Chitty La Roche: Notas sobre el caso Venezuela y los EE.UU.: ¿Colonialismo o imperialismo?

«¿Qué no harán los Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad?».
Simón Bolívar, carta dirigida a Patricio Campbell, coronel y diplomático británico, fechada el 5 de agosto de 1829.
La situación de Venezuela es aún más difícil que aquella que vivió el país cuando fue bloqueada la rada de La Guaira por potencias europeas, allá en los inicios del siglo XX. A la afrenta respondió enardecido Cipriano Castro con una frase que encabezó una proclama que se explica por sí misma: «La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria». Un segundo segmento que invoco recoge mucho más de lo que se capta en esa hora mustia de la desfigurada república:
«El duelo es desigual porque el atentado ha sido consumado por las dos naciones más poderosas de Europa contra este nuestro país que apenas convalece de largos y dolorosos quebrantos, y porque ha sido realizado de aleve manera, pues Venezuela no podía esperar tan insólita agresión desde luego que no habían precedido las fórmulas de estilo en semejantes casos. Pero la justicia está de nuestra parte, y el Dios de las Naciones que inspiró a Bolívar y a la pléyade de héroes que le acompañaron en la magna obra de legarnos, a costa de grandes sacrificios, Patria, Libertad e Independencia, será el que, en estos momentos decisivos para la vida de nuestra nacionalidad, nos inspire en la lucha, nos aliente en el sacrificio y nos asista en la obra también magna de consolidar la Independencia Nacional. Por mi parte, estoy dispuesto a sacrificarlo todo en el altar augusto de la Patria; todo, hasta lo que pudiera llamarse mis resentimientos por razón de nuestras diferencias intestinas. No tengo memoria para lo que de ingrato pueda haber en el pasado. Borrados quedan en mi pensamiento de político y de guerrero todo lo que fue hostil a mis propósitos, todo lo que ha podido dejar una huella de dolor en mi corazón. Delante de mí no queda más que la visión luminosa de la Patria, como la soñó Bolívar, como la quiero yo».
La memoria de aquellos días aciagos se hace presente al escuchar y leer en los medios sobre un supuesto acuerdo que se habría llevado a cabo entre la «muy respetada presidenta Delcy Rodríguez» —en palabras del señor Trump— y el Gobierno de Estados Unidos de América para cederle la disposición, de alguna forma (porque no he leído el texto del documento), de la riqueza petrolera de Venezuela.
El susodicho convenio —y lo afirmo desde una perspectiva superficial, ab initio— tropieza con expresas disposiciones constitucionales y legales que lo hacen nulo, tales como los artículos 12 y 302 de la CRBV y otros que en otra ocasión abordaré. Empero, confieso que no es ese aspecto el que me solivianta el espíritu, sino la actitud de los que hoy gobiernan y que, a cambio de más tiempo en el poder, se permiten impúdicos enajenar a la República. Auténticos felones que no saben de patria y que, en su ontológica mediocridad, se permiten, alienados, la traición inclusive.
No obstante, me referiré esta vez a la política que viene adelantando Trump y su Gobierno hacia nuestro país, y que tiene tiempo configurando una relación, si no de vasallaje, de grosera dominación. Cabe preguntarse qué somos para los norteamericanos, porque la semiología histórica de la última década, más o menos, puede suponer la de una suerte de neocolonialismo o, quizás, acciones propias del imperialismo conceptualmente.
Trabajando con los alumnos de la UCV, aclaré que el pasado 3 de enero se perpetró un acto violento —de guerra, puede decirse— que se tradujo en la extracción del dictador Nicolás Maduro y su esposa. Lo que acontece seguidamente no es una ocupación militar ni el traslado de ingentes lotes de gente para ocupar los espacios o asegurar el control. No ha sido necesario nada de eso para la potencia vencedora, porque se les plegaron solícitos los miembros del régimen tiránico, atentos a permanecer en el poder a cualquier precio y servirles a los victoriosos en una batalla que duró dos horas y fue más entre cubanos de la guardia presidencial y los helicópteros y su impresionante capacidad de fuego.
La Fuerza Armada «Nacional» no actuó para nada y encajó la derrota y la humillación silente, jugando el rol que venía cumpliendo por casi tres décadas: socios de Chávez y de Maduro, sostener al dictador y medrar con él, arremetiendo cada vez que hizo falta para someter al pueblo compatriota al que juraron defender (pero no de ellos mismos, ciertamente).
La colonización se caracteriza por la ocupación del terreno y el establecimiento de un orden importado de la metrópoli, con un aparato de seguridad jerarquizado y orgánicamente subordinado al diseño que se impone desde la misma. En tanto que la relación como imperio se desarrolla como una dominación a distancia. El poder imperial utiliza la presión económica, la diplomacia, la fuerza militar o la influencia cultural para controlar un país. En pocas palabras, el colonialismo es una acción concreta (el establecimiento físico y la administración de una colonia), mientras que el imperialismo es la ideología subyacente que motiva esta expansión u otras formas de control menos visibles. Todo colonialismo es imperialista, pero el imperialismo no siempre requiere del colonialismo para existir.
En Venezuela, diríamos, vivimos una suerte de neocolonialismo, según se lee en estudios de investigación académicos que aparecen cada vez más frecuentemente. Uno de ellos se resume así: el caso de las relaciones entre los Estados Unidos y Venezuela en el siglo XXI es una ilustración perfecta de las formas modernas del imperialismo y del neocolonialismo, caracterizadas por una dominación asimétrica sin ocupación colonial clásica. (Bih Ni Lee, Universidad de Malasia Sabah: El nuevo colonialismo del siglo XXI: un análisis de la intervención de Estados Unidos en Venezuela y las implicaciones de la doctrina Monroe moderna).
Si alguna duda hubiera al respecto, bastaría el anuncio del pasado 28 de agosto sobre el acuerdo petrolero por 100 años que habrían completado la ilegítima presidenta Delcy Rodríguez y el blondo hegemón que cual marioneta la maneja, sobre el cual, con más estudio, nos ocuparemos si Dios quiere pronto.
A reserva de lo que resulte en los próximos meses y de la oportunidad que se señale para realizar elecciones presidenciales, estaremos en ese vaso comunicante entre neocolonialismo e imperialismo; y como ciudadanos, unidos, debemos entender que la tarea es de liberación y no otra. Apartarlo todo, incluso odios, para —repito—, unidos, rescatar la patria, como se lee en la proclama de Cipriano Castro.
Nelson Chitty La Roche
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