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Wolfgang Gil Lugo – Jürgen Habermas: ¿podríamos conversar en lugar de golpearnos?

Philosophica: Enciclopedia filosófica on line — Voz: Jürgen Habermas

 

NOTA PUBLICADA EN EL «PAPEL LITERARIO» (El Nacional) – EL DOMINGO 2 DE AGOSTO DE 2026

 

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En el siglo XX, las ideologías irracionalistas estuvieron a la base de guerras y tragedias. Con sangre, sudor y lágrimas pudieron ser derrotadas. Para consolidar la reconstrucción de las democracias, se necesitó la participación de pensadores que no cayeran en la tentación del abismo. Entre ellos destaca la figura de Jürgen Habermas (Düsseldorf, 18 de junio de 1929 – Starnberg, 14 de marzo de 2026), autor de La teoría de la acción comunicativa, escrita en 1981, la cual representa un intento de estructurar la comunicación interpersonal como requisito indispensable para rescatar el espacio público de las sociedades abiertas.

Para comprender la originalidad de Habermas frente a los profetas del desastre de la Escuela de Frankfurt y los decoradores de laberintos del posmodernismo, debemos mirar a través de la lente de Alfred North Whitehead y su principio de persuasión contra la fuerza, es decir, del diálogo contra la violencia. Dicho principio nos servirá para establecer la importancia histórica de la filosofía de Habermas, así como sus limitaciones. 

En su extraordinario libro Aventuras de las ideas, de 1933, Whitehead sostiene que la creación del mundo es la victoria de la persuasión sobre la fuerza y que la civilización es el mantenimiento del orden social por su propia persuasividad inherente. 

Habermas parece coincidir con esa idea cuando establece que el lenguaje mismo tiene un telos de entendimiento mutuo; pues cuando abrimos la boca para decir «pásame la sal», estamos firmando implícitamente un tratado de paz intergaláctico. Aunque lo dice de una manera tan formalista que nos lleva a pensar que, si hablamos lo suficiente y bajo las condiciones adecuadas de ilustración y equidad, eventualmente descubriremos que todos estamos de acuerdo, o al menos que no tenemos ninguna razón silogística para no estarlo.

La filosofía continental contra el diálogo 

La filosofía continental oscila entre dos formas de sospecha contra la racionalidad: el pesimismo melancólico de la Escuela de Frankfurt y el escepticismo fragmentario de los posmodernos. Aunque ambos coinciden en que la modernidad ha fracasado en sus promesas de liberación, sus razones para desconfiar del diálogo y la persuasión son distintas.

Frankfurtianos y posmodernos están de acuerdo en decretar el naufragio de la Ilustración. Ambos grupos comparten en una sentencia demoledora: la modernidad no nos hizo más libres, sino más controlables.

Ambos convienen también en dos concepciones. Primero, el rechazo a la universalidad: desconfían por igual de cualquier verdad general. Adorno ve en lo universal el rostro del totalitarismo. Por su parte, Lyotard ve en ello el fin de la libertad de los «juegos de lenguaje».

En segundo lugar, acusan a la modernidad como forma de dominio. Tanto para la Dialéctica de la Ilustración como para la Microfísica del poder, el progreso tecnológico es, en realidad, un refinamiento de los métodos de control. La «persuasión» se ha vuelto propaganda o técnica publicitaria.

En resumen, para ellos, el «principio de persuasión» de Whitehead no es una meta alcanzada, sino un ideal que ha sido secuestrado por la fuerza del sistema o por los mecanismos del poder.

Donde frankfurtianos y posmodernos se separan es en la naturaleza de la «fuerza». Para Adorno y Horkheimer lo que ocurrió puede ser calificado de traición.  Para ellos, el diálogo fue una vez posible, en el ideal burgués temprano. Lo que sucedió es que la historia le fue infiel. El diálogo actual es una farsa porque los sujetos ya no tienen autonomía. Solamente son piezas de una maquinaria. La fuerza es el sistema que todo lo devora.

