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Antonio Elorza / De ETA a ZP: delitos sin delincuente

«Para Sánchez, lo importante no es cometer o no un delito, sino hallar la fórmula para invalidar el procedimiento judicial que lleve a la condena de uno de los suyos»

De ETA a ZP: delitos sin delincuente

Ilustración de Alejandra Svriz

 

De mi primera infancia, recuerdo dos momentos de terror. Uno fue la experiencia del zezensusko, del toro de fuego en las fiestas patronales de Azkoitia, de donde nació mi aversión a este tipo de festejos. Otro llegó al asistir a una extraña película de la posguerra, basada en una obra de Jardiel Poncela: Los habitantes de la casa deshabitada. No estaba yo a los cinco años preparado para afrontar aquella versión castiza del absurdo, con personajes tales como el esqueleto viviente, el hombre sin cabeza o la cabeza sin hombre. Quedé horrorizado, sin dormir esa noche, a pesar de que mi padre intentó tranquilizarme, asegurándome que esos monstruos no existían y que nunca volvería a verlos. Solo me reconcilié con el género veinte años más tarde, gracias al Baile de los vampiros, de Polanski.

Otro absurdo, y no de cine, el de la crisis política generada por Pedro Sánchez, ha hecho fracasar la predicción paterna del imposible reencuentro con personajes similares. Gracias a la visita relámpago de Puigdemont a Barcelona, supe que existía el Hombre Invisible. Luego, por la singular peripecia del corrupto paladín de la anticorrupción, que cabe compaginar feminismo socialista y prostitución. A última hora, hemos tenido noticia de que el tesoro de Alí Babá puede ser descubierto, sin que deban existir ni los cuarenta ladrones, ni el ladrón. Todo pasa por culpa de eso que algunos llaman justicia y que, como el gobierno bien nos dice, es solo lawfare.

Pero el mayor absurdo, y el de más graves consecuencias políticas, es que ha consagrado ya la visión oficial de que en el tiempo de ETA ha tenido lugar un proceso trágico, con centenares de víctimas, merecedoras de toda atención, pero donde los responsables reales, no los simples ejecutores, han de quedar ocultos para la mirada pública. Fue al parecer un caso insólito de víctimas sin verdugos, de asesinados sin asesinos.

Nada mejor para entender tal paradoja que una visita al Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, o un simple repaso a sus actuaciones. El Centro acaba de inaugurar una exposición sobre cómo la literatura vasca, en el último medio siglo, en cuyo curso se ha pasado, según El Correo, «de ensalzar a los terroristas a dar voz a las víctimas». El problema reside en que esa centralidad de las víctimas no debiera servir de cortina para dejar en la oscuridad a los verdaderos causantes de los años de plomo, que no surgieron por una inesperada propensión de miles de vascos a convertirse en víctimas, y ni siquiera de la ocasional obcecación de tantos jóvenes vascos, volviéndose asesinos.

Está muy bien recordar, en el Memorial, la inhumana detención del funcionario Ortega Lara en el agujero de su secuestro, o la sensibilidad de los ciudadanos ante el asesinato de Miguel Ángel Blanco, pero incluso sin apartarse de esos episodios, no cabe cerrar los ojos ante la naturaleza de sus verdugos; ante la actitud de las fuerzas políticas nacionalistas, para Ortega Lara, o ante la espantada del PNV tras el crimen de Miguel Ángel Blanco, que del frente antiterrorista pasó con rapidez al Pacto de Estella/Lizarra con la formación política de los asesinos. Tampoco es lícito reseñar elogiosamente en la muestra la movilización de Basta Ya, olvidando la brutal reacción en su contra, y en particular contra Savater, de Arzalluz y su partido. Un ejemplo entre tantos: pensemos en el asalto a la librería Lagun.

«Sánchez proporciona a Bildu más que la absolución: la condena de quien intente mantener la verdadera memoria del terror»

No se trató de simples infracciones a la solidaridad democrática, sino de componentes de una estrategia política culpable, por la pasividad y la complicidad antes del fin de «la lucha armada», luego por el silencio y la voluntad de ocultar una realidad incómoda para el PNV. Lo del árbol y las nueces funcionó y fue rentable. Bildu no tiene ese problema: Sánchez le proporciona mucho más que la absolución: la condena de todo aquel que intente mantener la verdadera memoria histórica del terror.

