, en un pequeño restaurante del vecindario, escuchando un partido de béisbol de los Washington Nationals a través de un Bluetooth sujetado en una oreja. Es un parlanchín dispéptico, propenso a una sensibilidad patibular incluso en tiempos soleados, y éstos no lo eran. Hablando de la gira del libro y del viaje de ida y vuelta desde Arizona, Salter dijo: «Si me sentara y pensara un rato, tendría casi una crisis existencial, del tipo ¿qué voy a hacer?»

El vínculo entre Salter y McCain es en parte literario. «Todo el mundo habla de Hemingway, pero a él le encanta Somerset Maugham», recuerda Salter. Le pregunté cuál era su método para captar la voz de McCain en sus escritos. «He trabajado para él durante treinta años, le he escuchado mucho. Puedo imitarlo,» afirma. «En términos de sensibilidad con la cultura pop, se parece a los miembros del «Rat Pack»; un poco sabelotodo. Pero también puede ser bastante sentimental. Es como un cínico romántico. Sé que suena como un oxímoron, pero no lo es. Proviene de una sensibilidad de gestos grandes, magníficos.» McCain llama a un rasgo topográfico menor en su rancho, «La catarata Zebra». «Técnicamente, es agua sobre las rocas, pero es como agua a la altura de la cintura»«La forma en que McCain habla de ello, pareciera que fueran cataratas«. ¡Las cataratas Zebra! Es como si afirmara que «la vida es una gran aventura y quiero participar en ella». «Ha visto lo peor que la humanidad puede producir y lo espera en cualquier momento. Y ello le da sensibilidad, por eso puede identificarse con estas causas desesperadas en Bielorrusia o en cualquier otro lugar. Sabe cómo aferrarse a la esperanza aun cuando pareciera empresa de tontos».

Por un tiempo, McCain y Salter planearon llamar a su último libro «Siempre es más oscuro antes de que lo negro cubra todo». Pero McCain cambió de idea, era demasiado. «McCain nunca abandona toda esperanza», destaca Salter. «No se trata del país. Es sólo por este imbécil». Le pregunté cuál había sido, para McCain, el peor momento del ascenso de Trump.«Los Khan». En el verano de 2016, cuando Trump comenzó a atacar a Khizr y Ghazala Khan, cuyo hijo fue asesinado mientras servía en Irak, Salter estaba conduciendo desde New Hampshire -donde había estado asesorando sobre el documental de la guerra de Vietnam de Ken Burns- a Maine. McCain lo llamó. «Estaba perturbado». Dijo:»‘¿Viste a ese imbécil?’ «Salter continuó: «Entonces supe que ya estaba harto. Que diría formalmente:’No puedo votar por él’. ”

McCain fue a Irak y Afganistán decenas de veces, pero el evento que más le impactó, según Salter, fue una ceremonia de reincorporación y naturalización que David Petraeus llevó a cabo en Irak el 4 de julio de 2007 para unos soldados que aún no se habían naturalizado. «Y había dos pares de botas en dos sillas«, afirma Salter. «Dos personas que estaban a punto de hacerlo fueron asesinadas esa semana. Me ha contado esa historia cientos de veces y llora cada vez que la cuenta. Petraeus dijo: «Murieron por su país antes de que fuera su país». Fue como un puñetazo en el estómago para él. El hijo de los Khan fue eso también.»

McCain pasó los meses posteriores a la toma de posesión de Trump en una gira internacional de reafirmación, contando a sus aliados en el extranjero la historia que algunos republicanos en Washington se decían a sí mismos: que el autoritarismo de Trump se vería limitado por quienes lo rodeaban, que esta era una fase que pasaría. «Tiene mucha fe en Mattis«, por James Mattis, el Secretario de Defensa.

En febrero de 2017, en la Conferencia de Seguridad en Munich, una reunión anual de oficiales militares y funcionarios de defensa occidentales, McCain, sin nombrar al Presidente, dio un airado discurso en contra de Putin, Trump y los nacionalismos en todo Occidente que sonó a un mensaje de despedida. «Me niego a aceptar que nuestros valores son moralmente equivalentes a los de nuestros adversarios», dijo McCain. «Sin vacilaciones de ningún tipo soy un orgulloso creyente en Occidente, y creo que siempre, siempre deberemos defenderlo.»

Para Salter, lo que ese discurso quería significar en realidad era, «‘caramba, esto que hemos hecho juntos es lo más grande que una alianza de naciones ha hecho en la historia. Hay que enorgullecerse de ello. Vale la pena preservarlo. «No pierdan la esperanza con nosotros». «Por supuesto, el nativismo que tanto despreciaba se había apoderado de su propio partido político, y su elección de Sarah Palin como su candidata a la vicepresidencia marcó un giro obvio hacia el trumpetismo. Siempre luchando por la civilización, no se había dado cuenta de los extremistas en su propio ejército.

