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Vladímir Putin, ¿zar de Rusia hasta los 84 años?

Veinte años después de su acceso al poder y de implantar un régimen de mano dura y alardes militares, el exagente del KGB se asegura los mecanismos legales para perpetuarse en el puesto

El presidente Vladímir Putin, al frente de Rusia desde agosto de 1999, podría mantenerse en el poder otros 16 años si su salud se lo permite. Mucho se había hablado hasta ahora sobre qué pasaría en 2024, cuando termina su actual mandato, y quién le sucedería, ya que la Constitución rusa de 1993 no le autorizaba a Putin presentarse a las próximas presidenciales.

Sin embargo, tras las enmiendas constitucionales refrendadas en la votación popular de hace unos días, que obtuvieron un 77,92% de apoyo, sí podrá presentar su candidatura a los comicios de 2024 y a los de 2030. De esta manera y, en el caso de que se mantenga en forma y siga controlando el mecanismo para vencer en las urnas, podrá continuar en el Kremlin hasta 2036, cuando cumpliría 84 años.

Bien es cierto, como denuncia la oposición, que el plebiscito del otro día no fue limpio, pero también lo es que, de existir en Rusia una masa verdaderamente crítica hacia Putin, dispuesta realmente a librarse de él, lo conseguiría de una u otra forma. Así las cosas, a día de hoy, se puede decir que los rusos han optado por darle poderes vitalicios para continuar al timón.

Gerontocracia al frente

Como sucediera en la época soviética, al final de la década de los 70 y hasta 1985, cuando llegó al Kremlin Mijaíl Gorbachov, parece que Rusia acabará pronto dirigida por una gerontocracia totalitaria como la encarnada por el Politburó durante los mandatos de Leonid Brézhnev, Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko.

Y es paradójico porque Putin fue promovido a la jefatura del poder por los oligarcas del entorno de su predecesor, Borís Yeltsin, para modernizar el país, para hacerlo más competitivo y pujante, no para reproducir las arcaicas dinámicas que se mostraron ineficaces en la Unión Soviética.

Es verdad, no obstante, que los magnates de Yeltsin también querían un «líder fuerte». La calamitosa década de los 90 con sus estela de delincuencia y corrupción, la guerra en Chechenia y la quiebra de las arcas estatales en 1998 dejaron en el imaginario colectivo la idea de que hacía falta alguien con mano dura para acabar con el desbarajuste. Pero, de las dos cualidades que entonces se exigían al que debería ser el nuevo presidente, talante modernizador combinado con determinación, ha sido precisamente la faceta autoritaria la que ha predominado en Putin.

Carrera en los servicios secretos

Nació el 7 de octubre de 1952 en Leningrado (actual San Petersburgo). Se licenció en Derecho en 1975 e ingresó más tarde en los servicios secretos soviéticos, el KGB, en donde aprendió alemán. Fue enviado a la Alemania del Este (RDA) en 1985 con la misión de espiar y reclutar agentes. Llegó a alcanzar el grado de coronel.

En la primavera de 1990 regresó a Leningrado, en donde el alcalde, Anatoli Sobchak, un liberal al que conoció en la Facultad de Derecho, le nombró su consejero. En aquella época, Putin trabó amistad con otro gran liberal ruso, Anatoli Chubáis, denostado por la injusta privatización que hizo de la propiedad estatal tras la desintegración de la Unión Soviética. Chubáis fue el puente para que, en 1996, Yeltsin invitara a Putin a trabajar en la Administración del Kremlin. Entró así en el Sancta Sanctorum del poder en Rusia. Y medró rápido porque, en el verano de 1998 ya era director del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB).

Justo un año después, el 9 de agosto de 1999, Yeltsin, embarcado en un proceso de búsqueda de sucesor, nombró primer ministro a este antiguo coronel de los servicios secretos. Recibió la misión de acabar de una vez por todas con los secesionistas chechenos y de poner orden en el resto del país. Por supuesto, sin vulnerar los intereses y la propiedad de los grandes magnates. Pese a que había ocupado cargos importantes, era un desconocido para la mayor parte de los rusos. A algunos incluso les parecía un hombre gris sin ningún carisma.

Pero su primera gran frase lapidaria le catapultó a los niveles más altos de popularidad. En referencia a los insurgentes chechenos, Putin dijo: «nos cargaremos a los terroristas incluso en el retrete». La cúpula del poder debió entender entonces que habían encontrado al hombre adecuado para dirigir Rusia. El 31 de diciembre de 1999 Yeltsin dimitió y entregó interinamente el poder a su delfín. En las elecciones de marzo de 2000 se convirtió en el presidente ruso del nuevo milenio.

Popularidad

La enorme solemnidad con la que tomó posesión, el 7 de mayo de 2000, hace 20 años, da idea del papel, equivalente al de los emperadores de la dinastía Románov, que Putin se asignaba en la nueva etapa. Fue reelegido en 2004 y, a partir de 2008, ocupó el puesto de jefe del Gobierno mientras dejó el trono en manos de Dmitri Medvédev. Volvió al Kremlin en 2012 y, en 2018 venció de nuevo en las presidenciales.

En sus 20 años como presidente, Putin ha desmontado todo el entramado democrático que puso en marcha su predecesor, muchos de sus adversarios políticos han acabado en la cárcel o asesinados y las relaciones con el exterior han ido de mal en peor. No sólo hay tensión entre Rusia y Occidente, también se da con varios de sus vecinos, incluida Bielorrusia, la aliada más fiel hasta hace poco.

Con el actual presidente al frente, Rusia ha batallado con Chechenia, Georgia y Ucrania. Ahora lo hace también en Siria y Libia. Además envía militares y mercenarios a Venezuela, Sudán y la República Centroafricana. La guerra fue siempre, según opinaba el asesinado opositor Borís Nemtsov, la tarjeta de visita del régimen de Putin. La última vez que fue reelegido, en marzo de 2018, obtuvo el 77,60% de los sufragios, su mejor resultado hasta ese momento. En el reciente plebiscito constitucional consiguió el 77,92%.

 

 

 

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