Mientras que para Foucault y Lyotard la causa de la pérdida del diálogo se debe a la gramática. Para ellos, nunca hubo un diálogo «puro». La “fuerza” no está solo en el Estado o el Capital, sino en la estructura misma del lenguaje. Foucault diría que cuando intentas «persuadir» a alguien, en realidad estás tratando de imponerle un régimen de verdad. Lyotard añadiría que el «diálogo» es una trampa: si un obrero intenta hablar con un patrón en el lenguaje del patrón, ya ha perdido el juicio antes de empezar.

Desde la perspectiva de Whitehead, podríamos decir que, para los frankfurtianos, el principio de persuasión es una víctima. Ha sido asesinado por la fuerza de la racionalidad instrumental. Mientras que, para los posmodernos, el principio de persuasión es un disfraz. Es la máscara que usa la fuerza para que nos sometamos voluntariamente a las normas del biopoder.

Habermas al rescate del diálogo 

A diferencia de sus antecesores frankfurtianos, Habermas rescata al espacio público como el lugar donde deben resolverse los problemas políticos. En otras palabras, sus maestros, Adorno y Horkheimer, eran como esos invitados a una fiesta que se pasan la noche entera explicando que el champán está envenenado por el sistema y que la risa de la anfitriona es, en realidad, un eco del fascismo industrial. 

En su Dialéctica de la Ilustración, Adorno y Horkheimer llegaron a la conclusión de que la razón es simplemente un garrote más sofisticado, es decir, un instrumento de «fuerza» disfrazado de lógica. 

La originalidad de Habermas reside en que él, siendo el heredero de este pesimismo, decidió ser el único hombre en Frankfurt que todavía cree en el mañana. Mientras Adorno se hundía en un silencio estético, Habermas proclamó que la Ilustración es un «proyecto inacabado». 

El gran descubrimiento de Habermas —tan obvio que solo un genio o un niño podrían verlo— es que la razón no solo sirve para dominar cosas (razón instrumental), sino también para entender a las personas (razón comunicativa). 

En la otra esquina del cuadrilátero intelectual encontramos a los posmodernistas, como Lyotard o Foucault, quienes ven el mundo como un conjunto de «juegos de lenguaje» donde no hay reglas universales, sino solo pequeñas escaramuzas de poder. Para ellos, la búsqueda de un «consenso» universal de Habermas es una forma de «terror» intelectual que busca silenciar al excéntrico. 

El posmodernista es el hombre que, al notar que la gente discute en la mesa, propone que cada uno hable en un idioma distinto para que nadie se sienta discriminado por la gramática de los demás.

Habermas responde con una firmeza que roza la terquedad del santo: si no hay posibilidad de un consenso basado en el «mejor argumento», entonces la persuasión muere y solo nos queda la fuerza bruta. Habermas acusa a los posmodernos de «contradicción performativa»: critican la razón usando la razón, como alguien que diga “no estoy hablando”. Su originalidad aquí es defender la «fuerza no coactiva del mejor argumento» como la única alternativa a la porra del policía o al algoritmo del mercado. 

El secreto del éxito de Habermas

Para comprender cómo Jürgen Habermas logró posicionar la «acción comunicativa» en un siglo que parecía preferir el lenguaje de las trincheras, debemos imaginarlo no como un soñador, sino como un arquitecto de la supervivencia. Su éxito no radica en que su teoría sea «verdadera» en un sentido extático, sino en que es necesaria en un sentido clínico.

Podemos enumerar las tres razones fundamentales por las cuales Habermas convenció a Europa de que todavía podemos salvarnos hablando:

En primer lugar, el trauma histórico como fundamento. Habermas es, ante todo, un hijo de 1945. A diferencia de sus maestros de Frankfurt, que vieron el ascenso del nazismo como el fin de la razón, él vio su caída como la oportunidad de una razón humilde.

Habermas comprendió que cuando la «fuerza» llega a su cenit, el resultado es la nada. Para un alemán de la posguerra, la «persuasión» no era una opción romántica, era el único material que quedaba para reconstruir el suelo.

Habermas logró convencer a Europa porque ofreció una salida al pesimismo de Adorno. Si la razón instrumental nos llevó a Auschwitz, Habermas propuso que el problema no era la razón, sino que la estábamos usando solo para «cosas» y no para «personas».

