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Nuevo SSGG de la ONU: Consigan al mejor

20160521_LDP010_0Un consenso sin sentido sostiene que el próximo jefe de la ONU debe ser una mujer del este de Europa. Tonterías.

A menudo, a la ONU se la acusa de intromisión, sólo para ser llamada cuando ocurre un desastre -y luego culpada por no haber aparecido antes. A veces la crítica es merecida. La ONU es difícil de manejar,  paralizada por las rivalidades entre las grandes potencias y la codicia de las pequeñas. Sin embargo, es importante. A menudo es la única organización que puede conseguir que se sienten combatientes alrededor de una mesa y entrar en los lugares más peligrosos. Eso puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Así que es un hecho importante, asimismo, quién es el secretario general de la ONU. El trabajo fue descrito por la primera persona que lo ejerció como el «más imposible … en esta tierra«. Sin embargo, la persona a cargo puede afectar la vida de algunos de los menos afortunados del mundo, por lo que el próximo titular debe ser el mejor que se presente (ver artículo ).

Ha tomado impulso la idea de que una mujer debe obtener el puesto, porque ninguna lo ha ejercido antes; y que ella debe ser del este de Europa, debido a que esa parte del mundo nunca ha tenido el honor. Varias mujeres de Europa del Este califican como candidatas. Pero si una de ellas tiene éxito debe ser debido a su capacidad, en lugar de su sexo o de su país de origen.

Quien sea elegido tendrá que hacer frente a problemas graves. La ONU luce sobrecargada, aparentemente imposible de rendir cuentas, limitada por la burocracia y enredada en rivalidades institucionales. Sus principales objetivos – hacer la paz, y salvar a los pobres mediante el desarrollo económico y la promoción de los derechos humanos, deben reforzarse entre sí, pero a menudo se oponen. Demasiados organismos y programas subsidiarios se superponen y deberían ser eliminados. Los Estados Unidos y otros países ricos pagan más de lo debido. Países que antes eran pobres o mendicantes, como China e India, pagan muy poco. Demasiados puestos de trabajo, en la parte superior e inferior, son entregados por negociaciones regionales en lugar del mérito. Muy pocas personas son despedidas. Problemas como el abuso sexual por parte de las fuerzas de paz y la corrupción en la contratación  han sido tratados a la ligera. El secretario general es, entre otras cosas, el «más alto funcionario administrativo». La organización necesita un buen revolcón.

Pero el desafío más grande del nuevo Secretario General es es impedir que la gente se siga matando entre sí. La ONU tiene 16 misiones de mantenimiento de paz en todo el mundo. A menudo algunas son endiabladamente difíciles, como en el Congo, donde el mantenimiento de la paz está obstaculizado por la política local y la corrupción (ver artículo ). La tarea ha crecido porque la responsabilidad de la ONU para proteger a los civiles, consagrada en el año 2005 a través de los buenos oficios del secretario general del momento, Kofi Annan, significa que puede intervenir tanto en los conflictos dentro de los países, como en los que existen entre ellos. Esta responsabilidad fue invocada en 2011 ante la crisis en Libia, lo que provocó quejas, especialmente de Rusia, de que los patrocinadores occidentales que pedían acción extendieron el mandato. Esto, a su vez, ha impedido que dentro de la ONU se pongan de acuerdo para actuar con mayor fuerza en Siria.

Hacedores de milagros por favor, ofrezcan sus servicios

El secretario general saliente, Ban Ki-moon, cuyo mandato termina al final de este año, es ampliamente considerado como un fracaso tanto en la administración como en el gobierno. En su defensa, se afirma que  intentó racionalizar la multiplicidad de organismos de la ONU, por ejemplo uniendo cuatro organismos de promoción de los derechos de la mujer en uno solo. Se le atribuye la supervisión de un acuerdo sobre el cambio climático en diciembre en París y, previamente, un acuerdo global sobre los objetivos de desarrollo. Por otra parte, ningún secretario general puede producir magia en lugares como Siria si las principales potencias del mundo están en desacuerdo, como ha ocurrido entre Estados Unidos y Rusia. Pero mientras que el Sr. Annan utilizó una mezcla de astucia, coraje, encanto e idealismo para lograr que se sentaran antagonistas,  o para recoger los pedazos después de desastres como Irak, Ban ha sido cauteloso, respetuoso del protocolo y poco dispuesto a enfrentarse a las grandes potencias.

Quien lo suceda encontrará un trabajo suficientemente duro. Una favorita búlgara, Irina Bokova, fue una diplomática del antiguo régimen comunista; Los Estados Unidos podrían oponerse. Sería más aconsejable que ella declinara ante otra búlgara, Kristalina Georgieva, la respetada directora de presupuesto de la Unión Europea.

