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Fernando Savater: El reino del mar

«Yo iba con mi abuelo Antonio a ver esa descarga de frutos marinos que me fascinaba y así se nos iban casi sin notar las horas de la tarde»

El reino del mar

Ilustración generada con la IA.

 

Cuando yo era niño el puerto de San Sebastián era un refugio pesquero. De allí salían las vaporas que se encaminaban hacia los bancos de peces y allí volvían horas o incluso días después llenas de atunes que descargaban en los muelles, relucientes como plata húmeda. Algunos coleaban todavía, protestando débilmente por el rapto fatal que padecían. Yo iba con mi abuelo Antonio a ver esa descarga de frutos marinos que me fascinaba y así se nos iban casi sin notar las horas de la tarde. Miraba cómo boqueaban los grandes peces como si intentasen traernos noticias del fondo marino que acababan de abandonar, clavando sus ojos redondos y negros en ese otro mar inalcanzable, el cielo. Me hubiera gustado hablar con ellos, preguntarles cosas de su vida acuática, nadar en su compañía hacia las profundidades que habitaban y que yo me imaginaba por lo que contaba el comandante Cousteau en «El mundo del silencio».

En el puerto había también otros personajes que nos entretenían mientras esperábamos la llegada de los barcos cargados de pesca. Eran chicos, casi niños (ninguno tendría más de 12 o 13 años, o al menos así los recuerdo), de cuerpos delgados y fibrosos, que interpelaban a los paseantes con insistencia. «¡Perrita al agua, caballero! ¡Perrita al agua!» Esperaban que se les arrojase una moneda pequeña a las aguas aceitosas en las que flotaban restos de pescados o frutas. Entonces se arrojaban desde el muelle, lo que significaba un salto de varios metros de altura, y buceaban nerviosamente antes de que se perdiera en las negras profundidades. Sonriendo con su alegría adolescente la mostraban luego con la mano en alto o a veces entre los dientes. A mí me entusiasmaba esa hazaña y le pedía a mi abuelo una peseta para tirársela; él, la bondad personificada y que además me adoraba, fingía resistirse: «Luego no tendrás para patatas fritas ni tebeos». No importa, no importa, renuncio a las demás chucherías, solo quiero verles bucear. Les arrojaba la moneda sin acercarme demasiado al borde del muelle porque me daba miedo caerme y varios se sumergían en su busca, como anfibios entusiastas. ¡Qué triunfo si salían con la mano en alto, qué desilusión si no la alcanzaban! Otra, otra, por favor… «¡Perrita al agua, caballero, perrita al agua…!».

Ahora está terminantemente prohibido bañarse en el puerto, bajo multas muy altas. Es una medida lógica y prudente, dado el tráfico de embarcaciones de motor que entran y salen, aunque ya no son pesqueros, sino barcos de recreo. Todavía, sin embargo, hay algunos chavales que intentan darse un chapuzón clandestino, pretextando que no hay otra «piscina» para ellos. Pero los mayores recordamos aquellos buceadores de antaño y las circunstancias de su deporte de riesgo. A mí hoy me vuelven a la memoria cuando veo a todos esos miles de jóvenes marroquíes que invaden Ceuta. Entiéndanme bien, no siento la menor simpatía por el sátrapa del país vecino que tanta habilidad demuestra para manipular a España y aprovecharse de las debilidades de nuestra ridícula política exterior. Pero, en cambio, esos muchachos morenos que gritan y ríen, quizá convencidos de que hay para ellos algún futuro en esa España tomada al asalto, me suscitan afecto. ¿Qué culpa tienen ellos de haber nacido en una tierra sometida a un régimen semifeudal, donde no van a encontrar oportunidades de ciudadanía, sino de servidumbre? En ese juego tumultuoso que poco tiene que ver con la inmigración, ya más de sesenta han perdido la vida. Habrá que sumarlos a los miles que perecen en esos cruceros de la muerte que son las pateras sobrecargadas que intentan llegar al ilusorio reino de la fortuna. El mar ofrece y castiga a quienes sucumben a la esperanza, que tantos crueles manipuladores tiene. ¡Qué pocas promesas se cumplen a esa juventud de las que tantos se aprovechan! El mar ofrece su camino, pero también devora a muchos de los que se atreven a seguirlo.

En el puerto donostiarra deambulan ahora muchos veraneantes, pero ya no se apilan los atunes recién pescados. Está prohibido perseguir monedas que arrojen abuelos y nietos de buena voluntad y, desde luego, nadie tira a los bañistas tarjetas de crédito…

 

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