Socialcristiano sigue buscando Partido


“Escribiré mi informe como si contara una historia, porque de niño me enseñaron que la verdad nace de la imaginación.”

“La Mano Izquierda de la Oscuridad” – Ursula K. Le Guin

Recientemente se han hecho señalamientos acerca de las razones por las cuales COPEI, el instrumento partidista socialcristiano de Venezuela, cayó en el estado de decadencia en el cual se encuentra. He decidido revisar un artículo que había escrito hace años sobre el tema (“Socialcristiano busca Partido”), y que presento de nuevo en estas líneas.

Lo primero a constatar es que COPEI sigue viviendo un proceso más de resistencia que de existencia. ¿Quién hubiera pensado que la opción socialcristiana criolla se asemejaría a un país donde el futuro llegó y se fue, como alguna nación africana de las descritas por V.S. Naipaul? Nos recuerda Daniel Innerarity que toda forma de cultura realiza el tránsito desde lo rudimentario a lo sofisticado; en COPEI, desde hace tiempo, está sucediendo al revés.

La legitimidad de COPEI, como partido DC, derivaba en primer lugar de ser una comunidad de ideas, un proyecto cultural-político. A ella se unían otras legitimidades, quizá no jurídico-formales, pero necesarias: la capacidad de dar respuesta racional y programática a los problemas nacionales; la presencia cualitativa en el mundo de la cultura y de la ciencia; la posibilidad de engranaje permanente con las redes sociales y cuerpos intermedios. Un instrumento civilizador, no una mera maquinaria electoral.

El debate sobre qué causó la decadencia y la división partidista está vigente. Y no parece ser muy importante para muchos de sus dolientes y responsables. Sigue siendo común en las explicaciones que se dan, el buscar soslayar la responsabilidad propia, endilgando sambenitos a pasados rivales internos, confundiendo causas con consecuencias. ¿Qué habrían pensado los fundadores, por ejemplo, ante la desgracia de unos liderazgos que, incapaces de lograr la necesaria unidad, no dudaron en poner el destino del partido en manos de los verdugos del tribunal mayor chavista? Si alguien tiene razones para ir a algún juzgado es la militancia, para demandar a las sucesivas directivas partidistas por mala praxis.

LAS RAZONES DEL DESGASTE

COPEI dejó de ser un proyecto cultural-político para convertirse en una suma de proyectos individuales. Ello no pasó durante el chavismo. Comenzó a gestarse hace ya muchas décadas, cuando, para citar un caso notable, luego del rico debate de los grupos ideológicos en la juventud (“Araguatos, Astronautas, Avanzados”), se impuso en el partido la razón pragmática de que para militar era aconsejable cobijarse bajo la sombra de proyectos de poder con nombre y apellido. Proyectos mayormente vacíos de contenidos ideológicos diferenciadores. (El copeyano que no haya militado en una tendencia con nombre o apellido que alce el brazo, por favor). El pensamiento y el debate de ideas fueron congelados, abriendo paso a una dirigencia nacional a menudo centrada en la ambición personal. La convivencia dio paso a una mera coexistencia, y no cristianamente pacífica, por cierto.

La fortaleza en los cuerpos intermedios, que se expresó por años mediante una presencia importante en lo cuantitativo y cualitativo en el mundo gremial, sindical y estudiantil es hoy extrañada. Dicha pérdida de influencia coincidió con una supuesta profesionalización del aparato, y esto comenzó también hace décadas. Surgió entonces una casta partidista alejada de toda noción valorativa (“Mounier y Maritain no dan votos, poeta”.) De tener dirigentes gremiales y sociales, de enorgullecernos de poseer cuadros con mística, pasamos a sufrir una burocracia partidista, expresión concreta donde las haya de la clientelización del partido. La victoria de Cujicito –poderosa sede de Organización- sobre la Casa Nacional fue la derrota de todos. Se dio un hecho paradójico: mientras más se favorecía el concepto de maquinaria electoral, más influencia perdió el partido en la vida nacional –y menos votos sacó-.

La formación de cuadros y la discusión programática fueron abandonadas. Esfuerzos meritorios, como el “Congreso Ideológico para la Democracia Nueva” fueron puestos a un lado por esa burocracia carente de apegos doctrinarios y con pensamiento inmóvil. Y esa burocracia se impuso progresivamente bajo la mirada esquiva o indolente de la dirigencia fundamental del partido.

La capacidad de atraer voluntades que compartiendo la esencia del proyecto cultural-político ejercían su opción política de forma independiente era algo que había caracterizado a COPEI desde sus inicios –Arístides Calvani queda como ejemplo emblemático-. Como dijera el célebre cuervo de Poe, nevermore.

Merece mención especial la pérdida de presencia en el mundo juvenil. La JRC fue caudal generador y reclutador de cuadros como ningún otro sector interno. Su decadencia comienza cuando las convenciones juveniles entran a formar parte de la lógica numérica de los jefes que se disputaban el poder partidista. Y ello ocurrió incluso antes de la victoria de Luis Herrera en 1978. De jóvenes dirigentes, formados y con presencia en el mundo estudiantil, se pasó a promover jóvenes leales con el “ismo” respectivo, delegados a las convenciones nacionales partidistas. Con el tiempo, en cada nuevo grupo dirigencial se volvieron costumbre el pragmatismo y la creciente dependencia frente a los liderazgos partidistas de turno, y su voz no se alzó más para reclamar desvíos, o para defender ideas, sino sólo para exigir prebendas.

