DictaduraHistoriaRelaciones internacionalesViolencia

Jorge Fernández Díaz: Héroes borrados por mala conciencia

Tras la guerra de las Malvinas sucedió un apagón anímico en la sociedad argentina. Los excombatientes, cansados y heridos, no fueron recibidos con honores: ingresaron a su país por la puerta trasera

Soldados izando la bandera del Reino Unido en las Islas Malvinas

Soldados izando la bandera del Reino Unido en las Islas Malvinas(ABC)

 

Volaba a seis metros de la superficie del mar para eludir el radar de los ingleses cuando percibió el fogonazo y vio que el avión de su compañero de escuadrón se desintegraba en el aire. En ese instante se dio cuenta de que otro misil lo perseguía y que debía dejar caer las dos bombas de cuatrocientos kilos que cargaba para ganar combustible y velocidad. Los instructores le habían explicado que, en esa clase de ocasiones extremas, convenía apagar el motor para cortar el calor que guiaba al segundo proyectil, pero instintivamente hizo todo lo contrario y eso le salvó la vida: la poscombustión produjo una estela de quince metros de fuego y el misil explotó al alcanzarla y destruyó la cola del avión, pero dejó intacta la cabina. En un segundo, Luis Alberto Puga se eyectó, se abrieron los paracaídas y comenzó a rebotar sobre las olas del océano helado. Su querido reloj de ocasión se detuvo para siempre a las 11.08, estaba en pleno desarrollo la guerra de Malvinas y aquel náufrago argentino no tenía costas ni naves a la vista en esa inmensidad a la que se había arrojado: las crudas aguas del Atlántico Sur.

En ‘Piloto de combate’, un pequeño gran libro que debió costear él mismo, narra de un modo sencillo cómo fue su carrera en la Fuerza Aérea y cómo al iniciarse el conflicto bélico los tripulantes de los Dagger –más preparados para el combate en tierra que en el mar– comprendieron dolorosamente que si caían en ese océano temible morirían en cuestión de minutos. Fue entonces que a Puga se le ocurrió pedir a un amigo que practicaba windsurf un buzo de neopreno; luego convenció a sus compañeros de confeccionar, rudimentariamente y a toda prisa, varios equipos completos para usar bajo el uniforme: probaron ese «invento estrafalario» en vuelos y en aguas abiertas, y esa improvisación milagrosa les salvó el pellejo a varios camaradas y muy especialmente a su autor intelectual, que tardó en deshacerse de los paracaídas, quedó solo e inerme en medio de la nada y comenzó a bracear sin pensar en otra cosa que no fuera cómo sobrevivir una hora más en aquel infierno glacial, líquido y salobre. Rezaba padrenuestros y avemarías y, sin fantasmas de tiburones ni otras desgracias, a veces también se abandonaba a la corriente. En un punto dejó de nadar pecho y pasó al estilo crol, perdió de inmediato el conocimiento y quedó flotando en una gélida y extraña duermevela. Cuando recuperó el sentido pleno creyó ver nubes blancas y pensó sinceramente que había muerto y ya estaba en el cielo, pero se equivocaba: seguía en el mar y eran espumas níveas que golpeaban las rocas. Se había salvado.

Cada tanto recibo uno de estos libros vibrantes pero artesanales, y me recuerdan no sólo aquel heroísmo con rasgos cinematográficos y la gran pericia de aquellos hombres que lucharon en la dura contienda de 1982, sino también la ulterior negación colectiva y hasta los mitos y mentiras que la mala conciencia de una sociedad pueden generar en torno a un determinado episodio histórico. La mala conciencia moldea, escamotea, edita, agiganta o minimiza, silencia y a veces habilita incluso a usar la memoria debidamente manipulada como arma arrojadiza, escudo, analgésico o blasón identitario. El escalón entre memoria e historia resulta entonces un abismo. Contemos la verdad posible: hace 44 años una atroz dictadura militar en decadencia resolvió dar un manotazo de ahogado y recuperar por la fuerza las islas Malvinas, enclave colonial del Reino Unido con análogas características a la situación del peñón de Gibraltar. Hasta la izquierda internacional más intransigente se plegó a aquella maniobra, por comprender que se trataba de una «valiente rebelión antimperialista». La población argentina borró por un momento su disgusto con los dictadores y se volcó a las calles y a la solidaridad sin grietas con los miles de soldados que movilizaron al sur del mundo.

La guerra real comenzó cuando Margaret Thatcher ordenó al comandante de un submarino nuclear que abriera fuego contra el crucero General Belgrano el 2 de mayo. Fue un verdadero Titanic: esa nave legendaria, que en manos norteamericanas había sobrevivido a Pearl Harbor, se fue a pique en pocos minutos y perecieron 323 tripulantes. Fue entonces cuando se pusieron en marcha la Aviación Naval y la Fuerza Aérea Argentina: sus pilotos atacaron de manera prodigiosa e incendiaron, hundieron o dejaron fuera de combate a fragatas misilísticas, destructores y otros buques de gran porte. Varios combatientes británicos han confesado el terror y la admiración que sentían por esos pilotos que no dudaban en dejarse matar (murieron muchos) y que casi ganan ellos solos la guerra maldita. Las batallas luego siguieron con bravura en las islas, donde se vivieron escenas dignas del cine más descarnado y realista. ‘No picnic’ se llamó el libro del jefe de comandos británicos. Cuando se firmó la «rendición condicional» sucedió un apagón anímico en la sociedad argentina, que rápidamente se arrepintió de su euforia y que no quiso saber más nada acerca de aquella gesta malograda. Los excombatientes, cansados y heridos, no fueron recibidos con honores ni con marchas: ingresaron a su país por la puerta trasera y fueron ninguneados durante décadas. Se creó la idea paternalista de que eran meros ‘chicos de la guerra’, cuando en realidad eran hombres valientes. También trataron de mezclar a los militares profesionalistas, que habían actuado con gran coraje, con quienes habían llevado a cabo la represión ilegal y habían estado en los centros clandestinos de detención durante el reinado de Videla y Massera. Cuando, en verdad, la mayoría de los combatientes eran jóvenes o no habían participado de aquella ignominia. Les costó décadas a los argentinos ser capaces de empezar a discriminar una cosa de la otra, separar la decisión política de la calidad humana y admirar a sus héroes. Los ingleses, en cambio, invitaban a sus ‘dignos enemigos’ a Gran Bretaña y los recibían con honores y respeto: muchos pilotos argentinos participaron de las ceremonias de la escuela de aviación de la RAF y entregaron premios a los mejores promedios. Eran personajes admirables en Londres y desconocidos y sospechosos en Buenos Aires. Luis Alberto Puga debería figurar en los manuales de los institutos, pero hasta debe pagarse de su bolsillo una pequeña edición de su libro para que quede registrado en algún sitio la epopeya de aquellos hombres honrados y borrados de la historia.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba