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Soledad Morillo Belloso: Y llegó octubre

 

Carta desde esta orillita del Caribe, por Soledad Morillo Belloso

 

 

Y llegó octubre. Trajo consigo ese olor a tierra mojada que huele a despedida de lluvias y a promesa de tregua, aunque por estos lares, cuando el barro por fin se seca, lo único que queda al descubierto es lo que algunos, por conveniencia, no quieren que termine: El estancamiento.

En la teoría, octubre es el mes que nos empuja a sacar cuentas y cuadrar presupuestos; en la práctica cotidiana, la lista de pendientes solo junta polvo y despecho. Miramos el panorama masticando rabia, viendo cómo el ojo del amo no siempre engorda el ganado, pero sí mira las pérdidas, sintiendo en la boca ese amargo regusto de la tranquilidad arrebatada.

Entre lo que se quiere y lo que se puede hay un barranco sin puente: La inflación, voraz y silenciosa, deshilachando el bolsillo. Un 8.4% al cierre de septiembre arrojado así, a la torera, con esa concha y esa cara e’ perro de quien no paga el mercado. Cualquier presupuesto, ya sea del hogar o del negocio, se vuelve  sal y agua antes de que la calle termine de desbaratarse. Bien lo dice la sabiduría del pueblo: «Camarón que se duerme se lo lleva la corriente», pero aquí no hay sueño que valga; el sueldo se esfuma  mucho antes de rasguñar la quincena.

Vivimos atrapados en la comedia trágica de un calendario donde las fechas no son más que garabatos sin fe: Nadie sabe cuándo se anuncia nada, ni si lo que se augura se va a cumplir, aguardando firmas de contratos que siempre quedan pospuestas para tan pronto se pueda. Y así andamos, haciendo magia con cuentas que no cuadran, mientras el día a día exige comer, resolver y pagar hoy mismo.

No tardarán en llegar las vísperas decembrinas y, con ellas, ese previsible despliegue de cinismo y banalidad que se apodera de las pantallas y redes. Comenzarán los corrillos sobre la etiqueta, el estilo y los “estrenos” de la señora presidenta encargada. Se contarán las costuras a lupa, se desglosarán etiquetas de marcas importadas y se escudriñará con lupa el costo de cada trapo lucido en salones oficiales. «Dime de qué presumes y te diré de qué careces», murmurará la gente, recordando entre dientes que «por más que el chivo mude el pelo, la barba no se le cae». Choca esa frivolidad de vitrina, ese contraste casi indecente entre la alta costura del poder y la economía de remiendos del ciudadano común, que atestigua cómo «unos nacen con estrella y otros estrellados», mientras saca la cuenta imposible de cuántos salarios mínimos necesita para comprarle, al menos, una mudita de ropa a un hijo antes de que muera el año.

Pero la prisa del escritorio jamás ha entendido la urgencia de la calle. Basta poner la mirada en Vargas para palpar el verdadero peso del tiempo detenido: Familias enteras apiñadas en carpas y refugios de paso, resistiendo a pura fe cada aguacero, viendo deshojarse el almanaque en un “mientras tanto” que ya se les volvió eterno. Y es que «a buen entendedor, pocas palabras»: aquí la paciencia se vuelve trizas sobre el barrial, y en cada techo de lona resuena la misma pregunta angustiada de cuándo escampará la desidia.

Mientras tanto, en las universidades, la vida transcurre como un balancín agotador. Las aulas se mecen en la cuerda floja, suspendidas entre la sombra del paro, la intención incesante del gobierno de ponerles la pata en el cuello a profesores, alumnos y trabajadores, la  asfixia presupuestaria, la sangría de la deserción, la terquedad limpia de quienes se niegan a soltar los libros; todo eso convive en la escena.  Se respira en el ambiente universitario esa vieja verdad de que «no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista». Hoy se logra dar clase, mañana se va la luz; a primera hora se sueña con la toga y al mediodía la crudeza del entorno invita a tirar la toalla. Sin embargo, por dentro, el estudiante y el profesor se repiten como un rezo: No nos rendiremos.

Arranca octubre con la bendición implícita del cordonazo de San Francisco, esperando que el cielo termine de despejar sus nubarrones, aunque sobre nuestras cabezas siga pesando la incertidumbre. La tormenta más fiera no cae de las nubes, sino del desgaste de sobrevivir en una tierra donde todo está por firmarse, por erigirse o por remendarse.

Pero al final de la jornada, el venezolano se sacude el polvo y vuelve a erguirse, convencido de que el que persevera vence y aferrado a esa certeza obstinada e indomable de que, pase lo que pase y contra viento y marea, la esperanza no se rinde. Porque si algo sabe este país, es que Dios aprieta, pero no ahorca; Aunque a veces nos preguntemos, con el nudo en la garganta y la quincena hecha trizas, hasta cuándo piensa seguir apretando.

 

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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