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Fernando Savater: Cuando olvidar es pecado

«Es privilegio divino perdonar los pecados, pero a veces el pecado más imperdonable es olvidar la libertad, la sucia libertad de quien pecó»

 

 

Cuando olvidar es pecado

 

Soy de los que olvidan demasiado. Nietzsche dijo que sin olvido no se puede disfrutar de ningún presente y estoy seguro de que también en eso tuvo razón. Lo malo no es solo que olvido demasiado, sino que llego incluso a olvidar por qué lo olvidado me pareció importante en su día: ¡olvido, lo quiera o no, incluso lo que tuve por inolvidable! Sin duda acepto que ciertas cosas mejoran de condición cuando se olvidan, o sea que borradas quedan más bonitas. Cuando están presentes, son como esos perros maleducados que corretean por el salón con las patas cubiertas de barro, dejando tras de sí un rastro fétido, ladran en varios tonos sin venir a cuento, levantan junto al mueble más apreciado una de sus patas traseras para facilitar su micción torrencial y luego muerden en la pantorrilla a la tía abuela más quisquillosa de la tribu. En fin, que nadie puede olvidar su presencia ni por un momento, por mucho que lo desee. ¡Perra suerte!

Llegar a olvidar lo inolvidable es en ocasiones bastante difícil. Podemos a veces tirarlo por la ventana, pero se las arregla enseguida para volver por la puerta o por cualquier agujero maloliente: el regreso de lo olvidado es lo único peor que su presencia inamovible. Además, lo olvidado, cuando vuelve, lo hace de un modo comprometedor, con cajas destempladas, envolviéndonos en su indebido retorno. Echarle un pulso a lo que se empeña en escribirse con letras mayúsculas en el muro no suele ser una simple molestia, sino una verdadera amenaza. No recuerdo exactamente ahora el caso de aquel rey llamado Balthazar que, mientras sobaba con pocos miramientos los senos de una odalisca en una de sus orgías semanales, al levantar la vista tropezó con un inexplicable frontispicio que proclamaba «Mane, Teckel, Phares» o cosa parecida. A Balthazar, que no era el más sabio de su clase, pero tampoco un repetidor en la pista de despegue, esa imitación de Pasapalabra en turco o calabrés le resultó de mala espina. Y en efecto, no auguraba nada bueno ni siquiera para lo que se estila en el Antiguo Testamento.

Algunos españoles, aunque nos las demos de supermentes y cráneos privilegiados, en el fondo vemos el devenir de las cosas con una simplicidad que yo denominaría sana. Por ejemplo, la independencia de Cataluña. Que una región española con todos los atributos para serlo decida tachar lo escrito durante siglos y convertirse en una especie de Caballo Loco corriendo a rienda suelta por la pradera hispánica es algo difícil de tragar por mucha buena voluntad que se le ponga al gazpacho. Los independentistas no actúan por afán de libertad, sino por un apetito de ogros de superioridad moral: son como Trump, santo patrono de todos los papanatas, convencido de que merece el premio Nobel de cualquier ejercicio físico o mental que salga a la palestra. Los separatistas, la abominación política caiga sobre ellos, no aspiran a ser catalanes en vez de españoles, sino catalanes contra los españoles. Por muy tolerantes que seamos (¡y mira que resulta cuesta arriba ser abierto y tolerante con un rebaño tan antipático como ese!), en el tablero político hay piezas que no pueden tirarse al aire sin más porque llevan muchas cosas valiosas dentro de su miniatura: recuerdos, esperanzas, ilusiones de fortuna, orgullo de tanto compartido… Si en vez de facilitar el camino colectivo un gremio de cabestros (en el sentido más repelente de la palabra) intenta obstaculizar la marcha común por todos los medios, lo miramos con muy poco cariño, tanto por lo que son como por lo que podrían haber sido. Castigar a sus cabecillas con pena de prisión resulta una respuesta intuitivamente justa, aunque nada sepamos de leyes.

Pero sigue rodando la bola y resulta que los separatistas pretenden, además de quebrar la unidad del país, imprescindible para su mejor funcionamiento (miren si no la admirable selección nacional), chamarilear con sus votos parlamentarios en favor del político más desaprensivo del redil: puestos a la vileza de traicionar, bajemos hasta la sentina. Hay actitudes y trapisondas que no pueden olvidarse. Si ha habido una pena civil justificada, es la que se impuso a los felones que abusaron de la peor manera de la confianza de sus —la palabra duele— compatriotas. Y ahora resulta que la reblandecida y amorfa justicia del tribunal europeo coincide con el sectarismo del gobierno español en «olvidar» el castigo justificado para reconciliar a los culpables con sus víctimas. ¡Reconciliar, o sea, sencillamente «aquí no ha pasado nada»! ¿Y quién reconciliará a los ciudadanos rectos y leales consigo mismos? Es privilegio divino perdonar los pecados, pero a veces el pecado más imperdonable es olvidar la libertad, la sucia libertad de quien pecó.

 

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