Villasmil: El pensamiento humanista, Jacques Maritain y la guerra

«La paz es el orden de la ciudad, pero un orden fundado en la libertad y la justicia, no en el miedo». — Jacques Maritain.
El editorial de este nuevo número de nuestra revista, comienza reconociendo que el pensamiento humanista, en sus diversas vertientes, ha mantenido una relación compleja y a menudo agónica con el fenómeno de la guerra.
En esencia, el humanismo coloca la dignidad, la razón y la vida humana como el centro de todo valor, lo que sitúa a la violencia bélica como la antítesis de su proyecto.
Para el humanismo clásico y el de la Ilustración, el ser humano se distingue por su capacidad de razonar y dialogar. La guerra es vista como el momento en que el hombre renuncia a su humanidad para descender al nivel de las bestias.
Erasmo de Rotterdam, en su obra Querela Pacis (Lamento de la Paz), argumenta que la guerra es inherentemente anticristiana y antihistórica. Para Erasmo, ninguna victoria compensa el daño moral y físico que la guerra inflige.
Pensadores como Immanuel Kant (vinculado al humanismo ilustrado) propusieron que la razón debe llevar a la creación de un derecho internacional que prohíba la guerra, viendo en ella una interrupción del progreso moral de la especie.
Basado en San Agustín y Santo Tomás, el humanismo cristiano acepta la guerra solo bajo condiciones extremas: defensa propia, proporcionalidad y posibilidad de éxito. Sin embargo, en el siglo XX, ante las armas nucleares, este pensamiento ha girado hacia un modelo con aristas pacifistas.
Tras las dos guerras mundiales, el humanismo entró en una crisis profunda. ¿Cómo hablar de «dignidad humana» después de Auschwitz o Hiroshima?
En el humanismo de posguerra destaca sin duda el pensamiento de Albert Camus quien, en El hombre rebelde, sostiene que la verdadera rebelión no es la que mata, sino la que se niega a ser cómplice de la muerte. Para el humanismo existencial, la guerra es lo «absurdo» por excelencia.
Autor de dos obras maestras que denunciaron la amenaza totalitaria (“Granja Animal” y “1984”), en el mundo anglosajón de la posguerra destaca George Orwell. Su relación con el humanismo es uno de sus legados intelectuales y literarios. Para Orwell, el humanismo no era una teoría abstracta, sino un compromiso ético con la verdad objetiva y la dignidad individual frente a la deshumanización de los totalitarismos.
Frente a las grandes abstracciones ideológicas (fascismo, comunismo), Orwell defendía lo que algunos críticos llaman un humanismo vernáculo. Su concepto de common decency era la base de su humanismo: una moralidad básica, compartida por la gente común, que se opone a la crueldad y al ansia de poder.
Hannah Arendt analizó cómo la guerra moderna y los totalitarismos deshumanizan a las personas hasta convertirlas en «superfluas». Su pensamiento busca recuperar la política como el espacio donde se habla y dialoga, no donde se dispara.
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La visión humanista tiene como características centrales el rechazo a todo ataque a la persona humana y su dignidad; fuerte crítica al fanatismo derivado de caudillismos inhumanos y enemigos de la democracia; al nacionalismo ciego y egoísta.
Todo humanista señala que las víctimas de una guerra no son meros números estadísticos, son vidas únicas e irrepetibles.
Todo humanista defiende una paz que no sea solo ausencia de guerra, sino presencia de justicia.
Hoy en día el pensamiento humanista fundamenta el Derecho Internacional Humanitario (DIH). El concepto de «crímenes contra la humanidad» es, en esencia, una categoría humanista: reconoce que hay actos que no solo hieren a una nación, sino que degradan a toda la especie humana.
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Para Jacques Maritain, el filósofo que dio forma intelectual a la democracia cristiana moderna, la guerra no era un concepto abstracto. Vivió el ascenso del fascismo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la vida fuera de su país, lo que lo llevó a profundizar en cómo un humanismo integral debe responder ante la violencia organizada.
Maritain planteó que el humanismo integral debe rechazar el uso de la fuerza para imponer ideologías, defendiendo que la paz es el fruto de la justicia social y el respeto a la ley natural.
Su postura ha sido considerada una síntesis entre el realismo político y la ética cristiana.
Maritain argumentaba que las guerras del siglo XX eran el resultado de un «humanismo antropocéntrico» (centrado solo en el hombre sin Dios) que terminó por endiosar al Estado o a la raza.
Identificó que las guerras modernas no eran solo territoriales, sino ideológicas. El humanismo integral propone una democracia pluralista donde el fin de la política sea el Bien Común, no la expansión del poder militar.
De especial importancia para Maritain es destacar que el «individuo» es una unidad materialista que puede ser absorbida por el Estado, como candidato ideal para su masificación. En cambio, la «persona» tiene una dignidad espiritual que ningún Estado puede pisotear.
Como individuo: Tiene deberes hacia la sociedad y forma parte del cuerpo político.
Como persona: Posee una libertad y dignidad espiritual que son anteriores y superiores al Estado.
Para todo defensor del humanismo cristiano la guerra es la máxima agresión a la condición de persona.
A diferencia de los pacifistas absolutos, Maritain era un realista. Entendía que el mal existe en la historia y que, a veces, hay que enfrentarlo. Por ello, él apoyó activamente la causa de los Aliados contra el nazismo. Consideraba que el régimen nazi no era solo un adversario político, sino una fuerza que buscaba destruir la base misma de la civilización y la dignidad humana.
Si bien respetaba la tradición de la guerra justa, Maritain insistía en que en la era moderna la guerra es siempre un «remedio extremo» que deja cicatrices profundas en el alma de los pueblos. La prioridad siempre debe ser la resistencia moral y política.
Para el humanismo de Maritain, la paz no es simplemente la ausencia de disparos (una «paz de cementerio»).
No extraña entonces que fuera uno de los redactores e impulsores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Veía en este documento un «código de conducta» para evitar que las naciones volvieran a la barbarie.
La influencia de Jacques Maritain en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 fue profunda, no solo como redactor técnico, sino como el arquitecto intelectual que permitió el consenso entre naciones con ideologías totalmente opuestas.
Recordando su experiencia ante el horror nazi, Maritain insistió en que la dignidad humana no es algo que el Estado «otorga», sino algo que el Estado debe «reconocer».
Esto se reflejó en el Preámbulo y en el Artículo 1 de la Declaración Universal («Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos»).
Aunque Maritain era un filósofo de inspiración cristiana, no se limitó a los derechos civiles clásicos (libertad de expresión, religión).
Gracias a su visión del «bien común«, defendió la inclusión de derechos al trabajo, a la educación y a la seguridad social. Para él, un hombre que vive en la miseria no tiene las condiciones materiales mínimas para ejercer su dignidad como persona.
Finalmente, merece mencionarse que la influencia de Maritain fue asimismo decisiva para que los jóvenes líderes de la democracia cristiana en América Latina y Europa reconstruyeran sus naciones bajo principios de paz y cooperación. Su mensaje era claro: no se puede salvar la civilización -mucho menos destruir algunas de sus expresiones nacionales- usando los mismos métodos de deshumanización que usan los bárbaros.