En segundo lugar, la prioridad el pensar compartido. La gran genialidad técnica de Habermas fue sacar la razón de la cabeza del individuo (donde suele volverse loca o solitaria) y ponerla en el espacio entre dos personas, tal como había hecho Sócrates en la antigüedad.

Habermas argumenta que el lenguaje no es una herramienta que inventamos para engañar, sino que el lenguaje mismo tiene una «ética oculta». Siempre presupone que el otro es un interlocutor válido.

Convenció a muchos porque secularizó la esperanza. No necesitamos a Dios o a una Metafísica grandiosa; solo necesitamos reconocer que, si queremos ser entendidos, debemos someter nuestra voluntad a la lógica del argumento. Es una especie de caballerosidad intelectual elevada a rango de ley constitucional.

En tercer lugar, la burocracia como sustituto de la tragedia. Habermas es el hombre que intenta salvar la Navidad mediante una comisión de festejos. Podemos sospechar que ahí reside su extraño atractivo: Habermas es aburrido a propósito.

Mientras los frankfurtianos pedían «resistencias heroicas» y los posmodernos pedían «caos creativo», Habermas pidió procedimientos. Europa, cansada de héroes y de caos, compró la idea de que la paz es una serie de reuniones de comité interminables.

El proyecto europeo es habermasiano hasta la médula: es la creencia de que podemos sustituir la guerra por la negociación infinita. Logró convencer al continente porque propuso que la «fuerza» de los cañones podía ser reemplazada por la «fuerza» de las actas y los tratados.

En última instancia, Habermas nos hizo creer que la búsqueda del consenso es una obligación técnica del lenguaje, cuando en realidad es un acto de fe.

Su «fuerza no coactiva del mejor argumento» es una versión secular del principio de persuasión de Whitehead. Habermas sabe que, si dejamos de creer en la posibilidad de entendernos, solo nos queda la fuerza bruta. Por lo tanto, nos convenció no porque su argumento fuera irrefutable, sino porque la alternativa es el silencio o el grito.

Habermas es el hombre que, al notar que todos en la mesa tienen un cuchillo bajo el mantel, propone un brindis por las reglas de etiqueta. Por eso, Europa, que aún tiene cicatrices de los últimos cortes, decidió que es mejor aprender a usar el tenedor que volver a usar el cuchillo.

Whitehead: más allá de la acción comunicativa 

Para Habermas, cualquier uso del lenguaje que no busque el acuerdo libre de coacción es «parasitario» del lenguaje genuino. Es una visión noble, casi mística, si no fuera porque Habermas intenta fundamentarla en una «pragmática universal» que suena más a manual de instrucciones que a una invitación al asombro. 

A primera vista, la coincidencia entre Habermas y Whitehead es absoluta. Los dos exaltan el diálogo y el respeto mutuo entre los interlocutores. De todas maneras, existe una diferencia. Por su parte, la persuasión de Whitehead es una «lure» —un señuelo o una invitación de Dios, el poeta del mundo—, mientras que la persuasión de Habermas es una obligación lógica. 

Whitehead ve la persuasión como algo que emana de la belleza y la novedad; Habermas la ve como algo que emana de la validez de las pretensiones de verdad, rectitud y sinceridad.

La paradoja habermasiana reside en que su «fuerza no coactiva» termina siendo una forma de fuerza intelectual. Habermas quiere que nos convenzamos por la lógica, pero la lógica puede ser la herramienta de un loco tanto como la de un sabio. 

Whitehead advertía que, sin aventura, la civilización está en plena decadencia. Habermas, en su afán por asegurar la «limpieza» de la discusión democrática, corre el riesgo de crear un sistema tan aséptico que el hombre común se sienta como un microbio bajo el microscopio de un sociólogo, privado de esa calidez de la discusión esencial para la hospitalidad humana. 

Octavio Paz afirmó: “El diálogo es más que un acuerdo: es un acorde”. Si para Habermas el diálogo se estructura sobre la búsqueda de un acuerdo racional, Whitehead aspiraba a elevarlo a la categoría de acorde. En esta época de erosión democrática, marcada por ideologías populistas, amalgamas de odio y posverdad, la convergencia entre el rigor procedimental de Habermas y la apertura aventurera de Whitehead podría erigir el dique dialógico necesario contra la marea irracionalista.

 

 

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