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José Antonio Marina: ¿Estamos enredados en la red?

Una de las cosas que actúan por debajo de la superficie son los 'sistemas ocultos', que asimilamos sin tener consciencia de que lo hacemos. Por ejemplo, las redes sociales

Cuando veo la gesticulación de los políticos, la cansina repetición de temas, las falsas certezas de los tertulianos, el ruido y la furia, tengo la impresión de estar asistiendo a un espectáculo de marionetas, y que la verdadera realidad está detrás del escenario. No se trata de una conspiración para hacerse con el poder mundial, sino del olvido de una distinción que la inteligencia humana descubrió hace muchos siglos: la que existe entre lo aparente y lo verdadero, lo superficial y lo profundo, la opinión y el conocimiento, los prejuicios y los juicios rigurosos, la espuma del oleaje y las olas de fondo. Una de las cosas que actúan por debajo de la superficie son los ‘sistemas ocultos’, que asimilamos sin tener consciencia de que lo hacemos, de los que ya les he hablado en otras ocasiones. Hoy, quisiera indagar en lo que aceptamos al aceptar las redes sociales.

Uno de los aspectos más visibles de nuestra sociedad es la importancia de las redes. Todo el mundo parece de acuerdo. Vivimos en la “era de la red” (Joshua Ramo), la “era del entramado” (Adrienne Lafrance), la “revolución global de las redes” (Parag Khanna), la “sociedad red” (Manuel Castell), y pronto viviremos en una “democracia en red” (Ann-Marie Slaughter). En general, los comentarios son optimistas: nunca ha habido tantas personas conectadas a través de una red que responde de manera inmediata. Hay, por supuesto, visiones apocalípticas.

Las tres reglas de la seguridad informática de Robert Morris son las siguientes: no tengas ordenador, no lo enciendas y no lo uses

El último número de la revista ‘Time’ está dedicado al tema de cómo parar las redes sociales antes de que sea demasiado tardeJaron Lanier, uno de los tecnólogos que inventaron la ‘realidad virtual’, ha dado 10 razones para abandonar las redes: (1). Estás perdiendo tu libre albedrío. (2) Renunciar a las redes sociales es la manera más precisa de resistir a la locura de nuestros tiempos. (3). Las redes sociales te están volviendo un idiota. (4). Las redes sociales están minando la verdad. (5). Las redes sociales están haciendo que lo que dices no importe. (6). Las redes sociales están destruyendo tu capacidad de empatía. (7). Las redes sociales te están haciendo infeliz. (8). Las redes sociales no quieren que tengas dignidad económica. (9). Las redes sociales están haciendo que la política sea imposible. (10). Las redes sociales odian tu alma.

Desde el punto de vista de la seguridad, hay todavía apocalípticos mayores. Así suenan las tres reglas de seguridad informática formuladas por Robert Morris, criptógrafo de la National Security Agency de EEUU. Primera regla: no tengas ordenador. Segunda regla: no lo enciendas. Tercera regla: no lo uses.

‘Influencers’ e influidos

No parece verosímil que desaparezcan los ordenadores ni las redes, por lo que es sensato preguntarse si son reales esos peligros y, en caso de serlo, cómo podríamos conjurarlos. No voy a detenerme hoy en los efectos perjudiciales que pueden tener por los contenidos que transmiten, por la dependencia que pueden provocar, ni siquiera por su amenaza a la privacidad. Me interesa comprender cómo están influyendo en nuestra visión del mundo.

Uno de los grandes atractivos de la red —además del más inmediato de facilitar una conexión rápida y barata— era que parecía realizar una utopía democrática, donde la posibilidad de exponer libremente nuestra opinión estaba asegurada. “Creía que en cuanto todos pudiesen hablar con libertad e intercambiar información e ideas, el mundo se convertiría automáticamente en un lugar mejor —decía Evan Williams, uno de los cofundadores de Twitter, en mayo de 2017—. Me equivocaba”. Las redes pueden favorecer la desigualdad. No todo el mundo puede ser ‘influencer’, porque para que existan hace falta que haya ‘influidos’. Hay una gigantesca brecha entre quienes se limitan a usar las redes y quienes son sus propietarios, las diseñan y venden la información que los usuarios han depositado en ellas. Por otra parte, uno de los rasgos de cualquier utopía democrática es ser transparente, y las redes son opacas. Además, si alguien quiere que su opinión no se pierda entre las opiniones de los 2.000 millones de usuarios de una de las grandes redes, tendrá que contratar a un gestor de redes, o a un experto en reputación digital, o a un ‘growth hacker’ (márquetin en red).