No minusvaloremos, sin embargo, la circunstancia en que se apoya esa estrategia de ocultación, puesta en práctica desde 2011 por el PNV y el PSOE. Cuenta el enorme cansancio ante los años de plomo y la esperanza de que por sí mismo el fin de ETA había de generar un ambiente de paz en Euskadi. La cuestión es que en nada se parece esto, por buscar una comparación, al fin de otras historias terroristas, como la de las Brigadas Rojas en Italia, seguida de confesiones y arrepentimientos.

Lo esencial es que ETA, como Lenin tras su muerte física, vive. Basta con recordar los recientes actos vandálicos abertzales contra la celebración de la victoria española en el Mundial, complementados, como antaño, por el rechazo del PNV a toda pantalla de retransmisión y al homenaje a jugadores, ¡aunque eran del Athletic!. El alcalde de Bilbao, Aburto, dijo haber obrado así «por coherencia» y lo peor es que dice la verdad, como al hablar de «incidentes», cuando son agresiones. Genio y figura hasta la sepultura, o mejor, desde las sepulturas del pasado a las fiestas de hoy.

Añadamos, por parte de los herederos del patriotismo de la muerte, la movilización contra la vuelta a España, más los homenajes a etarras de que informa siempre Covite, o las declaraciones de Otegi elogiando a su «maestro», el sanguinario Peixoto. El espíritu de ETA sigue vivo y bien vivo. Lo alienta además el PNV, para no quedar por debajo en la puja abertzale, de la exclusión de España, y porque Sabino Arana ha sido actualizado, pero no suprimido.

«Tal como es planteada la reconciliación, sobre el silencio de los crímenes, estamos ante una grave amenaza para la democracia»

Conclusión: tal como es planteada la reconciliación, sobre el silencio de los crímenes, estamos ante una grave amenaza a medio plazo para la democracia. Con un responsable político de tal deriva: Pedro Sánchez, que como en Cataluña lo subordina todo a lo que un ilustrado llamaría su entendimiento lechuza: mirar solo a dos pasos por sí y para sí.

Más allá del debate sobre la compatibilidad o no entre nacionalismos y democracia, la pregunta es concreta para Euskadi y la respuesta también, aunque por desgracia la encubran la política del Gobierno vasco, los medios que lo apoyan y la historiografía académica. Convertida ésta en soporte intelectual del Centro Memorial de Vitoria, empeñada en contar la historia del nacionalismo vasco, mediante una pulcra anatomía, como si no se tratara de la expresión de una ideología que desde su nacimiento arrastra un componente de violencia y antidemocracia. Antiespaña. Algo que pareció superado, tras muchas vacilaciones, en la larga vida ilegal del 37 al 77, pero que resurgió con fuerza en los 90 de la mano de Xabier Arzalluz. Cerrar los ojos ante el pecado original y sus consecuencias posteriores, tal es la seña de identidad del Memorial.

Frente a ello, por lo que toca a las décadas del terror, el balance resulta inequívoco: la responsabilidad primaria correspondió a ETA, si bien a su lado el PNV desempeñó un papel de compañero de viaje, aun proclamando la no-violencia, al no condenar sin reserva los crímenes y, lo que fue todavía más grave, proporcionar el apoyo decisivo al entorno del terror en la sociedad vasca a la estrategia de exclusión (y condena) de cualquier discrepancia y, lógicamente, de cualquier intento de movilizarse frente al terror.

Fueron décadas de presión y amedrentamiento, una versión vasca de los Verdugos voluntarios, de Goldhagen, admirablemente reflejada en Patria de Aramburu, pero eludiendo señalar a los responsables políticos. Sin siglas, sin nombres. Los acontecimientos solo intervienen para explicar las actuaciones etarras. Está ausente el montaje de poder que determinó y reguló los comportamientos y la mentalidad social. El resultado de esa prolongada intimidación ahí está: la hegemonía indiscutible del nacionalismo en una Euskadi hoy democrática, sin que las brasas del terrorismo hayan sido apagadas, ni siquiera sofocada la satisfacción de la izquierda abertzale por su triunfo, habiendo sido vencidos.

