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Cuestión de vida o muerte

Lo que vimos el domingo es una indigna parodia de finales como la de Brasil contra Italia en 1970, la de Alemania contra Holanda en 1974 o la de Argentina contra Alemania en 1986

Cuestión de vida o muerte

(Reuters)

 

Bill Shankly, entrenador del Liverpool en los años 60, fue el autor de esta frase que ha quedado grabada en la memoria de los aficionados: «El fútbol es mucho más que una cuestión de vida o muerte». Cada cuatro años, cuando se celebra un Mundial, la vida se paraliza para seguir la competición.

España ha ganado justamente el título porque ha sido el mejor equipo. Con un fútbol ramplón y violento, Argentina se limitó a esperar un milagro que no llegó. Fue, a mi juicio, una de las peores finales de la historia y no por culpa de la Roja. La actitud de los argentinos, un equipo sin talento ni ambición, denigró el fútbol. Les debería abochornar no la derrota sino su triste conformismo. Queda todo dicho con la estadística de que su primer disparo a puerta se produjo en el minuto 117, algo que no había sucedido nunca. Maradona se moriría de vergüenza de estar vivo.

Lo que vimos anteayer es una indigna parodia de grandes finales como la de Brasil contra Italia en 1970, la de Alemania contra Holanda en 1974 o la de Argentina contra Alemania en 1986. El merecido triunfo de España, a la que no regateo ningún mérito, no debería hacernos perder de vista los graves errores de la FIFA y el deterioro de una competición que sólo sobrevive porque el fútbol está muy por encima de personajes como Infantino.

Carece de sentido un Mundial de 48 selecciones (el de 1978 lo disputaron 16 equipos), las pausas de hidratación son un disparate, los arbitrajes han sido malos y permisivos, el precio de las entradas, al alcance de unos pocos, y lo peor de todo: la teatralización de los partidos con espectáculos como el del descanso de la final.

No faltará quien me tache de nostálgico por estas líneas. Si añorar a jugadores como Pelé, Charlton, Cruyff, Beckenbauer, Platini, Sócrates, Maradona o Zidane es llorar por la leche derramada, prefiero refugiarme en la épica del pasado antes que aceptar que el fútbol se ha convertido en la caricatura de un juego que está perdiendo su grandeza.

Dicho esto, España ha sido el mejor equipo en este Mundial. Ha sido el justo vencedor por su disciplina táctica, su acierto defensivo y el oficio de sus integrantes. Su desempeño no ha sido brillante, pero sí de extraordinaria solidez. No hay duda de que la Roja, tras el período nefasto que va desde 1966 a 2010, ha aprendido a competir. Muchos de sus jugadores han estado a su mejor nivel.

La euforia por el éxito de España no debería hacernos perder de vista la degradación de una competición que la FIFA acabará por destruir por su avidez económica. Sí, el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Por eso, nos alegramos del triunfo de los nuestros, pero también nos preocupamos por una deriva en la que las emociones que suscita se han convertido en un negocio para quienes deberían protegerlo.

 

 

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