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Gabo en Caracas, esta vez para quedarse

▷ #OPINIÓN Gabo en Caracas, esta vez para quedarse #23May - El Impulso

 

Para amar a Caracas primero hay que padecerla, me dicen que decía Gabriel García Márquez de la ciudad donde entre 1957 y 1958 fue “feliz e indocumentado”. Ahora regresa para siempre, esta vez lejos del caos del tráfico, en la apacible tranquilidad de un parque donde aquel periodista de Momento y habitante de San Bernardino, trae su costeña jarana al vecindario del adusto Gallegos, el taciturno Cadenas y otros más que ya les contaré.

Gabo nos llega en esta mala hora que se siente interminable, cuando las ausencias de hijos y nietos dejan una soledad que ojalá no dure cien años, los generales ya no están en aquellos laberintos y tienen mas que ver con aquel relato de un náufrago.

Develó el miércoles 13 el alcalde de Baruta Darwin González, la escultura dedicada a Gabriel García Márquez en el Parque de los Escritores, grato rincón verde del municipio donde la gente va a caminar, sola, en grupo o con sus mascotas, trotar o entrenar, entre las imágenes inspiradoras de creadores de aquí y de allá. Yo que desde 1974 dejé de ser vecino, voy hasta allá cada domingo a un rito semanal que disfruto muchísimo, caminar y conversar con el decano de mi facultad, primero y principal porque es mi hijo. No pude estar en la inauguración y lo sentí muchísimo, porque ya me había comprometido a asistir a la presentación de la reedición de las obras de Ángel Bernardo Viso, el gran ensayista de cuya bibliografía destaco Las revoluciones terribles.

El Parque de los Escritores es una interesante iniciativa que se le agradece al alcalde, a quien conozco y estimo desde que fue mi alumno de postgrado universitario. A los habitantes de esta ciudad plurimunicipal, grande y complicada, nos hacen falta espacios para el encuentro tranquilo, propicios para las actividades aeróbicas que tanto bien hacen, pero también para para leer, conversar, llevar a los niños a jugar o simplemente, pasar el rato. El parque existía, pero el actual gobierno municipal se ha empeñado en mejorarlo y desde hace algunos años empezó con Jorge Luis Borges a poblarlo de monumentos a la creación y los creadores. El primero y la mayoría de los demás se deben al talento y la sensibilidad del joven escultor Carlos Jairán.

Con apoyo de la Embajada argentina ¿recuerdan al activísimo Eduardo Porretti? la primera imagen de bronce entre los árboles fue la de Borges quien con realismo admite “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído” y que confiesa que su pecado es el peor de los posibles, “no he sido feliz”. Después tuvo mi antiguo estudiante la generosidad de invitarme a decir algo al descubrir la de Don Rómulo Gallegos, la misma tarde mojada del último concierto caraqueño de Serrat, en la Concha Acústica de Bello Monte. De Gallegos, maestro en el aula, el libro y la ciudadanía es una lección optimista que nos convendría no olvidar, aunque la verdad nos dé trompadas, “El mal es temporal, la verdad y la justicia imperan siempre”.

A la vera del sendero en un recodo, Federico García Lorca gesticula cual director de teatro como quien reclama, pero no puede evitar que las hojas y el olor de la lluvia le recuerden que “La vida es amable” y cómo no, si amaneció escuchando la “Tonada del Cabestrero” que canta Simón Díaz, “No llores más nube de agua/Silencia tanta amargura/Que toda leche da queso/y toda pena se cura/Nube de agua, lucerito”, mientras acariciando su gato Wislawa Szymborska prefiere musitar sus palabras más extrañas “Cuando pronuncio la palabra Silencio/lo destruyo” antes que recordar que “No se oye el aullido de los perros ni los pasos del destino” porque nada presagia nada cuando el fotógrafo que retrata a un bebé toma la “Primera fotografía de Hitler”. Y Rafael Cadenas, el único de mis paisanos que anda por esos lados, unos pasos antes de las acacias, sin subir la voz encara al fracaso “Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio! Pero también me diste la alegría de no temerte”.

Entre tanto, entre columpios y toboganes el zorro le regala al principito de Saint Exupery la única sabiduría que vale la pena: “…lo esencial es invisible a los ojos”.

 

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