Soledad Morillo Belloso: Marco Rubio y Alejandro Betancourt
Dicen que todo ser humano carga tres vidas: La pública, la privada y la secreta. Parece que el señor Secretario de Estado de Estados Unidos no lo sabe, o no lo quiere entender.
El señor Alejandro Betancourt López —llamarlo “señor” es cortesía excesiva— tiene una vida pública, esa misma que usted, señor Rubio, invoca cuando asegura que su currículum fue revisado por agencias norteamericanas y que salió impoluto. Usted sostiene que eso basta para aprobarlo y aplaudirlo.
Pero Betancourt no es sólo ese expediente maquillado. Tiene capas, sombras, antecedentes que no desaparecen porque no ocurrieron en suelo estadounidense. Es público y notorio que estuvo involucrado en una estafa monumental vinculada al sistema eléctrico venezolano. Sí, contó con la complicidad de los gobiernos de Chávez y Maduro (y por tanto de Delcy Rodríguez); Sí, eso lo hace aún más grave. Que usted y su gobierno decidan mirar hacia otro lado es, como mínimo, desconcertante y sujeto de escrutinio moral.
Ya entendí su escala de valores: Primero el dinero, luego el dinero, y después el dinero. La caja registradora como brújula moral.
Pero permítame una imagen sencilla: Imagine que usted tiene una hija a la que, por supuesto, adora. Imagine que esa hija se enamora de un delincuente astuto, tan hábil como para mantener un expediente limpio. Pero usted sabe quién es realmente ese hombre. ¿Aplaudiría el matrimonio? Sospecho que no. Sospecho que haría todo lo posible para impedirlo, porque la seguridad de su hija valdría más que cualquier fortuna del pretendiente y cualquier expediente puntillosamente pulido.
Pues bien, señor Rubio: los venezolanos también tenemos una hija. Se llama Venezuela. Y no vemos con buenos ojos que usted y su gobierno la entreguen, en bandeja de plata, para que sea violada por una alimaña de alcantarilla con olor a podredumbre.
Al final, todo se reduce a una verdad incómoda: Ustedes no están evaluando a un candidato, sino midiendo cuánto están dispuestos a sacrificar para mantener aceitada la maquinaria del poder. Y en esa transacción, pretenden usar a Venezuela como moneda de cambio. Pero le advierto algo: Por más que intenten envolver a esa alimaña en papel celofán institucional, el hedor atraviesa cualquier envoltorio. Y nosotros, los venezolanos, no vamos a olvidar quién abrió la puerta para que la podredumbre entrara con aprobación diplomática.
La vida pública del señor Betancourt ha pasado por un maquillaje digno de un Oscar; Su vida privada es la de un delincuente de cuello almidonado; Su vida secreta es digna de análisis de una unidad de Mentes Criminales.
Si a usted le parece tan maravilloso y competente, pues quédese con él.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob
