
“Estados Unidos fue blanco de un ataque porque somos el faro más brillante de la libertad y oportunidad en el mundo. Y nadie hará que esa luz deje de brillar«. George W Bush
Se cumplen 25 años de los atentados terroristas de Al Qaeda que, ensangrentando a la nación norteamericana, la llenaron de ira y sublevaron su espíritu nacional ciudadano. Diecinueve terroristas hicieron lo impensable: llevaron la guerra, con todos sus absurdos y demonios, al hasta ese momento casi inmaculado territorio de los Estados Unidos de América; y peor aún, lo hicieron contra su pueblo y los símbolos de su poder económico, político y militar.
Los eventos, sin embargo, chocaron, lesionaron u ofendieron al mundo entero; lo sacudieron y le hicieron descubrir que hay desgracias que no pueden ser nunca ajenas, porque llenan de dolor, vergüenza, miedo e indignación a cualquiera, sin distinción de credo, raza, religión o nacionalidad.
Podemos definir con sencillez el terrorismo, con ayuda del diccionario Larousse, como «… el uso de la violencia (ataques, asesinatos, toma de rehenes) por parte de un individuo o grupo para crear un clima de terror, intimidar a una población o presionar a un gobierno». Por otro lado, se lee que «el terrorismo es el uso calculado de la violencia para generar un clima generalizado de miedo en la población y, de este modo, lograr un objetivo político específico. Ha sido practicado por organizaciones políticas con objetivos tanto de derecha como de izquierda, por grupos nacionalistas y religiosos, por revolucionarios e incluso por instituciones estatales como ejércitos, servicios de inteligencia y policía…». Esto, sumado a la llamada guerra irregular o híbrida que ha devenido en su hermano gemelo, se ha combinado para colocar a la humanidad varias veces al borde de un giro más que brutal e irracional, porque el monstruo puede provocar y crear su propio o un nuevo monstruo.
¿A qué llamamos guerra irregular o híbrida? No olvidemos a Clausewitz y al camaleón: los conflictos armados se van definiendo por épocas y van cambiando su naturaleza y sus formas. La guerra era un asunto de los Estados; pero, si bien lo fue, lo sigue siendo y lo seguirá siendo, recientemente han mutado los conflictos exhibiendo otros caracteres y denominaciones consecuentes. Hoy la doctrina describe como un fenómeno emergente a los movimientos políticos nacionales e incluso regionales que han extendido su influencia allende las fronteras y se baten contra los Estados y expresiones orgánicas de sociedades que asumen como antagónicas debido a la ideología o la religión. La guerra híbrida es detallada en un seminario que se dio en Europa así:
«… es una estrategia que busca combinar todos los medios disponibles contra un país determinado —y no se limita a la mera fuerza militar—, centrando sus esfuerzos en desestabilizar un gobierno o una sociedad, evitando cuidadosamente cualquier acción que involucre a socios externos (aliados, fuerzas de mantenimiento de la paz, etc.). En resumen, es una guerra por debajo del umbral».
(PPT 2016 de la CIOR en Italia)
El llamado «choque de civilizaciones», que con notable profundidad describe Huntington en ese su libro —clásico ya—, presenta el duelo que se cumple entre el mundo islámico y Occidente, y en cierta forma predice cómo y por qué llegamos al tórrido 11 de septiembre y a esos espantosos episodios que incluyen el ataque con los aviones de pasajeros que se encajan, cual cuchillos, en el cuerpo de las Torres Gemelas y las ultiman.
El terrorismo hace de la guerra híbrida un instrumento y una simbiosis. Funciona con todos los recursos y, entre otros aspectos, no se priva de hacer blanco en los civiles. Aunque antes se lograba poco, en ese código fatuo de honor de la guerra se mencionaba a los civiles como dignos de protección y se establecía que debían ser preservados; pero eso cambió groseramente, y de las Convenciones de Ginebra queda poco en realidad. En ese teatro abierto que es la guerra de Ucrania sobran las evidencias que lo confirman.
Pienso que el terrorismo es siempre criminal, pero hay quienes observan en esas acciones combates de liberación y reciben apoyos de todo tipo. Lo más peligroso es que, en ocasiones, la respuesta al terrorismo se da con otro terrorismo igualmente ciego, cínico e inhumano, pero practicado por un Estado y denominado crimen de Estado; si no, échenle un vistazo a Hamás, a Israel y a Gaza.
Por otro lado, es menester recordar a Giorgio Agamben y su denuncia de que, a partir del 11 de septiembre de 2001, se ha normalizado el estado de excepción. Así, el Estado ha colocado su convicción de la seguridad por encima de todas las demás esferas, en detrimento de las libertades públicas. El uso que, 25 años después, hace el gobierno norteamericano de la Ley Patriota pareciera darle la razón al filósofo italiano y confirmar, por cierto, los temores de Walter Benjamin expuestos poco tiempo antes de suicidarse. La misma campanada resuena en países de Europa, mostrando una pavorosa tendencia a invocar o gobernar con una manifiesta inclinación fascista.
«La violencia es la partera de la historia», afirmó Marx; empero, en un mundo en el que cada día más actores hablan de armas atómicas, puede terminar siendo la verduga y sepulturera de la raza humana.
El letal 11 de septiembre de 2001 descubrió la hórrida inteligencia del terror y cómo puede causar un daño pretendidamente legítimo; pero, especialmente, nos mostró que aun el odio debe conocer su límite. ¡Honor a los caídos en ese capítulo y ojalá no se repitiera nunca más!
Nelson Chitty La Roche
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