“Solo se destruye lo que se sustituye” Saint Simon
El vocablo transición se hace cada día más presente en el discurso político, pero especialmente, en la conversación regular de los coterráneos, en la casa de familia, en el lugar de trabajo, en el aula, en el pasillo y quizás no tanto en la sede del Gobierno.
Es un pasaje de un estado a otro, generalmente lento y gradual. El diccionario no agrega mucho a esa sencillísima presentación. Según la Real Academia Española (RAE) , la definición principal de transición es l a “acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”. Implica un cambio, transformación, mudanza o evolución entre dos estados o situaciones, conectando una idea, lugar o materia con otra.
La acepción política de la transición sugiere un proceso de cambio de régimen que puede ser, debido a la naturaleza del detonante, imprevisto o convenido, sobrevenido o latente. En todo caso, en Venezuela es un trámite por el cual, se adelantarán acciones sustitutivas progresivas de la experiencia de gobierno iniciada en enero de 1999, como primer estadio y luego, el trecho temporal que algunos estiman se inició el 3 de enero 2026 con la extracción del hegemón Maduro y su señora esposa.
En mi criterio, es menester ofrecer precisiones para lograr una decantación que revele la genuina naturaleza del asunto en ciernes. Cinco respuestas a sendas interrogantes harán posible la elucidación del constructo icónico con el que la semántica y el lenguaje educan el intercambio interpersonal comunicacional sobre la materia. ¿Qué, para qué, cómo, cuándo, quién?
¿Qué? Transición es dar pasos en la dirección de un cometido a procurar alcanzar que consiste en dejar atrás lo que se tiene y no se desea y arribar haciéndolo, a otra situación, que es cambiar. ¿Para qué? En un salto emancipador, liberador, hacia lo que queremos para nosotros. Asumimos un proceso y/o travesía con ese objetivo. ¿Cómo? Articulando acciones y conductas que eventualmente suponen una instrumentación compleja que desmonte paulatinamente lo que sea de rigor y conduzca materialmente a una edificación o al umbral que la haga posible como secuencia. ¿Quién? Solo los factores de poder pueden concurrir a esa dinámica y por supuesto el respaldo cierto y vigilante de los destinatarios.
No obstante, dígase de una vez, una transición no estará completa sin lograr sentar las bases de una auténtica y orgánica estrategia nacional de cambió de sistema. Si lo prefieren y para completar la idea, cuando se disponen las cosas para acoplar y ensamblar los propósitos con las acciones concretas, de redefinición y construcción de un orden sustitutivo de lo que se quiere dejar atrás. “Ubí societas, ibi ordo, ibi jus”
Empero la sostenibilidad del ejercicio debe pasar una prueba; debe ser legitimada por los conciudadanos y en ese envión, la deliberación debe preceder a la decisión que recoja para eso, una consulta ampliamente plural. Se ha hablado que el nuevo “orden” debería surgir de una convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente y lo que seguiría es la inmediata designación de los nuevos poderes públicos.
En mi opinión, estamos ante un momento constituyente justificado, con las implicaciones que irrefragablemente deberían enhebrarse, institucionalmente. El genio de la democracia debe frotar la lámpara y alumbrar un porvenir. Es menester.
Nelson Chitty La Roche, nchittylaroche@gmail.com, @nchittylaroche