En un viaje a Australia, en mayo de 2017, McCain se desgastó, se fatigó. Al principio, sus acompañantes asumieron que era demasiado viaje para alguien con ochenta y un años de edad. Resultó que tenía cáncer. Este pasado mes de febrero, después de varias rondas de tratamiento, McCain quería volver a Munich. Se elaboraron planes para llevarlo en transporte militar, pero sus médicos se resistieron. El riesgo de infección era demasiado alto. «En este hotel hay mucha gente, es casi como estar en un túnel del metro atestado de personas», recordaba Salter. Les correspondió a Salter y Rick Davis, otro antiguo ayudante, informar a McCain: «Le dijimos: ‘Si te da gripe, no vas a sobrevivir, John'». ”

Durante décadas, McCain ha llevado la que parecía ser una doble vida: una, la existencia cotidiana de comités senatoriales y lealtades y disputas partidistas, y la otra una serie creciente de grandes gestos que lo han convertido en una de las figuras más literarias de la vida pública estadounidense. A fines de los noventa, los periodistas tenían el perfil del personaje: el héroe de guerra poseído por el arrepentimiento. «Uno de los rasgos que el personal de McCain encuentra más molesto en su jefe es su tendencia a recordar a los periodistas sólo sus momentos más condenatorios», escribió Michael Lewis en 1997.

«Pregúntale sobre Vietnam y te contará la vez que le robó una toalla al tipo de la celda contigua. Pregúntale sobre su primer matrimonio y saltará a su adulterio». El personaje de McCain fue más plenamente mostrado en «Faith of My Fathers» (La Fe de Mis Padres), el libro de campaña que McCain y Salter publicaron en 1999, que incluye un relato detallado de su tortura («En la tercera noche, yacía en mi propia sangre y desperdicio…»). McCain también relató dos intentos de suicidio y una confesión falsa de crímenes de guerra que firmó y leyó en una cinta. «No podía racionalizar mi confesión». Estaba avergonzado.

«Me sentía sin fe y no podía controlar mi desesperación«, escribió. «Una noche oí o soñé que me confesaba por el altavoz, agradeciendo a los norvietnamitas por el tratamiento médico que no merecía». Los conservadores podrían celebrar lo extremo del patriotismo de McCain, y los liberales podrían detectar un reconocimiento de que la guerra quiebra a los hombres. La historia de McCain fue una pequeña forma de reconciliación de los estadounidenses ante el derroche y el fracaso de Vietnam, y fue esta reconciliación la que Trump persiguió cuando dijo que sus propios héroes de guerra eran los hombres que no habían sido capturados. Trump se imagina unas guerras sin sufrimiento, lo cual no deja espacio para McCain.

La experiencia de la prisión le dio a McCain sus más profundas fidelidades personales. Salter me contó que la única persona en cuya presencia McCain se calla y cede la palabra es el disidente ruso-judío Natan Sharansky, así como recordó el apoyo de McCain durante décadas a los disidentes de Bielorrusia. La dictadura es tan persistente y su control del país tan rígido que McCain nunca pudo entrar, así que se reunía con los disidentes bielorrusos en Riga o en otra ciudad báltica, año tras año. «Y son los mismos tipos tristes todos los años. Pero todos los años dicen: ‘¡Este es nuestro año! «¡Este es el año que vamos a conseguirlo! «, rememora Salter. «McCain piensa en lo difícil que es aferrarse a eso'». Pero creo que respeta esa conducta más que cualquier otra cosa».

Lo más cercano que tiene McCain a un heredero es el senador republicano Lindsey Graham, de Carolina del Sur, un ex abogado militar que comparte la fe de McCain en el poder estadounidense, pero que también es una figura partidista más convencional y a veces ha apoyado a Trump (incluyendo, más recientemente, su decisión de revocar la autorización de seguridad del ex director de la CIA John Brennan). Los dos senadores viajaban a menudo juntos. Le pregunté a Salter cuán profundamente comparte Graham las convicciones de McCain. «Lindsey realmente cree», dijo Salter. «Pero siempre está bromeando‘Tenemos que salir de aquí, nos van a matar'». ”

Dije, tratando de comprender bien el contraste entre McCain y Graham, «así que McCain es el más…«

Salter me interrumpió y dijo: El más romántico».

