Aguirre, la ira de Dios: los delirios del conquistador
¿Qué pasa cuando el poder pierde contacto con la realidad? A partir de Aguirre, la ira de Dios, Wolfgang Gil lee la película de Herzog como una advertencia sobre la soberbia, el delirio político y la tentación de llamar “traición” a los hechos.

Si sospechamos que la Historia es un chiste contado por un verdugo, la gesta del tirano Aguirre se convierte en una contundente confirmación de que esa es la realidad.
Las crónicas nos cuentan que Lope de Aguirre, en 1560, se unió a la expedición de Pedro de Ursúa en busca de El Dorado. Durante el viaje por el Amazonas, Aguirre instigó el asesinato de los líderes y tomó el mando, autodenominándose «la ira de Dios». En 1561, envió una carta famosa a Felipe II declarándose en insurrección y cuestionando el dominio español, un acto inusitado para un conquistador de la época. En Venezuela, Aguirre sembró el terror en la isla de Margarita, asesinando a autoridades españolas y personas que consideraba sospechosas. Fue acorralado en la ciudad de Barquisimeto, donde sus propios hombres lo ejecutaron el 27 de octubre de 1561. Antes de morir, mató a su propia hija, Elvira, para evitar que fuera violada.
Inspirado en este personaje histórico, Werner Herzog, ese visionario cineasta alemán, nos entregó Aguirre, la ira de Dios en 1972, obra que toma lo esencial del personaje, pero lo transmuta en un poema surrealista sobre el abismo espiritual de la rebeldía metafísica.
Estéticamente, este filme es, a la vez, un desfile de modas cortesanas en el fango y un tratado sobre la megalomanía como método de navegación. La película arranca con una imagen que solo un loco o un genio —dos etiquetas que en Herzog son sinónimos— podría concebir: una fila de hombres con armaduras de acero y mujeres en sillas de mano descendiendo por los Andes hacia la selva, como si fueran a una fiesta de té y no a un suicidio colectivo.
El Aguirre de Kinski
Para este proyecto, Herzog se asoció con el actor Klaus Kinski, cuya personalidad es una mezcla volcánica de genio interpretativo, intensidad desbordada e inestabilidad emocional. Durante el rodaje, la relación tormentosa entre ambos hombres fue tan problemática que casi hace colapsar a la producción.
En su interpretación de Aguirre, el alma de Kinski es poseída por la furia y sus labios quedan cosidos a un rictus perturbador. Su arte histriónico nos golpea. Si Aguirre parece furioso, es porque probablemente Kinski estaba pensando en asesinar al equipo técnico. Esa textura de lo real dota a la película de una gravedad que el cine de estudio jamás podrá replicar.
La soberbia blasfema
Para comprender este filme, hay que echar mano de los conceptos del filósofo Eric Voegelin, expuestos en su obra La nueva ciencia de la política (1952). Visto desde su sistema categorial, la figura de Lope de Aguirre aparece como el caso clínico más estrafalario de la historia: el hombre que decidió que su voluntad era el mapa y que, si el Amazonas no coincidía con el papel, el río estaba cometiendo un error administrativo.
Cuando Aguirre se rebela contra el mando de Ursúa, no lo hace por justicia, sino porque tiene la ambición de usurpar el trono divino. En la filosofía de Voegelin, rebelarse contra el orden del ser significa un intento gnóstico e ideológico de negar la estructura esencial de la realidad —cosmos, Dios, hombre y sociedad— y reemplazarla por una «segunda realidad» construida por el individuo humano.
Esta revuelta es vista como una “pneumopatología”, es decir, una enfermedad espiritual. Se trata de una locura en la que el ser humano se niega a aceptar los límites de su condición humana y busca transformar el mundo mediante acciones políticas radicalmente violentas.
Voegelin nos dice que el orden del ser comienza por aceptar que somos criaturas finitas. Aguirre, sin embargo, trata a la geografía como si fuera una afrenta personal. Ante la inmensidad del Amazonas, no ve un límite natural, sino una insolencia del destino.
Cuando proclama: «Yo soy la Ira de Dios», no es una mera bravata. Está haciendo una declaración de estatus ontológico. Ha dejado de ser un súbdito para convertirse en una fuerza teológica vengadora. Ya no espera el juicio de Dios; él mismo es el juicio, lo cual es una forma muy eficiente de ahorrarse el trámite de la confesión.
El triunfo del absurdo
Existe otra escena que se convierte en memorable por su carácter alucinante. En un momento de absoluto delirio, los expedicionarios encuentran un barco español colgado entre las ramas, a metros del suelo. No hay explicaciones racionales, y eso es lo maravilloso. Representa el triunfo del absurdo sobre la lógica.
Desde una perspectiva voegeliana, el barco en el árbol es el símbolo del fracaso de la técnica humana cuando se desconecta del orden natural y trascendente. Representa el estancamiento de la voluntad de poder: el navío que debía surcar los mares del mundo está ahora atrapado en un elemento que no le pertenece, incapaz de moverse, convertido en un nido para pájaros y fantasmas. Aguirre mira el barco y no ve una advertencia sobre su propio destino, sino una confirmación de que todo es posible en su nuevo imperio, incluso que los barcos vuelen.
Aguirre ha cerrado su alma con llave y ha tirado la llave al río. Si los hechos contradicen su idea de imperio, los hechos deben ser ejecutados por traición. Es la lógica del sistema cerrado: una estructura perfecta donde no entra el aire, ni la verdad, ni el sentido común.
La deriva de la desolación
La escena final es un canto al vacío. Aguirre está solo en una balsa a la deriva, rodeado de cadáveres y cientos de monos saltarines. Sigue dando órdenes. Planea conquistar México. Ambiciona controlar el tiempo. Es el triunfo total de la voluntad de poder sobre la cordura. Aguirre ha ganado: ya no tiene leyes, ni Dios, ni Rey que lo limiten. El único problema de ser el dueño absoluto del universo es que, cuando has destruido el orden del ser, te quedas sin universo sobre el cual reinar.
Al eliminar la palabra y el diálogo —sustituyéndolos por el edicto y la ejecución—, Aguirre no solo se sale de la historia, sino que se sale de la humanidad. Su acto final es un espacio donde la comunicación ha muerto, y sin comunicación no hay «polis», solo hay un monólogo en el vacío.
Los monos son sus únicos súbditos posibles. Un hombre que ha rechazado la condición humana solo puede aspirar a gobernar a los animales, que al menos tienen la cortesía de no discutir sus edictos imperiales. En su desvarío, ha conquistado El Dorado, esa ciudad resplandeciente, hecha de oro puro, que tiene la curiosa propiedad de existir únicamente en los mapas de los mentirosos y en las pupilas de los psicópatas.
ENLACE A LA NOTA ORIGINAL, EN «EL CÉSPED VERDE»:
https://www.elcespedesverde.com/aguirre-la-ira-de-dios-los-delirios-del-conquistador