Muere Edgar Morin, el pensador de la complejidad
El filósofo y sociólogo francés había cumplido 104 años y deja un legado intelectual que le sobrevivirá

El filósofo Edgar Morin posa en una sesión de fotos en abril de 2022. (AFP)
Muchos le creían muerto. Pero fue el pasado viernes cuando Edgar Nahoum, conocido como Edgar Morin, se despidió de este mundo en París. Había cumplido 104 años y deja un legado intelectual que le sobrevivirá. Su larga vida fue tan fecunda como su enciclopédica obra: comunista de primera hora, miembro de la Resistencia, editor, pionero de la teoría de sistemas, doctor ‘honoris causa’ de 12 universidades, aficionado al cine y viajero impenitente. Pero lo que más impresiona es su desbordante creatividad que le llevó a escribir más de un centenar de libros.
La filosofía y el pensamiento que surgieron después de la II Guerra Mundial estuvieron marcados por la polarización y el enfrentamiento ideológico que podrían representar autores como Jean-Paul Sartre y Raymond Aron. Edgar Morin huyó de cualquier esquematismo y construyó una cosmovisión basada en la duda cartesiana y en la complejidad. Sus ideas están condensadas en ‘El método’, un texto monumental publicado en cinco entregas.
En el primer volumen, titulado ‘La naturaleza de la naturaleza’, publicado en los años 70, Morin se plantea la pregunta de cómo pensar la complejidad sin reducirla a explicaciones simplistas. La respuesta parte de que la ciencia moderna ha impulsado el progreso tecnológico a costa de una fragmentación del conocimiento. La ciencia clasifica, separa y cosifica los fenómenos, lo cual es útil, pero implica una distorsión de la realidad.
Si queremos obtener una comprensión del mundo y responder a preguntas como el sentido de la existencia, tenemos que cambiar la perspectiva porque todo lo que pasa es complejo y es la consecuencia de la interacción de múltiples factores. Por ello, el conocimiento tiene que ser capaz de pensar al mismo tiempo el todo y las partes. No existe una causalidad lineal, en contra de la tesis de Marx, sino que la conducta humana está sometida a parámetros diversos y contradictorios. En cada vida y en cada sistema, hay orden y desorden, unidad y diversidad, estabilidad y cambio, una concepción que le acerca a la dialéctica hegeliana. La palabra ‘método’ significa en griego camino, nos recuerda Morin.
Cuando tenía 15 años, se unió a una organización anarquista que enviaba ayuda al bando republicano en la Guerra Civil española
Es imposible glosar una existencia tan cargada de experiencias como la de este filósofo y sociólogo francés, nacido en París en 1921. Sus padres eran judíos sefardíes originarios de Salónica. Emigraron a Francia en 1918 al acabar la I Guerra Mundial. Su madre murió cuando él tenía diez años. No tuvo una infancia fácil porque sufrió enfermedades diversas que le tuvieron confinado en su domicilio. Edgar se aficionó a la lectura y al ciclismo.
Cuando tenía 15 años, se unió a una organización anarquista que enviaba ayuda al bando republicano en la Guerra Civil española. Tras la ocupación alemana, Morin se integró en la Resistencia, siendo ascendido al grado de teniente tras demostrar su valor. Fue en ese momento cuando cambió Nahoum por Morin, en referencia a uno de los personajes de ‘La condición humana’ de Malraux.
Morin, que entró en París en el Ejército de Liberación, se definía como comunista, judío y gaullista
Por esa época, Morin, que entró en París en el Ejército de Liberación, se definía como comunista, judío y gaullista. Al finalizar la contienda, siguió como oficial y fue enviado a Alemania, donde permaneció un año hasta que pidió la baja. Regresó a París, ya casado con Violette, su primera mujer.
De su estancia, surgió ‘Alemania en cero’, que narra la devastación del país. El libro atrajo la atención de Maurice Thorez, que le invitó a escribir en un semanario del Partido Comunista. Fue expulsado de la formación diez años después por un artículo crítico en ‘France Observateur’. En 1952, ingresó en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas, tras ser recomendado por Merleau-Ponty, al que estuvo vinculado gran parte de su vida.
A finales de esa década, fue cofundador de la revista ‘Arguments’, época que coincide con su interés por el cine, marcado por su afinidad con el surrealismo. Se posicionó en contra de la Guerra de Argelia, siendo una de las cabezas más visibles del movimiento, lo que le granjeó la ira de la derecha francesa. También se posicionó a favor de Mayo del 68, aunque con una perspectiva crítica. Lo interpretó como la manifestación de un cambio cultural y generacional. Morin valoró la creatividad y el impuso regenerador de aquellos jóvenes que salieron a la calle.
A partir de los años 70, empezó a estudiar el impacto de la informática y de la biogenética en la sociedad postindustrial. De ahí surgió la noción de «conocimiento enciclopedante», vinculada a la interdisciplinariedad de la ciencia. Toda la reflexión posterior a ‘El paradigma perdido’, otro clásico suyo, gira en torno a la necesidad de interpretar los fenómenos sociales mediante la integración de la biología, la historia, la sociología y la cultura. Morin hablaba de «una inteligencia de la complejidad».
Su obra tal vez no fue más que un intento de superar las pesadillas de un niño judío huérfano
Aunque su figura es inclasificable, Morin guardaba afinidad con pensadores como Derrida, Foucault, Lyotard y Deleuze que podríamos encuadrar en la izquierda que surgió de Mayo del 68. Todos ellos tuvieron alguna cercanía con el estructuralismo e intentaron decodificar el malestar social que llevó a De Gaulle a renunciar al poder.
Fue en los años 80 cuando Morin profundizó en el análisis de la industria cultural como una estructura al servicio del imaginario colectivo. Según su tesis, la oferta cultural es la plasmación de un inconsciente colectivo que refleja los sueños y las aspiraciones del público. La cultura de masas crea mitos y símbolos que se realimentan de las reacciones de los hombres.
Morin tuvo tres parejas y dos hijos y una vida llena de giros inesperados y golpes del destino. «Necesitamos aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas», dijo. Siempre buscó la verdad en una oscuridad que venía de su infancia atormentada y su obra tal vez no fue más que un intento de superar las pesadillas de un niño judío huérfano.