Para colmo, las más recientes reformas estatutarias del partido fueron muy discutibles a la luz de los resultados. Partiendo de una noción errónea de la participación, y sin asumir los síntomas crecientes de caudillismo, de clientelismo y de pragmatización que ya se hacían costumbre en el ambiente, se le cedió el partido a una masa dirigente fundamentalmente individualista, sin espíritu comunitario.

LAS CONSECUENCIAS DE LA DECADENCIA

Al verse un partido político disminuido en sus funciones de reclutamiento, de movilización, de convocatoria, de formación, de debate, y perder por ende legitimación, disminuye asimismo su fuerza como instrumento generador de una determinada conciencia colectiva. Del mismo modo, su presencia en el escenario público, con propuestas, ideas u opciones de políticas públicas se desvanece, actuándose casi siempre de manera reactiva.

Por supuesto, como sucede en toda organización compleja, la democracia cristiana sigue manteniendo liderazgos individuales –militantes o no de COPEI- que todavía siguen siendo reconocidos por la opinión pública en la lucha contra el actual desorden con pretensiones totalitarias. Pero el hecho es que la institución partidaria, cada vez más encerrada en sí misma, desarrolló su crisis –al igual que otros partidos- en momentos en que Venezuela necesitaba una democracia cristiana capaz de liderar, junto al resto de la institucionalidad democrática, una lucha como la que estamos enfrentando.

Para colmo, la memoria de los fundadores se ha manipulado maniqueamente. Ejemplo notorio: un lunes Rafael Caldera es alabado como el gran fundador de la democracia cristiana, líder nacional y continental. Pero luego el viernes se afirma que es un traidor al partido, que gracias a él, y sus ambiciones presidenciales, se dividió COPEI. Al parecer, hay quienes quieren convertir a Caldera en el Bolívar copeyano. Sirve para todo, puede explicarlo todo. O quizá, como nos dice Ursula K. Le Guin, la verdad es mero asunto de imaginación.

¿Es el cuerpo copeyano de hoy un todo en cuanto a esfuerzos desinteresados, a liderazgos que predican no solo de palabra sino también con sus obras, o solo pueden recogerse entre los escombros algunos esfuerzos individuales, y por ello, aislados?

Un amigo irónico, al leer sobre las hostilidades internas de hace pocos años, con posiciones irreconciliables, me dijo: “claro, es que las diferencias ideológicas son muy grandes.”

Lo cual lleva a una pregunta fundamental: ¿dónde están las ideas? En un partido de ideas se da con naturalidad la aplicación del pensamiento a la vida, y la noción de que los principios deben guiar las acciones. COPEI, hoy una estructura anti-intelectual, no puede seguir reclamando para sí el título de partido democristiano si no cultiva el debate de ideas. Lo que abunda es retórica de ligas menores, discursos que no buscan convencer sino legitimar la dominación de liderazgos que sólo destacan para perfeccionar la anarquía y la confrontación interna, con intereses fragmentados ante una militancia a la que se hace sentir más que útil, utilizable. Se ha llegado a decir que COPEI hoy es una franquicia, en la cual los precios al parecer son más importantes que los valores. Una franquicia con unos supuestos líderes que sufren la “patología de la despertenencia” (Marcel Gauchet): el individuo que no cree deberle nada al colectivo pero que exige todo de él.

El liderazgo político que se necesita no puede basarse exclusivamente en el argumento biológico, sino ir más allá, y ofrecer una nueva cosecha de ideas y propuestas de país, practicando una Política con mayúscula, mostrando con sus acciones que la institución es más importante que las aspiraciones de cada quien y que la tiranía de la división. Un liderazgo que supere la actualmente farisea cotidianidad, la ingobernabilidad organizada y que justifique su existencia en términos de bien común general. Con una nueva forma de liderar que convierta el conflicto en debate fructífero y dialógico, recree vínculos que no complicidades, y restablezca significaciones comunes.

Hannah Arendt, en un ensayo notable, titulado “La Responsabilidad Personal bajo una Dictadura”, nos recuerda que, en los asuntos humanos, si bien la responsabilidad puede ser de muchos, la culpa siempre es individual. Hubo, en la historia que provoca estas líneas, responsabilidades y culpas diversas, como hubo liderazgos variados en el ejercicio del poder, y en las decisiones que se tomaron o se dejaron de tomar. Por los resultados, podría legítimamente pensarse que COPEI fue una institución fuerte, con una particular visión cultural-política de lo que debía ser una Venezuela democrática y con raigambre y presencia popular, pero que al final pudieron más las luchas fratricidas que envenenaron la convivencia, y por ello el triunfo definitivo lo obtuvieron las ambiciones desmedidas de liderazgos que fallaron cuando más se necesitaba fortalecer la institución partidista y apuntalar la alicaída democracia. Algunos líderes se convirtieron en jefes de proyectos personales, e impusieron un lenguaje de tierra arrasada, de olvido y destrucción de los lazos fundacionales, de imposición de una lógica de hierro.

Al final, una pregunta que lamentablemente sigue manteniendo su vigencia es: ¿qué tiene que ver este COPEI disminuido, borroso, inquisidor de la pluralidad, con el COPEI de 1946, de 1958, de 1968, de 1978? En esto, como en otros temas, sigue habiendo, por desgracia, más olvido que recuerdo.