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Vox contra la Iglesia

Resulta llamativo que una formación que nació reivindicando la defensa de la religión católica adopte ahora un tono de confrontación con la Conferencia Episcopal

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No deja de sorprender que un partido como Vox, que hunde sus raíces en el tradicionalismo y que encontró en sectores católicos un respaldo incluso mayor del que esperaba, haya derivado hacia una confrontación creciente con la Iglesia en general y, en particular, con la Conferencia Episcopal y el Papa. La evolución no es menor, ni circunstancial: responde a una estrategia política que, lejos de la prudencia que cabría exigir en este terreno, ha optado por la fricción abierta. Las tensiones recientes entre el Vaticano y determinadas posiciones internacionales, como las de Donald Trump, han contribuido a acentuar este giro. Vox parece cada vez más influido por corrientes externas, especialmente las asociadas al entorno político estadounidense, cuando, en lugar de acompasarse a agendas ajenas, debería articular una voz propia, coherente con la tradición política y cultural española que dice representar.

Las reticencias de varios obispos ante las propuestas migratorias de Vox han ensanchado la distancia entre la jerarquía eclesiástica y la dirección del partido. En el discurso de Santiago Abascal se deslizan acusaciones, más o menos explícitas, sobre un supuesto beneficio de la Iglesia en lo que denominan «industria de la inmigración». Se trata de una afirmación grave que no contribuye al debate público y que sitúa a Vox en una posición de enfrentamiento directo con una institución a la que, paradójicamente, dice defender en términos culturales y civilizatorios. El rechazo del Episcopado a ciertas políticas no es un episodio aislado, sino el último capítulo de una divergencia de fondo. Vox reprocha a la Iglesia no dar suficiente batalla en cuestiones como la ideología de género, la unidad nacional, el aborto o la eutanasia. Sin embargo, la Iglesia no es ni ha sido nunca un apéndice de ningún partido. Su papel, precisamente, ha consistido en mantener posiciones propias, no siempre coincidentes con las de los distintos gobiernos o formaciones políticas, y manejadas en tiempos diferentes que no están sujetos a las tácticas del corto plazo de la política.

Resulta llamativo que una formación que nació reivindicando la defensa de la religión católica adopte ahora un tono de confrontación con sus jerarquías, hasta el punto de que esa crítica comienza a confundirse con un cuestionamiento de la propia institución. Vox debería calibrar sus posiciones si no quiere aparecer como un actor que pretende tutelar la legítima opinión de la Iglesia o erigirse en una suerte de guardián doctrinal más exigente que el propio Papa. La Conferencia Episcopal, por su parte, ha mantenido históricamente una autonomía que forma parte de su naturaleza. Vox debe ser cauteloso en cuanto, cada vez que esa independencia de la Iglesia se expresa en desacuerdo, su reacción recuerda a dinámicas propias de la izquierda más sectaria.

 

 

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