 

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The New Yorker

John McCain and the End of Romantic Conservatism

Benjamin Wallace-Wells

Something about John McCain brings out the cruelty in Donald Trump. “He’s not a war hero,” Trump said, early in his Presidential campaign. “I like people who weren’t captured.” McCain spent more than five years in a North Vietnamese prison, much of it awaiting torture or recovering from it, during a war that Trump avoided because of bone spurs; perhaps Trump wanted to suggest that suffering is futile. On Monday, Trump visited Fort Drum, in upstate New York, to sign the seven-hundred-billion-dollar National Defense Authorization Act that Congress named after McCain, who was at home, in Arizona, severely ill with brain cancer. Trump did not mention him. Afterward, Mark Salter, who, for three decades, has been McCain’s speechwriter and co-author, and one of his closest aides, wrote on Twitter, “For those asking whether I expected Trump to be an asshole today. No more than I expected it to be Monday.”

Plenty of people replied. One of them, a defender of Trump, recalling McCain’s decisive vote to protect the Affordable Care Act, last fall, wrote, “Vendetta over party, country and honor.” Salter replied, “You’re in a cult.” Of course, Salter, the lone practitioner of the bonsai-like craft of cultivating McCain’s legend, is in a cult of sorts, too, one that is smaller but also more romantic. McCain’s deepest idealism, which he reserves for nato and the defense of the West, is not much shared in the Republican Party now, subsumed as it is by Trump and nationalist retrenchment. Warm stories of and tributes to McCain have been unfurling this year: an HBO documentary,final autobiographical book. But the homage has been so personal that it has obscured the political matters of why the President continues to make an enemy of him, and of what conservatism will lose when McCain is gone.

Late one afternoon this summer, I took the Washington Metro out to Alexandria, Virginia—old oak trees and pretty, densely packed single-story houses—to see Salter. He had spent much of the late spring filling in for the man whose cadences he has thoroughly mastered, making appearances to promote the latest book he’d written with McCain, because the senator was too sick to do so himself. Salter is sixty-three, with a square build and thick, wavy salt-and-pepper hair, and he arrived for lunch, at a little neighborhood restaurant, listening to a Washington Nationals game through a Bluetooth clipped to his ear. He is a dyspeptic chatterbox, prone to a gallows sensibility even in sunny times, and these were not. Talking about making the rounds for the book tour and travelling back and forth from Arizona, Salter said, “If I sat there and thought about it a little while, I’d have almost, like, an existential crisis—like, what am I going to do?

The bond between Salter and McCain is partly literary. “Everyone talks about the Hemingway thing, but he loves Somerset Maugham,” Salter said. I asked him how he approached capturing McCain’s voice on the page. “I’ve worked for him for thirty years, I’ve listened to him so much. I can impersonate the guy,” Salter said. “In terms of pop-culture sensibility, it’s more Rat Pack—kind of smart-ass, a little bit of a wiseguy. But he can also be quite sentimental. He’s like a romantic cynic. I know it sounds like an oxymoron, but it’s not. It comes out of this grand-gesture sensibility.” McCain calls a minor topographical feature on his ranch Zebra Falls. “Technically, it’s water over rocks, but it’s like waist-high water,” Salter said. “The way McCain talks about it, it’s like cataracts.” Zebra Falls! “Like, ‘Life is a big adventure and I want to get in on it.’ He’s seen the very worst that humanity can produce and he expects it at any moment. And it gives him a sensibility—that’s why he can identify with these hopeless causes in Belorussia or wherever. He knows how to hold on to hope when it’s for suckers.”

For a while, McCain and Salter planned to call their final book “It’s Always Darkest Before It’s Completely Black.” But McCain pulled back—it was too much. “McCain never abandons all hope,” Salter said. “It’s not the country. It’s just this jackass.” I asked what, for McCain, had been the worst moment of Trump’s ascendance. “The Khans,” Salter said. In the summer of 2016, when Trump began attacking Khizr and Ghazala Khan, whose son was killed while serving in Iraq, Salter was driving from New Hampshire, where he had been consulting on Ken Burns’s Vietnam War documentary, to Maine. McCain called. “He was distraught,” Salter said. “He said, ‘Did you see that asshole?’ ” Salter went on, “I knew then that he would never go the distance. That he would formally say, ‘I can’t vote for him.’ ”

McCain went to Iraq and Afghanistan scores of times, but the event that stuck with him most, Salter said, was a reënlistment and naturalization ceremony that David Petraeus held in Iraq on the Fourth of July, in 2007, for soldiers who had yet to become citizens. “And there were two pairs of boots on two chairs,” Salter said. “Two guys who were about to become citizens but they were killed that week. And he’s told me that story a hundred times and he cries every time he tells that story. Petraeus had some line—‘They died for their country before it was their country.’ It was like a gut punch to him. That’s who the Khans’ son was to him.”