«Para Sánchez y para el PNV, Euskadi vive en el mejor de los mundos posibles y quien recuerde a ETA es un obstáculo a apartar»

Y el bosque de Macbeth se mueve, con el fin de traducir ese dominio en avances políticos hacia una cuasi-independencia, sacando el jugo máximo a la dependencia de Sánchez, y para ello es preciso eliminar las resistencias ideológicas. Para Sánchez y para el PNV, Euskadi vive en el mejor de los mundos posibles y quien recuerde a ETA o a su supervivencia es un obstáculo a apartar.

Doy fe. En los años de plomo, era a veces invitado por la TV vasca y, sobre todo, tenía un espacio de expresión en la prensa democrática vasca, premio del diario Correo incluido, con riesgo de desaparición física no deseada, eso sí, también incluido. Era potencialmente la cabeza sin hombre del film.

Tras el fin del terror, el espacio de colaboración fue estrechándose, hasta quedar fuera del campo, en la prensa con procedimientos ya conocidos por mí en Madrid, hasta el silencio forzado, y alguno novedoso, tanto aquí como allí. Bien bloqueando la distribución de una obra, bien llegando a pagar la edición de dos libros míos sobre nacionalismo vasco en Francia con tal de que nunca llegasen a las librerías. Los datos, en Google: Le nationalisme basque, traditionalisme et révolution, Le Cerf, 2013; L’invention de la nation basque, Vendémiaire, 2014. Nunca existieron, salvo como escritura. De un modo u otro, resulté transformado por el sistema de poder nacionalista, otra cosa no cabe, en el hombre sin cabeza. Son Circe con txapela.

Añadamos para terminar que el caso vasco tiene características propias, es el más relevante, pero también uno entre otros en el mundo de Sánchez, dada la pluralidad de escenarios en los cuales nuestra cleptocracia ha producido delitos de corrupción. Primero encubiertos, luego negados y por fin cargados por los voceros del Gobierno en el saco de las culpas de la prevaricación judicial. Casi hasta el momento en que el Supremo pronuncia la condena, siguen siendo delitos sin delincuente. Y cuando el caso toca de cerca a Sánchez, más allá de la sentencia.

«Sánchez ha pronunciado ya la absolución de Zapatero, y la condena del juez por el tema de la agenda»

Es una lucha a muerte entre Sánchez y su sistema de poder, de un lado, y la acción de la justicia de otro, cuyo último episodio ha sido la inculpación del expresidente Zapatero. La punta del iceberg, Venezuela, es ya conocida, y también su espectacular complemento, el pequeño tesoro guardado en una caja fuerte de un piso pagado por el PSOE. Lo que ahora nos interesa no es la posible y deseable inocencia del inculpado, sino la estrategia puesta en práctica por él, en plena coincidencia con Sánchez. No solo este ha pronunciado ya la absolución de Zapatero, y la condena del juez por el tema de la agenda. Para subrayarlo, ha dado al expresidente el instrumento excepcional de la TVE del Estado para que invalide con sus palabras, sin argumento ni dato alguno, el contenido de la instrucción.

Fidel Castro fue el maestro, dando un golpe de Estado por TV y haciendo de esta el escaparate de la propaganda de masas y de su personal justicia. En buen discípulo, Sánchez va más allá: las vacías declaraciones de un imputado ante las cámaras pretenden anular, con escaso éxito de público, el contenido de la instrucción. El hábil entrevistador ni siquiera le pregunta por quién y cómo le hizo el «regalo de cortesía» de unas joyas que, por supuesto, no le merecieron interés alguno. Todo fue un simulacro de juicio paralelo que inevitablemente giró al final en contra de la actuación del magistrado. La justificación del incidente de nulidad, que de inmediato presentó su abogado (fuera de plazo). Lo aplicó ya Sánchez ante el Comité Federal: lo importante no es cometer o no un delito, sino encontrar la fórmula para invalidar el procedimiento judicial que puede llevar a la condena de uno de los nuestros. Así que aquí no hay delito, y de haberlo, no hay delincuente.

Con la tragedia en curso, hemos tocado fondo: incendios sin prevención. El cambio climático es real, pero lo más urgente, la política de montes y la modernización de la flota de hidroaviones, no ha existido.

Feijóo se equivoca preparando las elecciones del relevo. En un triste momento del 23-F, Juan Carlos I despidió a un presidente demócrata ante Sabino Fernández-Campo, con un «¡Este se va!». En realidad, Suárez ya se había ido. Con Pedro Sánchez, debemos estar seguros de lo contrario. Pase lo que pase, este no se va.

 

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