Tendría sentido extender la red lo más ampliamente posible. ¿Por qué no António Guterres, ex comisionado de la ONU para los refugiados, o Helen Clark, que dirige el programa para el desarrollo? Ambos son ex primer ministros exitosos (de Portugal y Nueva Zelanda), que han ejercido bien sus cargos en la ONU: la Sra Clark fue poco diplomática, y valiente, al podar tanto al personal  como los presupuestos. Pueden aparecer otros candidatos. La más tentadora es Angela Merkel, canciller de Alemania y también una mujer del este de Europa, aunque pocos piensan que ella cambiaría  su actual cargo por uno en la sede de Nueva York de la ONU. Si lo hiciera, en The Economist estaríamos encantados de darle nuestro apoyo.

Traducción: Marcos Villasmil


EL ORIGINAL EN INGLÉS: 

Get the best

A soggy consensus holds that the next UN boss should be an eastern European woman. Nonsense

THE UN is often accused of meddling, only to be called upon when disaster strikes—and then blamed for not stepping in sooner. Sometimes the sneering is deserved. The UN is unwieldy, and hamstrung by big-power rivalries and small-power greed. Yet it matters. It is often the only outfit that can get combatants round a table and go into the most dangerous places. That can make the difference between life and death.

So it matters, too, who is the UN’s secretary-general. The job was described by the first to hold it as the “most impossible…on this earth”. Yet the person in charge can affect the lives of some of the world’s least fortunate, which is why the next incumbent must be the best on offer (see article).

The idea has taken hold that a woman should get the job, because none has done it before; and that she should be from eastern Europe, because that part of the world has never had the honour. Several eastern European women qualify as candidates. But if one of them succeeds it should be because of her ability, rather than her gender or her home country.

Whoever is chosen will have to tackle grave problems. The UN is bloated, seemingly unaccountable, dogged by bureaucracy and tangled in institutional rivalries. Its main aims—to make peace, to save the poor through economic development and to promote human rights—should reinforce each other, but are often opposed. Too many subsidiary agencies and programmes overlap and should be closed down. America and other rich countries pay more than they should. Countries that were once poor or supplicant, such as China and India, pay too little. Too many jobs, at the top and bottom, are handed out by regional bargaining rather than merit. Too few people are fired. Sexual abuse by peacekeepers and corruption in procurement have been dealt with too lightly. The secretary-general is, among other things, the “chief administrative officer”. The organisation needs a good kicking.

But his—or her—biggest challenge is to stop people killing each other. The UN has 16 peacekeeping missions across the world. Often they are devilishly hard, as in Congo, where peacekeeping is undercut by local politics and corruption (see article). The task has grown because the UN’s responsibility to protect civilians, enshrined in 2005 through the good office of the secretary-general of the day, Kofi Annan, means that it can intervene in conflicts within countries as well as those between them. This responsibility was invoked in 2011 over Libya, prompting grumbles, especially from Russia, that the Western sponsors of action there were stretching the mandate. This, in turn, has prevented the UN from agreeing to act more robustly over Syria.

Miracle-workers please apply

The outgoing secretary-general, Ban Ki-moon, whose term finishes at the end of this year, is widely regarded as a failure in both administration and governance. In his defence, he has tried to streamline the multiplicity of UN bodies, for instance welding four agencies promoting women’s rights into one. He is credited with overseeing a climate-change deal in December in Paris and a global agreement on development goals a few months earlier. Moreover, no secretary-general can weave magic in places like Syria if the world’s main powers are at loggerheads, as America has been with Russia. But whereas Mr Annan used a mixture of cunning, courage, charm and idealism to bring antagonists together and pick up the pieces after disasters such as Iraq, Mr Ban has been plodding, protocol-conscious and loth to stand up to the big powers.

Whoever succeeds him will find the job hard enough. A Bulgarian front-runner, Irina Bokova, was a diplomat for the former communist regime; America may object. If she bows out another Bulgarian, Kristalina Georgieva, the EU’s respected budget boss, would be better.

But it makes sense to spread the net as wide as possible. What about António Guterres, a former UN commissioner for refugees, or Helen Clark, who leads the development programme? Both are successful ex-prime ministers (of Portugal and New Zealand), who have run their UN briefs well: Ms Clark was undiplomatic, and brave, in pruning staff and budgets. Other candidates may appear. Most tantalising is Angela Merkel, Germany’s chancellor—and, as it happens, an eastern European woman—though few think she would exchange her present burden for one in the UN’s New York headquarters. If she did, The Economist would be glad to endorse her.

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