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Por qué perdió Orbán

Todavía hay quien se empeña en recurrir a los manuales habituales para explicar la derrota, pero la razón es ante todo económica

El primer ministro húngaro, Víctor Orbán

El primer ministro húngaro, Víctor Orbán(Reuters)

 

Ha transcurrido una semana desde la contundente derrota electoral de Víctor Orbán en Hungría y todavía hay quien se empeña en explicarla recurriendo a los manuales habituales: el desgaste tras dieciséis años de gobierno ininterrumpido, la erosión de cualquier liderazgo personalista, la fatiga de un electorado que termina hastiándose incluso de aquellos dirigentes a los que un día encumbró. Y aunque algo (no mucho) de verdad hay en todo ello, semejante explicación resulta insuficiente para comprender lo sucedido el pasado domingo: no olvidemos que hace apenas cuatro años Orbán todavía cosechaba más del 50% de los votos y retenía los 135 diputados que le garantizaban dos tercios de la Cámara, esto es, la supermayoría necesaria para reformar la Constitución. El desplome se ha gestado íntegramente en esta última legislatura y su explicación es, ante todo, económica.

Entre 2015 y 2022, la renta per cápita real de los húngaros creció alrededor de un 30%: un avance notable que normalmente blinda electoralmente a quien gobierna. Pero a partir de 2022 ese crecimiento se detuvo en seco y a cierre de 2025 la renta per cápita apenas supera en un 1,4% la de hace tres años. Tres años de estancamiento en una sociedad acostumbrada a prosperar: ese es el verdadero sepulturero político de Orbán.

Ahora bien, tal estancamiento no cabe atribuirlo a causas puramente exógenas. Es verdad que la invasión rusa de Ucrania disparó los precios energéticos y golpeó con dureza a Centroeuropa, pero la clave reside en cómo reaccionó Orbán ante el shock. Y reaccionó mal: consolidó los déficits heredados del covid para subsidiar la energía y ocultar así, bajo la alfombra del gasto público, el encarecimiento que padecía el país. El florín —a diferencia, por ejemplo, de la corona checa— no sólo no recuperó la depreciación acumulada durante la pandemia, sino que profundizó en ella, realimentando una inflación ya disparada por los costes energéticos. Hungría se convirtió así en uno de los países donde más han subido los precios dentro de la Unión Europea.

Pero lo verdaderamente letal vino después, con la respuesta del Estado a la inflación que él mismo había alimentado. Por un lado, Orbán decretó controles de precios sobre los alimentos —esa misma receta que entre nosotros defendía Podemos— que, lejos de contenerlos (pues subían por costes, no por avaricia empresarial), terminaron laminando los márgenes empresariales. Por otro, el banco central húngaro, para frenar la depreciación del florín, elevó los tipos por encima del 16%. La conjunción resultó devastadora para la inversión: estrechez regulatoria de márgenes más encarecimiento brutal del coste financiero. La inversión agregada, que en 2021 alcanzaba el 28% del PIB, habrá cerrado 2025 en torno al 23%. Cinco puntos anuales evaporados, a los que se añade la congelación de los fondos europeos por Bruselas, que impidió compensar ese derrumbe con inversión pública.

El buen comportamiento económico de las primeras legislaturas consolidó el poder de Orbán; el mal comportamiento de esta última, fruto de sus propias políticas antiliberales, le ha cavado la tumba. Moraleja a no olvidar a este lado de los Pirineos… gobierne quien gobierne.

 

 

 

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