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Juan Manuel de Prada: Miedo y gozo

Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe | Edgar allan poe, Poe, Favorite books

 

Recuerdo, entre las experiencias más gratas de mi vida, la lectura de las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, en una edición del Círculo de Lectores que aún guardo, como se guardan las reliquias de los santos. Nunca podré olvidar el aroma de aquellas noches clandestinas en que, estando ya mi casa sosegada, me enterraba entre las mantas y, armado con una linterna, leía por primera vez El corazón delator, El barril de amontillado, El gato negro, El hundimiento de la casa Usher y tantos otros títulos inolvidables. Mis padres habían puesto aquel libro a buen recaudo, conociendo mi inmoderada pasión por la lectura, creyendo tal vez que su desfile de horrores podría herir mi sensibilidad todavía niña; pero yo buscaba, sobre todo, libros que me la hiriesen.

En esa certeza radica el placer del miedo: sabemos que el abismo abierto ante nosotros no tragará definitivamente nuestras almas

Así que cuando mis padres ya se habían acostado, a oscuras y en celada (la casa era una inmensa oreja, y el pasillo una caja de resonancia que agigantaba los latidos de mi agitado corazón), iba hasta el cuarto donde se guardaba el libro de Poe y lo arrancaba de su anaquel, para llevármelo a la cama. Allí, arrebujado entre las mantas (para impedir que la luz de la linterna asomase por debajo de la puerta, delatándome), leía uno de aquellos relatos sublimes y acongojantes, invadido por un temblor que iba creciendo a medida que se aproximaba el desenlace, hasta convertirse en un hormiguillo cálido, un hervor íntimo que me dejaba en vela durante horas y que yo trataba de mantener atrapado entre las mantas, como tratamos de mantener atrapado el calor en las noches de invierno, por el deseo de sentirnos a salvo, mientras el frío y la muerte desfilan por la tierra.

Los relatos de Poe habían logrado infundirme un miedo que se refugiaba allá en los adentros de mi alma, como un cachorro en su madriguera. Me castañeteaban los dientes y el corazón se me subía a la garganta, mientras imaginaba los horrores que Poe acababa de desplegar ante mí; pero, extrañamente, en lugar de espantar su recuerdo, me esforzaba por guardar su rescoldo, para que siguiera comunicándome aquel escalofrío tan grato. Estaba, en efecto, asustado (y la clandestinidad de mi lectura aumentaba todavía más el susto); pero tal angustia me procuraba un indescifrable gozo que deseaba retener y prolongar, y también repetir a la noche siguiente, y cuantas noches me fuese posible. Algunos años más tarde encontraría una explicación a este gozo que por entonces me parecía indescifrable, en el prólogo de El horror en la literatura, de H. P. Lovecraft. Todos, más o menos, tenemos conciencia del «lado oscuro y maléfico del misterio cósmico»; todos hemos experimentado en alguna ocasión un sentimiento de incertidumbre y de peligro, ante un mundo acechado de posibilidades malignas; y todos, a la vez que hemos huido de ese peligro, hemos sentido una inevitable fascinación o curiosidad que, sin embargo, no nos hemos atrevido a satisfacer, por cobardía, por respeto reverencial hacia las realidades preternaturales o por instinto de conservación. Esa fascinación o curiosidad que en la vida corriente reprimimos (salvo que uno sea un temerario o un perturbado) encuentra su desaguadero ante un relato de terror, que nos garantiza que la fascinación o curiosidad que el peligro despierta en nosotros podrá al fin ser disfrutada en plenitud y sin castigo. Cuanto mejor sea el relato que estamos leyendo (cuanto más hermosa sea su arquitectura verbal, cuanto más vibrante sea la narración y más consistentes sus personajes), más porción de nosotros mismos estará prendida del sortilegio; pero incluso cuando leemos una obra maestra, un resorte último en nuestras almas nos garantiza que la amenaza que nos hace castañetear los dientes, que desboca nuestro corazón y estremece nuestros miembros no tiene entidad real, fuera del encantamiento producido por la lectura. En esa certeza última radica el placer del miedo: sabemos que el abismo que se ha abierto ante nosotros no tragará definitivamente nuestras almas, sino que tan sólo las acariciará brevemente con la brisa de un fuego imaginario. Un fuego cuyo calor huidizo conservaremos luego en la memoria.

El miedo, como lo define Lovecraft, es la emoción más antigua y más intensa de la humanidad; y experimentarlo, lejos de resultar placentero, causa dolor y deja a veces terribles secuelas en nuestro organismo y, sobre todo, en nuestra alma. Pero recrear esa emoción a través de un buen relato de horror provoca un gozo duplicado, que suma a la fascinación al fin colmada que provoca la inminencia de un peligro el alivio de saber que ese peligro es imaginado. Han pasado cuarenta años desde que leí por primera vez las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe; pero aquel gozo primigenio sigue sin extinguirse. Y, a cada poco, necesito refrescarlo.

 

 

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