El sistema oculto de la sociedad en red incluye en su entramado conceptual “la sabiduría de las multitudes” (‘crowdwisdom’), la “inteligencia distribuida”, la “sabiduría de los mercados”, la evolución espontánea” (Hayek). Todas esas posturas pueden condensarse en un dogma: “El conocimiento está en la red”. El individuo no tiene gran importancia. Kevin Kelly, editor de ‘Wired’, dice que ya no necesitamos a los autores, porque todo forma un solo libro globalChris Anderson, también editor de ‘Wired’, dice que la ciencia debe dejar de buscar teorías que los científicos puedan entender, pues en cualquier caso la nube digital las entenderá mejor. Más aún, no necesitamos científicos, porque la ciencia queda anulada por la agregación de datos. Los big data‘, que solo pueden manejar los ordenadores, sustituirán a la ciencia (Anderson, C. ‘The end of theory: the data deluge makes the scientific method obsolete’).

Esto reduce la entidad de los individuos. Hace años que denuncié un error parecido al comentar un libro de Bill Gates titulado ‘Los negocios en la era digital’. Gates consideraba que el sistema informático era el “sistema nervioso” de una empresa, y se preguntaba: ¿dónde esta la inteligencia de la empresa, en el sistema o en el empleado? Tenía que responder que en el sistema, con lo que el empleado se convertía en irrelevante. Esa es la palabra con la que el historiador Yuval Harari concluye su visión del futuro. La tecnología puede hacer a la persona irrelevante.

En las redes humanas, los nodos son las personas y, si consideramos que el conocimiento está en la red, las personas se vuelven irrelevantes

Pero los humanos no somos tontos. ¿Por qué nos íbamos a dejar engañar de una manera tan torpe? Porque las redes nos ofrecen grandes satisfacciones inmediatas: nos distraen —de ahí la importancia de la gamificación— y nos hacen más fácil la vida porque nos ofrecen soluciones para todo. Evgeny Morozov, en ‘La locura del solucionismo tecnológico’, define esta actitud: “Si disponemos de suficientes aplicaciones, todas las fallas del sistema humano se vuelven superficiales”. En el campo de la educación, se ha traducido en una falaz afirmación:Para qué lo voy a aprender, si lo puedo encontrar en la red”. Lo mismo ocurre con los periódicos personalizados según mis intereses, o con los ‘filtros burbuja’, que solo me proporcionan los datos que coinciden con mis ideas.

Desmontando errores

En el número de ‘Time’ que he mencionado, Roger McNamee, uno de los inversores que ayudaron a fundar Facebook, sostiene que las redes sociales se están equivocando, y que deberían elaborar una tecnología ‘human-driven’, de orientación humana, que “en vez de explotar sus debilidades, colabore al empoderamiento del individuo”.

Creo que tiene razón. Conviene desmontar poco a poco alguno de los errores que hay en la ‘ideología red’. Lo primero que hay que afirmar es que el conocimiento no está en la red. En la red está solo la información, que se convierte en conocimiento cuando es asimilada por una inteligencia humana, por un nodo. Este es el quid de la cuestión. Al hablar de redes, pensamos en una ‘red’ de pescar, de hilos que se entrecruzan, en la que los nodos son solo los puntos de intersección de las relaciones, que son lo importante. Los nodos son subproductos de la red. Ocurre, sin embargo, que en las redes humanas los nodos son las personas y que, si consideramos que el conocimiento está en la red, las personas se vuelven, como dice Harari, irrelevantes.

No hay que olvidar que cuando un sistema se eleva por encima de los individuos, se convierte en totalitario‘. En la ideología fascista se decía: “El Estado lo es todo, el individuo nada”. Lanier acuñó la expresión totalitarismo cibernético.

Hay un modo de resolver los problemas que plantean las redes sociales: fortalecer la formación, la independencia, el pensamiento crítico de los nodos. Esa es tarea de la educación, que necesita nuevos enfoques y mayores inversiones. Para no perdernos en la era de la ‘realidad aumentada’, debemos edificar una ‘inteligencia humana aumentada’. Conviene no olvidar un principio fundamental: “Un burro conectado a internet, sigue siendo un burro”.
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