McCain spent the months after Trump’s Inauguration on an international reassurance tour, telling overseas allies the story that some Republicans in Washington were telling themselves—that Trump’s authoritarianism would be constrained by those around him, that this was a phase that would pass. “He has a lot of faith in Mattis,” Salter said, of James Mattis, the Secretary of Defense. In February, 2017, at the Munich Security Conference, an annual meeting of Western military officers and defense officials, McCain, without naming the President, delivered a broadside against Putin, Trump, and the national retrenchments across the West that struck some valedictory notes. “I refuse to accept that our values are morally equivalent to those of our adversaries,” McCain said. “I am a proud, unapologetic believer in the West, and I believe we must always, always stand up for it.”

Salter said, “That speech was really, ‘Hey, this thing we’ve done together is the greatest thing an alliance of nations has ever done in history. Be proud of it. It’s worth preserving. Don’t give up on us.’ ” Of course the nativism he so despised had taken hold of his own political party, and his choice of Sarah Palin as his Vice-Presidential nominee marked an obvious pivot toward Trumpism. Always mustering for the civilizational fight, he had missed the extremists within his own army.

On a trip to Australia, in May, 2017, McCain got worn down, fatigued. At first, his entourage assumed it was just too much travel for an eighty-one-year-old. It turned out that he had cancer. This February, after several rounds of treatment, McCain wanted to return to Munich. Elaborate plans were drawn up to fly him on military transport, but his doctors balked. The risk of infection was too high. “You’re packed in this hotel—it’s almost like being in a subway tunnel with people,” Salter said. It fell to Salter and Rick Davis, another longtime aide, to inform McCain: “We told him, ‘If you get the flu, you’re not going to survive it, John.’ ”

For decades, McCain has led what has seemed to be a double life: one the quotidian existence of senatorial committees and partisan allegiances and spats, and the other an escalating suite of grand gestures that have made him among the most literary figures in American public life. By the late nineties, journalists had the outline of the character: the war hero possessed by regrets. “One of the traits McCain’s staff finds most maddening in their boss is his tendency to recall for journalists only his most damning moments,” Michael Lewis wrote, in 1997. “Ask him about Vietnam and he’ll tell you about the time he stole a washrag from the guy in the adjoining cell. Ask him about his first marriage and he’ll leap right to his adultery.” The McCain character was most fully realized in “Faith of My Fathers, the campaign book that McCain and Salter published in 1999, which includes a detailed account of his torture (“On the third night, I lay in my own blood and waste . . . ”). McCain also recounted two suicide attempts and a false confession of war crimes that he signed and read on tape. “I couldn’t rationalize away my confession. I was ashamed. I felt faithless, and couldn’t control my despair,” he wrote. “One night I either heard or dreamed I heard myself confessing over the loudspeaker, thanking the North Vietnamese for medical treatment I did not deserve.” Conservatives could celebrate the extremity of McCain’s patriotism, and liberals could detect a recognition that war breaks men. McCain’s story was one small way that Americans reconciled themselves to the waste and failure of Vietnam, and it was this reconciliation that Trump went after when he said his own war heroes were the men who hadn’t been captured. Trump imagines war without suffering, which leaves no room for McCain.

The experience of prison gave McCain his deepest personal allegiances. Salter told me that the only person in whose presence McCain clams up and cedes the floor is the Russian-Jewish dissident Natan Sharansky, and he recalled McCain’s decades-long support for the dissidents of Belarus. The dictatorship is so enduring and its control of the country so taut that McCain could never get in, so he met with the Belarusian dissidents in Riga or some other Baltic city, year after year. “And it’s the same sad-sack guys every year. But every year they’re like, ‘This is our year! This is the year we’re going to get it!’ ” Salter said. “McCain goes, ‘That’s a hard thing to hold on to.’ But I think he respects it more than anything else.”

The closest thing that McCain has to an heir is the Republican Senator Lindsey Graham, of South Carolina, who is a former military lawyer and shares McCain’s faith in American power, but who is also a more conventional partisan figure and has at times sided with Trump (including, most recently, about his decision to revoke the security clearance of former C.I.A. director John Brennan). The two senators often travelled together. I asked Salter how deeply Graham shares McCain’s convictions. “Lindsey really believes,” Salter said. “But he always makes a joke of it—‘We’ve got to get out of here, they’re going to kill us.’ ”

I said, trying to get the contrast between McCain and Graham right, “So McCain’s the more—”

Salter cut me off. He said, “The more romantic.”

 

  • Benjamin Wallace-Wells began contributing to The New Yorker in 2006, and joined the magazine as a staff writer in 2015. He writes mainly about American politics and society.

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