¿En qué consiste el nuevo síndrome de China que comparten Trump, Putin y Sánchez?
Los líderes al frente de países en declive intentan apuntalarse y beneficiarse de la República Popular de Huawei

El presidente chino, Xi Jinping. (Reuters)
Durante la Guerra Fría, con toda su apocalíptica paranoia nuclear, se acuñó el concepto pseudocientífico conocido como el síndrome de China. Se trataba de una hipótesis catastrófica sobre la fusión de un reactor nuclear en Estados Unidos y la más que improbable posibilidad de que el material fundido atravesara la corteza de la Tierra y llegara hasta las antípodas del planeta, popularmente pero incorrectamente asociadas con China.
En mitad de la recalentada Guerra Fría que ahora sufrimos, empieza a ser posible hablar de un nuevo síndrome de China, según el cual líderes al frente de países en declive intentan apuntalarse y beneficiarse de la República Popular de Huawei. Poco importa el gigantesco precio que hay que pagar a cambio del siempre interesado beneplácito de Pekín. Aunque para estos líderes –que tienden a operar políticamente entre la precariedad y la corrupción– el interés nacional siempre es secundario frente al interés personal.
En el concurrido peregrinaje hacia la corte neoimperial de Xi Jinping, este martes le toca a Vladímir Putin. Ambos están unidos por una «alianza sin límites». Pero la realidad es que la Rusia que no ha conseguido ganar la guerra contra Ucrania es más dependiente que nunca de China. Poco importan las ensoñaciones geopolíticas del Kremlin, según las cuales los rusos aportan una visión estratégica al estilo francés y los chinos facilitan el equivalente al músculo económico alemán.
La semana pasada vimos a Donald Trump escenificando en Pekín el dañino declive americano impulsado por MAGA. El régimen comunista, colocando a Estados Unidos al mismo nivel que China, ha conseguido que el presidente empantanado en Irán les haga servilmente la pelota, se olvide de sus aliados y suplique ayuda para desbloquear Ormuz y enterrar a los ayatolás, sin olvidarse en ningún momento de que sus compinches facturen.
En lo que respecta al Gobierno de España, al tratar a Taiwán como si fuera el Sáhara Occidental, se demuestra hasta qué punto algunos están dispuestos a sacrificar principios, alianzas y coherencia diplomática con tal de subirse a este nuevo Orient Express.
