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Cuba: el espíritu de la transición

Un pacto político entre los sectores que quieren estabilizar y reconstruir Cuba, siempre que no hayan participado en la represión, debería ser una opción real.

Cartel contra el régimen, emborronado, en un muro de La Habana.
Cartel contra el régimen, emborronado, en un muro de La Habana. DIARIO DE CUBA

 

 

Desde hace décadas, una parte destacada de la oposición cubana —tanto en la Isla como en el exilio— ha propuesto una transición pacífica hacia la democracia, inspirada comúnmente en los modelos español o chileno, y propulsada por un pacto político o de una consulta popular.

El régimen no solo ignoró estas propuestas, sino que desconoció la legitimidad de sus autores. De hecho, en muchos casos —como ocurrió con los promotores de «La Patria es de Todos» y el «Proyecto Varela»— tomó graves represalias en su contra que incluyeron crímenes de lesa humanidad.

Una transición ordenada hacia la democracia y la economía de mercado representa la vía de menor costo para la ciudadanía. La negativa sostenida del régimen a cualquier apertura ha provocado un empobrecimiento constante que hoy afecta a casi el 90% de las familias. Este inmovilismo ha derivado en una desnutrición severa que golpea a niños, embarazadas y ancianos, una crisis moral galopante, el aumento de la violencia social y una disminución vertiginosa de la población.

Cuba es hoy un país que se apaga humanamente. El daño ha sido tan profundo que la reconstrucción de los elementos espirituales, humanos e incluso biológicos —ligados al desarrollo fisiológico de las personas— tardará muchos años en completarse. A esta lenta recuperación se suma el impacto acumulado de décadas de abuso de poder, así como la violación sistemática de los derechos civiles y políticos de la población.

El histórico llamado del papa Juan Pablo II durante su visita a la Isla en 1998 —»que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba»— nunca fue escuchado por el régimen. Por el contrario, su mentalidad injerencista y extractiva se enfocó en diversos países de la región, especialmente en Venezuela, causando un daño incalculable a esa nación.

Cada vez que el mundo —mediante acuerdos, deshielos o gestos sin exigencias— se ha abierto a Cuba, La Habana se ha sentido respaldada en su inmovilismo y en sus abusos. Sin disimulo, además, continuó operando como un factor desestabilizador a nivel regional, contribuyendo al sufrimiento de millones de ciudadanos, familias y empresas.

No cabe duda de que ha sido el régimen cubano, y no el exilio o la oposición, el que, con su negativa al cambio, ha colocado al país en el escenario límite actual; ha sido el régimen el que, por décadas, se ha ubicado en el centro del necesario ajuste geopolítico regional que hoy está en marcha.

Pero pase lo que pase en los tiempos venideros, el espíritu de una transición ordenada entre cubanos no debería abandonarse, con independencia de cómo se desenrede el nudo gordiano actual. En este sentido, un pacto político entre los sectores que quieren estabilizar y reconstruir Cuba —siempre que no hayan participado en la represión— debería ser una opción real. Este proceso requerirá para su éxito el acompañamiento efectivo de Estados Unidos, así como el apoyo estabilizador de algunos países europeos y de la Santa Sede. Desde luego, ello solo será viable si se fuerza un escenario de cambio real e irreversible, capaz de ofrecer certezas, seguridad jurídica y resultados concretos.

La democracia, la cohesión social y la estabilidad deben ser el horizonte. Y tan importante como tener claro ese rumbo, es demostrar la voluntad y la agencia necesarias para alcanzarlo.

 

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