Martín Rodríguez: El desarme que Venezuela necesita

TINA ha muerto. Desde los años noventa, “There Is No Alternative” capturó el zeitgeist. Liberalización, integración y globalización marcaron la pauta. Hoy Washington impone aranceles a todo lo que se mueve, y Europa levanta barreras para protegerse de la inundación de importaciones chinas.
Venezuela debería tomar nota y hacer exactamente lo contrario. Desarme arancelario unilateral. Arancel cero universal. Sin esperar reciprocidad y sin atajos disfrazados de barreras no arancelarias.
El proteccionismo es la nueva vanguardia y, esta vez, no siempre por motivos especiosos. China cerró 2025 con un superávit comercial récord de cerca de 1,2 billones de dólares. Como ha explicado Michael Pettis, el problema no es imaginario ni de fácil solución. En términos simples, cuando el consumo interno es insuficiente para absorber la producción de una economía de esas dimensiones, el excedente se exporta. Los países que no se protegen terminan absorbiéndolo y condenan a sus industrias y a sus trabajadores al desplazamiento.
Tomemos la industria química, donde BASF y Bayer fueron durante décadas la punta de lanza del liderazgo europeo en el sector. Solo entre 2019 y 2024, las importaciones de productos químicos chinos aumentaron un 140 %. Una avalancha solo superada por la de automóviles, que ha llevado a Bruselas a recurrir a instrumentos de defensa comercial. Estados Unidos hace lo propio.
Es natural que los centros industriales se preocupen por la pérdida de capacidad instalada y deseen preservar sus industrias. Venezuela, para bien o para mal, no está en esa situación.
El torbellino socialista dejó tierra arrasada. Hoy no contamos con una red eléctrica confiable y, por tanto, tampoco con una base industrial que defender. Al contrario, tenemos una enorme necesidad de tecnología y de bienes de capital. De ahí que un desarme arancelario unilateral tenga sentido.
Los reportes de que General Motors evalúa su regreso al país ilustran el problema. Frente a la posibilidad de que lleguen automóviles importados, reapareció el viejo reflejo nacionalista: “hay que fabricarlos aquí”. Pero Venezuela no está en condiciones de reconstruir esa industria ni debería intentarlo. Aquella cadena de valor desapareció y pretender reconstruirla es un espejismo.
Los argumentos a favor del proteccionismo olvidan que Venezuela ya lo recorrió. Durante décadas el país protegió a sectores económicos con la promesa de que las “industrias infantiles” algún día crecerían. La verdad es que la mayoría envejeció sin aprender a caminar.
Merece la pena desempolvar Tigres de papel y minotauros, de Moisés Naím, que describe la economía política de un país protegido y lleno de privilegios, donde los beneficios se concentran y los costos se difunden, lo que vuelve infranqueables los obstáculos a la liberalización.
Algunos dirán que el arancel cero destruiría la industria nacional. ¿Cuál industria? ¿Cuántos empleos? Si una empresa es capaz de producir de manera competitiva en Venezuela, el desarme arancelario también abaratará los equipos y las materias primas. Si solo puede sobrevivir porque se obliga a los ciudadanos a pagar más por los productos importados, no estamos protegiendo, sino financiando la renta de unos pocos.
¿Y si China nos inunda de carros, electrodomésticos y maquinaria? Que lo intente. También Estados Unidos, Europa, Japón o México.
Otros dirán que los aranceles son de los pocos impuestos que un país sin capacidad fiscal puede cobrar; además, son fiscalmente imprescindibles. Discrepo, para eso está el IVA.
Además, tampoco se pretende que el arancel cero sustituya las reformas que Venezuela necesita: seguridad jurídica, desregulación, reforma laboral, infraestructura, etc. Mi argumento es que existe una diferencia entre reformar una economía industrial madura y reconstruir una que ha sido devastada. Venezuela necesita atraer capital y permitir la entrada de las herramientas de la reconstrucción al menor costo posible.
Además, pueden existir excepciones legítimas vinculadas a la seguridad y la defensa. Pero precisamente porque algunas excepciones son razonables, deben ser pocas y extraordinarias. La experiencia, sin embargo, muestra que cuando una excepción se convierte en política pública, los fabricantes de zapatos descubren que también producen un bien “estratégico”.
La destrucción socialista dejó una oportunidad que probablemente no volverá a presentarse. La ausencia de intereses suficientemente poderosos para impedir una apertura real debería dar pie a no repetir los errores del pasado. Si Venezuela elige resucitar a los zombis de las industrias protegidas, no tenga dudas de que después volverán a exigir que el país pague por mantenerlos vivos. Mejor dejarlos enterrados. Y que seamos los venezolanos, con nuestras preferencias y nuestro espíritu animal, quienes decidamos qué vale la pena producir aquí.
