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Wolfgang Gil Lugo – La Ola: la seducción del extremismo

Creemos que la humanidad ha aprendido de su pasado y que la democracia nos protege. Pero las pasiones colectivas y la obediencia ciega siguen latentes, listas para resurgir. La verdadera pregunta es: ¿estamos preparados para reconocerlas antes de que sea demasiado tarde?

 

¿Es el hombre actual tan inteligente que se hace inmune a convertirse en esclavo? Esta creencia puede ser la superstición moderna más peligrosa de todas.

En la película alemana La Ola (Die Welle, Dennis Gansel, 2008), unos estudiantes de secundaria padecen esta enfermedad del orgullo: creen que el fascismo es una pieza de museo, algo tan lejano como las pelucas empolvadas o los sacrificios humanos. Sin embargo, como bien sugiere el filme, la tentación totalitaria no es un pecado del pasado, sino una amenaza que respira en la nuca del presente.

El argumento de La Ola narra cómo un profesor de historia, el muy progre Rainer Wenger, inicia un experimento escolar sobre la autocracia que se sale de control, convirtiendo involuntariamente a sus alumnos en un movimiento fascista. Karo es una estudiante insumisa que se opone al extremismo del grupo, convirtiéndose en la líder de la resistencia democrática. Su oposición la lleva a enfrentar aislamiento social, hecho que destaca la intolerancia que genera el movimiento. La película está basada en un experimento real que tuvo lugar en la California de 1967. Tanto la realidad como el arte muestran cómo la disciplina y la unión pueden derivar en un fanatismo peligroso.

Es aquí donde la Teoría de la Herradura, atribuida a Jean-Pierre Faye,deja de ser una gráfica de politólogo para convertirse en herida profunda. Se nos dice que la extrema izquierda busca la igualdad total y la extrema derecha el orden absoluto. Pero al ver a los jóvenes de La Ola, uno se da cuenta de que la distinción es puramente cosmética.

La tentación totalitaria es un riesgo para la civilización. En su Aventura de las ideas (1933), Alfred North Whitehead nos recuerda, en una fórmula, llena de esperanza y de advertencia, que la civilización es la victoria de la persuasión sobre la fuerza. Cuando dejamos de dialogar y empezamos a golpearnos, la civilización no retrocede, simplemente desaparece.

La tiranía del uniforme

El experimento del profesor Wenger comienza con la ironía de un hombre que quería enseñar anarquía y termina fundando una autocracia. Es el eterno chiste de la historia: para liberar a los hombres de su aburrimiento, se les impone el color de una camisa. La Ola demuestra que la fuerza no siempre llega con tanques. Muchas veces llega con el orden de los pupitres y la repetición de fórmulas.

Whitehead sostenía que el recurso a la fuerza es la confesión pública de un fracaso intelectual. En el aula de Wenger, la persuasión socrática es sustituida por la disciplina muscular. El grupo no se une por una idea luminosa, sino por el placer oscuro de excluir a quien no viste de blanco. La democracia, que debería ser el festival de la diversidad, se convierte en un desfile de clones. Es la paradoja del extremismo: promete identidad a cambio de borrar al individuo.

El Centro: ese incómodo espacio de la libertad

Los extremos políticos tienen una peculiaridad: odian el centro no porque sea débil, sino porque es donde vive la duda deliberativa. El centro es el único lugar donde dos hombres pueden sentarse a discutir sin que uno intente devorar al otro. En La Ola, este espacio es arrasado por una lógica binaria: o eres de los nuestros o eres el enemigo.

Es aquí donde la Teoría de la Herradura, atribuida a Jean-Pierre Faye, deja de ser una gráfica de politólogo para convertirse en herida profunda. Se nos dice que la extrema izquierda busca la igualdad total y la extrema derecha el orden absoluto. Pero al ver a los jóvenes de La Ola, uno se da cuenta de que la distinción es puramente cosmética.

Whitehead hablaba de cuatro valores civilizatorios: Verdad, Belleza, Aventura y Paz. La Ola los pervierte. Sustituye la Verdad por la consigna, la Belleza por la simetría de la masa, la Aventura por la marcha militar y la Paz por la sumisión. La democracia peligra no cuando la gente deja de votar, sino cuando la gente deja de ver al vecino como un ser humano.

El resultado es el mismo: una masa de gente marchando al mismo paso, odiando al que no marcha y sintiendo una superioridad moral que solo puede dar el hecho de haber dejado de pensar por cuenta propia. El marxista y el fascista se encuentran en el mismo punto del camino: ambos creen que el paraíso se construye levantando un muro y vigilando a todos.

La película nos muestra que el malestar social es el combustible, pero el colectivismo es la chispa. Los chicos de la película no son monstruos. De hecho, son buenos chicos que buscan algo en qué creer. El drama de la modernidad es que hemos destruido todos los valores saludables —la familia, la fe, la tradición— y nos sorprende que la juventud se aferre al primer dogma maníaco que proclamen los demagogos. El ser humano tiene un hambre dogmática. Si no se le alimenta con la verdad, se comerá cualquier mentira que ofrezca un sentido de la vida adulterado.

La tragedia del fanático

El personaje de Tim es opuesto al de Karo. Su débil perfil psicológico es el recordatorio de que el extremismo es el refugio de los que no tienen nada que perder, excepto su soledad. Para Tim, el movimiento no es un ejercicio académico. Es una familia, una religión y una razón para no apretar el gatillo contra sí mismo. Cuando Wenger intenta deshacer el hechizo mediante la persuasión, descubre que la fuerza es una fiera que no obedece a quien la desató.

Whitehead hablaba de cuatro valores civilizatorios: Verdad, Belleza, Aventura y Paz. La Ola los pervierte. Sustituye la Verdad por la consigna, la Belleza por la simetría de la masa, la Aventura por la marcha militar y la Paz por la sumisión. La democracia peligra no cuando la gente deja de votar, sino cuando la gente deja de ver al vecino como un ser humano.

Sapere aude

La moraleja de La Ola es que la libertad exige el esfuerzo constante de ser capitán de nuestra propia alma. Es mucho más fácil marchar al unísono tribal que caminar por el solitario camino de nuestra conciencia. La civilización, tal como la entendía Whitehead, es una «aventura de las ideas» que requiere el valor de mantener abierto el centro deliberativo.

Si permitimos que los extremos nieguen el espacio del diálogo, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en la coreografía de lo inevitable. La Ola nos advierte que el totalitarismo siempre tiene buena cara para quienes se sienten ignorados. Solamente necesita un uniforme, un emblema y un profesor que olvide que su verdadera misión es enseñar a sus alumnos a cuestionar los propios prejuicios. La mayor lección será siempre, como decía Kant, atrévete a pensar por ti mismo.

 

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