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Maite Rico: Cuando Juanma despertó, Vox seguía ahí

«Andalucía repite el patrón de las tres anteriores elecciones autonómicas: victoria del PP con Vox para completar mayorías. Quizá ya va siendo hora de normalizarlo»

Cuando Juanma despertó, Vox seguía ahí

Ilustración generada mediante IA.

 

Sostiene Juanma Moreno la discutible teoría de que un partido político «tiene que parecerse a la gente», y que sus ideas deben ser reflejo del «sentir mayoritario de la calle» (signifique eso lo que signifique). Bueno, ahora tiene la oportunidad de llevarlo a la práctica. «La calle» le ha dado una victoria indiscutible… pero condicionada.

A falta de 23.000 votos para la mayoría absoluta, el presidente en funciones de Andalucía tendrá que llegar a acuerdos con Vox, que se reafirma como tercera fuerza. Y guardar en un cajón los ajos y el crucifijo que blandía cada vez que se le planteaba semejante tesitura: «¿Pacto con Vox? Imposible», «no lo deseo en absoluto», «estabilidad o lío»…

Es lógico que en una campaña los partidos marquen distancias, pero de ahí a cerrarse puertas hay un trecho. Lo mismo le pasó a María Guardiola y se la tuvo que envainar. Mucho «¡Dejadme solo!». Mucho envolverse en la bandera del centro-centrado-moderado-transversal. Mucho diseñar una campaña de tono estrictamente andalucista mientras España chapotea en la crisis institucional y en la corrupción. ¡Y eso que tenía enfrente a María Jesús Manosquemadas, madre superiora de varias tramas! Mucho invitar a Sémper y medio esconder a Feijóo e ignorar a Ayuso… y al final el dinosaurio estaba ahí, haciendo ganchillo.

El logro de Juanma Moreno es innegable. Sacar 53 escaños después de siete años en el Gobierno demuestra un respaldo considerable a su gestión. Pero el resultado de las elecciones del domingo repite el patrón que se ha venido dando en las anteriores autonómicas: cuatro victorias arrolladoras del Partido Popular… con Vox para completar mayorías. Quizá ya va siendo hora de normalizarlo. Más que nada porque al otro lado no hay pacto posible. Atrás quedaron los tiempos de los códigos compartidos del bipartidismo. El PSOE, tal y como lo conocíamos, ha muerto. Como decía aquí Antonio Caño, el partido solo es «un banderín de enganche para sostener en el poder a Pedro Sánchez». El sanchismo, apuntalado por las fuerzas más corrosivas de la democracia, no puede dar ni una sola lección sobre alianzas. El «terror a la ultraderecha», esgrimido por un tipo que ha alentado todos los extremismos, es un mero espantajo.

Dicho esto, negociar con Vox debe de ser lo más parecido a que te quiten las muelas sin anestesia. El partido está sujeto al tacticismo de la cúpula y no se sabe por dónde van a salir: alianzas deshechas, exigencias maximalistas, purgas internas, volantazos que lo han llevado del conservadurismo liberal a una especie de parque temático donde se mezclan las huestes de don Pelayo, unos cuantos falangistas y varias unidades de húsares.

Pero más allá del histrionismo de la dirigencia, los votantes del PP y de Vox, y buena parte de los cuadros regionales y locales, comparten inquietudes. Los de Abascal han sabido medir mejor el pulso de la calle. Es más, su crecimiento se debe a la frustración con un PP ensimismado.

Con la excusa de la gestión, los populares se han inhibido en batallas ideológicas esenciales. Si los españoles somos iguales en derechos y deberes, no puede aceptarse sin asomo de crítica la Ley de Violencia de Género y los abusos a que ha dado lugar. (No está de más recordar aquí que la consejera de Igualdad de la Junta de Andalucía, Loles López, se sumó el pasado diciembre a la campaña de la izquierda contra la presentación, en una biblioteca pública de Sevilla, del libro Esto no existe, de Juan Soto Ivars, sobre las denuncias falsas en violencia de género). Ni permitir que se imponga el relato mendaz y divisivo de la memoria histórica. Ni reaccionar con retraso a una Ley Trans que niega la biología y desprotege a la infancia. Ni mirar hacia otro lado ante el crecimiento de la inmigración irregular. Ni acomplejarse ante los nacionalismos. Ni dejar sin respuesta los «relatos» demagógicos y victimistas.

El PP es el partido de centro derecha más fuerte de la Unión Europea. Y es la primera fuerza de España. Ahora le toca a Feijóo, y él lo sabe, fijar una estrategia que vaya más allá de las sucesivas victorias autonómicas. Presentar una alternativa clara de país. Y oye, con unos principios bien definidos seguro que te ahorras la pasta que cobran los Iván Redondo, los Aleix Sanmartín y otros gurúes a los que nadie en su sano juicio compraría un coche de segunda mano. La urgencia de librarnos de un autócrata amoral está ahí. Si el PP y Vox no son capaces de ponerse manos a la obra, estarán contribuyendo a la ingobernabilidad. 

Algunas postdatas

PD 1. Empieza el pulso. Manuel Gavira, candidato de Vox en Andalucía, apela al «sentido común» y a la «prioridad nacional». Moreno ha contestado con la «prioridad andaluza». A ver si son capaces de definir en qué consiste cada una y señalar las diferencias.

PD 2. Teresa Rodríguez, dirigente de Adelante Andalucía, está guapa hasta con el «disfraz de señora con quimioterapia». Gran despegue el de este partido, con ocho diputados. Son más simpáticos que sus primos rancios de Por Andalucía (IU, Sumar, Podemos), a los que han barrido. El dogmatismo entra mejor con desenfado, y parece que han atraído a una parte de los nuevos votantes. Yolanda Díaz, eternamente incompetente, prefiere decir que quien ha fracasado es el PP.

PD 3. Tres días lleva Iván Redondo perorando en sucesivos programas de radio y televisión. Vende su libro y vende humo. A los presentadores les dice que Pedro Sánchez los escucha y que le animará a que les dé una entrevista. Pedro es honesto, asegura, y pronostica su remontada (creo que lo ha vuelto a fichar). Defiende a María Jesús Montero y culpa a Susana Díaz del hundimiento del PSOE en Andalucía. Lo dicho: ni un coche usado.

 

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