Una Pesada Herencia

Muerto hace treinta y tres años sigue Pablo Escobar echando vainas en Colombia, forzando a las autoridades a sacrificar un lote de los hipopótamos que trajo para Nápoles -su hacienda en Medellín, bautizada en homenaje a Al Capone- y quedaron realengos desde la violenta desaparición del narcotraficante en diciembre de 1993, para tormento de los ribereños del Magdalena.
Sin precisar fecha, la ministra del Ambiente informó en días pasados que la drástica alternativa se adoptaba para preservar el ecosistema, ante el costo y la inoperancia de los métodos de control de una población que se reproduce con verraco entusiasmo.
Son los descendientes de cuatro ejemplares que el forajido importó, como puede imaginarse, de la misma manera fraudulenta que las piezas restantes, haciendo de su país el único fuera del Continente africano con representantes del voluminoso paquidermo mientras ponía a Medellín en el mapa con sus crímenes y una curiosa iniciativa en que invirtió millones de su fortuna narco habida.
En una reserva natural con casi dos mil especies exóticas contrabandeadas en Jumbos fletados especialmente desde Estados Unidos y Brasil, tras burlar los controles aduanales a punta de billetes y trampas tan ingeniosas como sustituir las piezas de mayor valor con bichos locales más ordinarios y con asnos grises pintarrajeados al igual que las hermosas cebras del Serengueti.
Así llegaron búfalos, cebras, monos, dromedarios, flamencos, camellos, jirafas, avestruces y canguros, pero sus favoritos fueron siempre los hipopótamos, desde el arribo de un ejemplar solitario al que debió procurarse de emergencia una compañera para sus retozos acuáticos, con el resultado que ahora tiene de cabeza al gobierno colombiano.
Y es que si algunos perecieron de mengua tras la balacera y otros fueron movidos a parques zoológicos – como el pequeño Raimy, que resultó una bendición para un sitio turístico a las afueras de Bogotá- el resto logró escabullirse a la chita callando, a pesar de su tonelaje, hasta las aguas del Magdalena para chapotear en condiciones similares a su hábitat original.
Y allí siguen, en una familia que ya supera los cuatrocientos ejemplares y que será diezmada para poner coto al comercio ilegal de los retoños e impedir que continúen afectando zonas de humedales y ecosistemas protegidos mientras devoran 200 kilos de comida diariamente para saciar un peso de hasta tres toneladas.
Es una derrota para la funcionaria responsable, inclinada a proteger a los animales en contra de las advertencias de especialistas sobre el potencial destructivo de las deyecciones en la pesca fluvial o por desalojar especies endógenas en su competencia por la comida y el espacio vital.
Aún hay esperanza, sin embargo, porque los hipopótamos han propiciado una modesta industria turística local de giras y souvenirs y cuentan con activos defensores entre grupos ambientalistas e incluso un legislador influyente que denuncia la medida como cruel masacre donde pagarían las locuras del pintoresco personaje que Pablo Escobar fue a lo largo de su reinado criminal.
Varsovia, abril de 2026.





