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Carmen Posadas: Defectos y defectos

La semana pasada les hablaba de la cara B de las virtudes, y esta me gustaría hacer algo similar con los vicios. O con los defectos, que suena más light, aunque a veces vengan a ser lo mismo. Como les he comentado en alguna ocasión, yo debo todo lo que soy no a mis virtudes, sino a mis defectos. El rasgo más característico de mi personalidad, por ejemplo, es la pereza. La mía es una haraganería enorme, descomunal, cósmica. Todo me postra, incluso lo que a otras personas les encanta, como hacer deporte o salir por ahí. Lo único que realmente me gusta es la postura decúbito supino e il dolce far niente; un horror.

Esto es así, pero, como detesto este vicio mío y lo encuentro deplorable, cada mañana me pongo una pistola en la sien y me obligo a superarlo. Tanto me afano que soy una persona que al parecer hace mil cosas (y, de hecho, las hago, porque soy muy constante y disciplinada), por lo que solo mis más allegados saben que, en realidad, soy una perfecta marmota. Otro defecto que me ha sido muy útil en la vida es la inseguridad. Todo se me hace un mundo, me supera, me angustia. Pero, precisamente por eso, como tantos otros tímidos y timoratos, me paso la vida planteándome retos (y cumpliéndolos), así que, al final, nadie se da cuenta de lo gallina que soy.

 

Detesto a los impuntuales, esos desconsiderados que buscan su tonto minuto de gloria haciendo esperar a todo el mundo

 

En cuanto a los defectos de los demás, hay algunos que no soporto y otros que me producen gran indulgencia. Por ejemplo, no sé qué pinta en la lista de los siete pecados capitales alguno de ellos. Como la gula, pongamos por caso. Porque ¿a quién más que al propio glotón perjudica la gula? Curioso es señalar que algunos de estos pecados son placenteros (la gula por supuesto, pero también la pereza, la lujuria o incluso la avaricia). Otros, en cambio, en el pecado llevan la penitencia, puesto que ni la ira ni la arrogancia,  y mucho menos la envidia, producen placer alguno. En textos antiguos se solía incluir la tristeza como pecado capital, pero no entiendo muy bien por qué. Cierto es que a veces hay que hacer un esfuerzo para no dejarse dominar por la tristeza, pero dudo de que haya alguien que desee tener este ‘mal vicio’, a menos que sea un masoca redomado.

El cuestionario Proust que mencioné la semana pasada con respecto a las virtudes se ocupa también de los defectos y pregunta a los encuestados cuál es el que les inspira más indulgencia. Lamentablemente no he encontrado, como en el caso de las virtudes más sobrevaloradas que comentamos en el artículo anterior, las respuestas  dadas por personajes famosos. Pero sí hallé un cómputo de las respuestas más frecuentes, y es este: un porcentaje considerable de encuestados señalaba como veniales los pecados de la cintura para abajo. Aunque hay que decir que eso era antes. Ahora, todo el mundo se ha vuelto intransigente con este tipo de deslices.

En lo que están de acuerdo tanto los encuestados recientes como otros de decenios atrás es en que las faltas que les resultan más fáciles de perdonar son las de las personas que aman; en especial, las de los hijos. Otro número considerable de encuestados optaba por salir del paso mencionando defectos que habitualmente se tienen por intrascendentes como la impuntualidad, por ejemplo. Y miren lo que son las cosas, yo jamás diría que la impuntualidad es un defecto intrascendente. Pensarán que soy una maniática y una exagerada, pero detesto a los impuntuales. Me parecen unos desconsiderados, unos frívolos egoístas, también unos figurones que buscan su tonto minuto de gloria haciendo esperar a todo el mundo. Además, rara vez se disculpan. Y para colmo ganan siempre porque, por alguna razón inexplicable, la mayoría de las reuniones, actos, cenas o ceremonias no empiezan hasta que hace su entrada estelar la ‘tardona’ o el ‘tardonazo’ de turno.

En fin, ya ven, en esto de los defectos ocurre como todo en la vida. Algunos son muy útiles, si sirven para que uno haga del vicio virtud; otros resultan fáciles de perdonar, dependiendo de quién los tenga; y por fin están los que son en apariencia menores, pero pueden resultar insufribles. ¿Cuál es el defecto que ustedes más detestan y cuál el –o los– que les inspira más indulgencia? Contestar esta pregunta ayuda mucho a conocer al prójimo. Y más aún a ese prójimo demasiado próximo (y muchas veces indescifrable) que es uno mismo.

 

 

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