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Que nos quiten lo acampado

Incentivar la morosidad de los inquilinos a través del aval paternalista del Estado no solo sería injusto para todos los contribuyentes sino que precipitaría el colapso definitivo del mercado del alquiler. Pero oye, que nos quiten lo acampado.

Pablo Iglesias e Irene Montero, en 2017.
                  Pablo Iglesias e Irene Montero, en 2017. VÍCTOR LERENAEFE

Hace 15 años acampó en Sol una generación indignada con el precio de la vivienda y la corrupción de los partidos. Si según Ortega cada generación dura 15 años, la nueva ha vuelto a rebelarse por lo mismo década y media después, porque en España nunca cambian los problemas sino sus puntuales remediadores, que terminan siendo peores que la enfermedad. El 15-M solo solucionó el problema de una vivienda, la de Pablo Iglesias e Irene Montero, que tres churumbeles después pretenden seguir viviendo de la candidez del indignado español, que ni se crea ni se destruye. Solamente se transforman sus sedicentes portavoces: Podemos, Sumar, Frente Amplio. No sabemos cómo de amplio será esta vez, pero el frentismo se les supone.

Los astrónomos mayas ya predijeron el decreto Maricarmen porque averiguaron mucho antes que Einstein que hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana (y de lo primero tampoco estaban seguros). La predicción más segura para los economistas, grandes pronosticadores del pasado, es el fracaso matemático del intervencionismo en el mercado inmobiliario. Fracasa siempre que se ensaya y siempre vuelve a ensayarse. El anticapitalista vive así atrapado en un bucle autolítico: frustrado por no poder acceder a una vivienda se revuelve contra los únicos que podrían allanar ese acceso, que son los propietarios, exigiendo el fin de la rentabilidad. Si un político populista decide elevar ese resentimiento primario a rango de ley, solo conseguirá que los caseros retiren sus pisos del mercado, atemorizados por la amenaza de un impago impune. El precio sube, el joven se echa la calle, el mercado vuelve a ser intervenido, la oferta se limita, el precio sube, el joven se echa a la calle.

De modo que seguiremos informando de periódicas acampadas en las próximas décadas, así como de sus contraproducentes efectos sobre los más vulnerables. Porque nadie va a explicarles despacio que el problema de la vivienda solo se soluciona con más capitalismo y no con menos; que la única manera de facilitar la entrada de quien paga es facilitar la salida del que no; y que incentivar la morosidad de los inquilinos a través del aval paternalista del Estado no solo sería injusto para todos los contribuyentes (a los que habría que ahogar con más impuestos) sino que precipitaría el colapso definitivo del mercado del alquiler. Pero oye, que nos quiten lo acampado.

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