Taiwán necesita otra estrategia de disuasión

SAN DIEGO—Mientras la guerra entre Estados Unidos e Irán amenaza con desatar una crisis mundial de la energía, hay otro punto conflictivo que puede entrar en ebullición: Taiwán. Durante una visita reciente a Taipéi, no tuve necesidad de leer mandarín para saber cuál era la noticia principal de cada día: algún nuevo paso en la campaña china de intimidación contra la isla.
Lo que antes se habría considerado una crisis (aviones del Ejército Popular de Liberación cruzando la línea de delimitación en el estrecho de Taiwán, la presencia cada vez más cercana de buques y globos de vigilancia del EPL, capitanes de buques comerciales interrogados por autoridades chinas) se ha convertido en un ritual diario. Para el gobierno chino, es una victoria en sí misma. La «zona gris» de hostigamiento constante está pensada no sólo para atemorizar a Taiwán, sino también para adormecer al resto del mundo, de modo tal que el presidente taiwanés Lai Ching‑te se parezca al niño insistente que gritaba «¡viene el dragón!».
Mientras tanto, los estrategas del presidente chino Xi Jinping observan el estrecho de Ormuz y estudian algo todavía más valioso que las fragatas: la toma de decisiones estadounidense. ¿Con qué rapidez responde Estados Unidos a amenazas y ataques? ¿Cuánta oposición interna puede tolerar el presidente Donald Trump? ¿Cuánto sufrimiento económico están dispuestos a soportar los aliados de Estados Unidos? Cada misil lanzado contra Irán aporta nueva información. Los mulás iraníes, burlándose de los ataques y desafiando la lógica política convencional, se han convertido sin saberlo en ayudantes de investigación para los analistas militares chinos.
Pero Taiwán es un caso diferente: es demasiado valioso para no ser vulnerable. El país domina la industria de los semiconductores, con el 92 % de la capacidad de fabricación mundial de chips avanzados. Si las fábricas taiwanesas cierran, las repercusiones se extenderán mucho más allá de Silicon Valley. Las economías modernas funcionan gracias a los semiconductores, igual que las economías del siglo XIX dependían del carbón y del aceite de ballena. Sin los chips de Taiwán, los refrigeradores dejarían de enfriar y los semáforos dejarían de funcionar. Veríamos desastres en las bolsas y en las intersecciones viales.
Kuwait y Arabia Saudita descubrieron hace mucho tiempo que poseer el insumo más valioso del mundo era a la vez una bendición y una vulnerabilidad clara. El petróleo tornó indispensables a ambos reinos, y por eso mismo los puso en la mira de otros. En 1990, el iraquí Saddam Hussein decidió que ya no podía resistir la tentación de adueñarse de un país entero. Taiwán enfrenta un dilema similar, porque China conoce exactamente el premio que busca.
Para frenar las ambiciones chinas respecto de Taiwán se necesita un nuevo tipo de disuasión. Así como Arabia Saudita está invirtiendo billones de dólares para ser algo más que la gasolinera del mundo, Taiwán debe diversificarse. Necesita un segundo tesoro que lo haga indispensable para el mundo democrático. Y como he recomendado a las autoridades taiwanesas, puede hallarlo en el software de defensa.
Las ventajas militares del futuro dependerán menos del acero que del código: campos de batalla conectados en red, inteligencia artificial, ciberseguridad, logística, comunicaciones y software de mando y control. Las fábricas de chips se pueden replicar (incluso Taiwan Semiconductor Manufacturing Company se está expandiendo al extranjero), pero los ecosistemas de software de confianza, el talento en ingeniería, el conocimiento institucional y décadas de colaboración son irreproducibles.
Los economistas lo llaman «ascender en la cadena de valor». Yo también lo llamaría «ascender en la cadena de disuasión». El gobierno taiwanés debería pedir consejo a Palmer Luckey (Anduril) y a Alex Karp (Palantir).
Igual de importante es la posición inusual de Taiwán en Asia. Japón y Corea del Sur se han pasado décadas reabriendo y cerrando heridas de tiempos de la ocupación. Taiwán es un actor regional al que ninguna de las partes guarda rencor, y eso lo convierte en un intermediario fiable, hecho infrecuente en la política mundial.
Taiwán debería crear un «Comité para la Defensa de la Libertad», sin esperar a Estados Unidos. Sería una institución práctica dedicada a la tecnología de defensa y a coordinar respuestas frente a la coerción económica, no una alianza militar formal cuya creación demandaría años de negociar tratados, cumbres con comunicados y fotos de familia frente a hoteles de lujo.
Hace ocho siglos, varias ciudades independientes de los mares Báltico y del Norte se vincularon a través de la Liga Hanseática para compartir información y poner freno a la piratería. Ningún emperador las obligó a hacerlo; fueron los intereses comunes los que las unieron. Las democracias asiáticas necesitan reeditar el modelo en el siglo XXI; no para proteger a buques mercantes contra piratas, sino para proteger a las sociedades libres contra el chantaje y la invasión.
China ha construido una isla artificial tras otra. Taiwán y sus socios democráticos pueden usar una estrategia similar para crear poder de disuasión: hoy una plataforma de software, mañana un acuerdo de colaboración en inteligencia, después una alianza para investigación.
Irán ha sido un examen de práctica para el ejército estadounidense, y el gobierno chino ha estado tomando apuntes de todo lo que hace Trump. Taiwán no debe esperar el examen final: debe reescribir el plan de estudios.
