Le Point / Editorial: América Latina, el veneno Maduro


Venezuela, exangüe, se hunde en la dictadura y el caos, contaminando a los países vecinos.

 

Rehén de la locura de Nicolás Maduro, Venezuela prosigue su descenso hacia los infiernos. La elección presidencial del 20 de mayo se resume en la crónica de la victoria anunciada de Nicolás Maduro, reelegido hasta 2025 con 68 % de los votos. Pero los venezolanos votaron con los pies: de 20 millones de inscritos solamente 8,6 millones de ellos se expresaron, aunque la participación en el escrutinio diera derecho a un bono de compra de 1,5 millones de bolívares distribuido en las tiendas rojas instaladas por el PSUV en las proximidades de los centros de votación. Este escrutinio sesgado no puede más que acelerar el derrumbe de un régimen cuyo último recurso, como en los comienzos de la Unión Soviética o en Corea del Norte, es, en el interior, la instrumentalización de la hambruna como medio de control de la población y, en el exterior, la amenaza de exportar la violencia a todo el subcontinente.

La situación de Venezuela desafía al entendimiento. Venezuela estaba en los años 1950 entre los países más ricos del mundo por efecto de sus formidables recursos naturales: las primeras reservas de petróleo delante de Arabia Saudita (300 millardos de barriles contra 270), pero también inmensas yacimientos de gas, oro o metales raros. El país figura hoy entre los más pobres. La actividad ha caído en 45% en tres años. La producción de petróleo ha disminuido en más de la mitad, pasando de 3,2 a 1,5 millones de barriles al día. El ritmo de la inflación debería alcanzar, según el FMI, 13.864% en 2018, luego de 2.616% en 2017. En el plano financiero, Venezuela entró en cesación de pagos de una deuda externa abismal de 150 millardos de dólares, generando la multiplicación de embargos por parte de sus acreedores. En el plano social, 85% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, sufriendo de hambre, de ausencia de productos de primera necesidad, del derrumbe de la sanidad pública por efecto de la miseria de los hospitales, 80% de los cuales no dispone ya de agua corriente: la tasa de mortalidad infantil ha explosionado hasta equipararse a la de Paquistán, mientras la tuberculosis y el paludismos causan estragos en estado de pandemia. La sociedad está èntregada a la anomia y la violencia, ocasionando un rápido aumento de la criminalidad.

La quiebra de Venezuela es el producto puro de la revolución bolivariana imaginada por Hugo Chávez. Fundada en el ultranacionalismo y el socialismo, ésta ha acumulado las nacionalizaciones y las expropiaciones de empresas privadas, la confiscación de todas las riquezas por el Estado para financiar a las misiones sociales y el apoyo de los países hostiles a los Estados Unidos, la regimentación de la sociedad, la supresión de las libertades y la represión de cualquier forma de oposición, la institucionalización de la guerra civil.

El derrumbe de Venezuela desemboca hoy en una crisis humana inédita en América Latina. Más de 4 millones de venezolanos se han exilado de una población de 32 millones de habitantes, huyendo hacia Colombia y Brasil, así como hacia Perú, Chile y Argentina, países que tratan ya de frenar su afluencia, que se acelera con más de 5.000 personas cada día. La crisis no es ya solamente venezolana, ella se vuelve latinoamericana. Y esto es así tanto más cuanto que numerosas elecciones decisivas, desde Brasil a México, pasando por Colombia, se realizan este año, marcadas por el empuje de candidatos populistas que no desaprovechan la oportunidad para jugar con el miedo de los refugiados. Ella interesa a los Estados Unidos, pero también a Europa: la Venezuela chavista, en efecto, ha servido de plataforma a Rusia para intervenir las redes sociales en favor del voto independentista durante el referendo catalán.

No cabe duda alguna de que el régimen de Maduro está condenado. Solamente son desconocidos el momento de su caída y el número de víctimas que ella provocará. Dado que cualquier intervención extranjera está excluida, la solución no puede venir sino del interior: a falta de unidad y credibilidad de la oposición, ella tomará sin duda en un primer tiempo la forma de un golpe de Estado del ejército, que entrará en disidencia por motivo de su pauperización así como de la purga de varios de sus jefes y de figuras históricas del chavismo. Una primera tentativa fue frustrada in extremis en marzo por los consejeros cubanos que controlan los servicios de inteligencia.

Por lo tanto, la comunidad internacional no puede continuar estando inerte ante la tragedia de Venezuela y de los venezolanos. El régimen debe ser condenado, suspendido de todas las organizaciones internacionales, y las sanciones contra sus dirigentes deben ser reforzadas. Una ayuda de urgencia se impone en favor de los refugiados cuyo costo está estimado entre 2,8 y 5,2 millardos de dólares. Sobre todo, el período pos-Maduro debe ser activamente preparado. En el plano político, incitando a la oposición a unirse. En los planos económico y social, elaborando un proyecto de reconstrucción del país que necesitará un apoyo externo. En el plano internacional, constituyendo un grupo de países suramericanos y norteamericanos, pero también europeos, para acompañar el regreso de la democracia. Es vital no dejar que la descomposición de Venezuela envenene a América Latina, que había ligeramente conjurado la maldición de las dictaduras militares y se encuentra de nuevo amenazada por los demonios populistas. Como lo señala Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura en 2010: “La libertad no es una noción formal que hay que moderar en función de imperativos revolucionarios.” La dictadura sigue siendo, en el siglo XXI como en el siglo XX, el estadio supremo del socialismo.

 

Nicolás Baverez (Lyon, 1961). Estudió en la Ecole Normale Supérieure (Promoción de las Letras de 1980) y de la Escuela Nacional de Administración (promoción Michel de Montaigne, 1988). Se graduó en el Instituto de Estudios Políticos en París en 1982, una DEA en historia en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne en 1983. Es doctor en historia con una tesis sobre el desempleo y los desempleados en la década de 1930. Profesor Asociado de ciencias sociales en la École nationale d’administration desde 1986

Es editorialista del diario Le Figaro y del semanario Le Point. Colaborador de Les Echos y escribió para Le Monde. Es miembro del Comité Ejecutivo de la revista Comment, del comité de patrocinio internacional de la revista Politique politique y del comité editorial de la revista Géoéconomie. Participante habitual en las conferencias de Bilderberg desde 2007, pertenece al comité directivo de este grupo. También es Tesorero de la Sociedad de Amigos de Raymond Aron.

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Traducción libérrima de Max Hernández