Villasmil / El negocio del fútbol y la geopolítica del poder: Crónica de un Mundial desnaturalizado (pero con final feliz)

«El deporte nunca sustituye a la política, pero la desnuda. Enseña qué valores admiramos cuando dejamos de discutir sobre ellos.»
Manuel Vilas, ABC
España ha ganado, con toda justicia, su segunda Copa Mundial de fútbol. Pero la misma ha tenido múltiples problemas y ofrecido no pocos asombros y disgustos.
El evento, celebrado bajo el rimbombante formato extendido de 48 selecciones en Norteamérica (EEUU, Canadá y México), pasará a la historia no por la brillantez de su juego (el mejor partido, el jugado por Francia e Inglaterra por el tercer lugar, con árbitros venezolanos, donde no hubo tarjetas amarillas y no se necesitó usar el polémico VAR), sino por consolidar la metamorfosis del fútbol en una mera herramienta de diplomacia corporativa y geopolítica dura cuyo objetivo fundamental es el aumento de las ganancias para las golosas arcas controladas por el todopoderoso capo de la FIFA, Gianni Infantino.
El torneo expuso de forma cruda -con contadas excepciones- las costuras de un deporte secuestrado por los intereses económicos de la FIFA, la interferencia sin precedentes de la política y la doble moral regulatoria que castiga la libre expresión del eslabón más débil mientras se arrodilla ante el dinero, las influencias y los favoritismos de Infantino y del poder político amigo.
La FIFA y la ingeniería del favoritismo
Desde su concepción, el torneo estuvo viciado por la arquitectura que la FIFA diseñó para blindar económicamente sus finanzas. La expansión a 48 equipos no respondió a un deseo genuino de democratizar el balompié, sino a la voracidad mercantil de Gianni Infantino para maximizar ingresos televisivos, venta de entradas a precios enloquecidos y patrocinios corporativos. El gigantismo del torneo devaluó la fase de grupos y saturó el calendario, convirtiendo la salud de los futbolistas en una mercancía sacrificable en aras del show, que incluyó incluso una suerte de parada programada, pomposamente llamada “hydration break”. ¿A cuál genio de la organización se le ocurrió poner el juego entre Inglaterra y Noruega en la muy húmeda Miami, sometiendo a jugadores del norte de Europa a una sensación térmica que osciló entre los 40 y 44 grados centígrados? ¿Y por qué Inglaterra tuvo que recorrer más de 23 mil kilómetros para sus juegos, mientras que Argentina solo recorrió 10 mil?
El mayor talón de Aquiles de la competición radicó en la evidente condescendencia hacia las naciones organizadoras y los gigantes comerciales. Las decisiones organizativas (como los trayectos logísticos, la climatización cuestionable de los estadios, las restricciones de visa a jugadores de países considerados como “conflictivos” -un ejemplo, Irán-, y las sospechosas distribuciones de sedes) parecieron allanar siempre el camino para garantizar que los equipos de los mercados más lucrativos avanzaran a las fases decisivas del campeonato. El «favoritismo corporativo» de la FIFA ya no se esconde en los despachos; se exhibe con orgullo en sus estrategias de mercadeo e incluso en el campo de juego.
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El VAR y el arbitraje: La tecnocracia del error
El torneo prometía una revolución tecnológica que traería justicia absoluta, pero terminó sumido en un caos arbitral. El videoarbitraje (VAR) demostró, una vez más, que la tecnología aplicada sin criterios unificados se convierte en un catalizador de injusticias. Durante momentos clave de las rondas eliminatorias, las revisiones se eternizaron, rompiendo el ritmo del juego e instalando una molesta sensación de discrecionalidad.
Las críticas hacia ciertos cuerpos arbitrales no fueron aisladas. Hubo una alarmante falta de uniformidad: lo que en un partido era castigado con tarjeta roja directa tras una minuciosa revisión en la pantalla, en el partido de un equipo con mayor peso comercial se resolvía con un simple «siga, siga». Las quejas de entrenadores, jugadores y aficiones por la interpretación de jugadas (como la controvertida expulsión del ecuatoriano Piero Hincapié bajo la interpretación de la «ley Vinicius» -inquisitorial normativa disciplinaria impulsada por la FIFA que castiga con tarjeta roja directa a cualquier futbolista que se cubra la boca al discutir o comunicarse de forma provocativa con un adversario-) evidenciaron que el VAR no eliminó la polémica, sino que la sofisticó para proteger las narrativas preferidas por los intereses oficiales.
El escándalo Balogun y la intromisión de Trump
El punto de inflexión donde el fútbol claudicó definitivamente ante el poder político y económico ocurrió en las oficinas de la FIFA durante los octavos de final. Tras ser expulsado legítimamente mediante el VAR por un pisotón contra el bosnio Tarik Muharemovic en los dieciseisavos de final, el delantero estadounidense Folarin Balogun se enfrentaba a una sanción obligatoria.
En un giro sin precedentes en la era moderna del deporte, el presidente de los Estados Unidos intervino de forma directa mediante contactos con Infantino. En menos de veinticuatro horas la FIFA levantó la sanción al futbolista alegando supuestas «injusticias técnicas», permitiéndole jugar el partido clave contra Bélgica. El presidente norteamericano celebró públicamente la medida en sus redes sociales, desnudando la nula independencia del organismo rector del fútbol. Que el mandatario del país anfitrión logre revocar una sanción deportiva mediante coerción diplomática es un precedente nefasto que pulveriza el principio fundamental de neutralidad e igualdad ante la ley de la FIFA.
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La doble vara de medir: La ley mordaza frente al poder
Lo verdaderamente escandaloso de la intromisión de la Casa Blanca es el contraste radical con el trato dispensado a otras delegaciones. La FIFA mantiene una política implacable contra los futbolistas o federaciones del «resto del mundo» que introducen elementos políticos en el campo de juego. El ejemplo más elocuente fue la rigidez con la que se trataron amonestaciones y sanciones previas a futbolistas ingleses y de otras naciones por gestos o reclamos sociales de índole menor. Cuando un jugador de menor peso geopolítico infringe el código de vestimenta o realiza una manifestación pacífica, la FIFA aplica todo el peso de su reglamento disciplinario de manera inflexible.
El clásico de Atlanta y el grito geopolítico de las Malvinas
La guinda de este cóctel de tensiones se dio en las semifinales de Atlanta, donde Argentina derrotó a Inglaterra en un partido plagado de irregularidades y violencias permitidas al “equipo de Infantino”. Al finalizar el encuentro, los futbolistas del plantel argentino festejaron la victoria desplegando sobre el césped una pancarta con la leyenda: «Las Malvinas son Argentinas».
La imagen, que rápidamente dio la vuelta al mundo y disparó récords de búsquedas en internet, provocó una inmediata crisis diplomática. Desde Londres, el propio primer ministro británico, Keir Starmer, exigió formalmente a la FIFA una investigación profunda y sanciones severas, argumentando que se violó la prohibición estricta de emitir mensajes políticos en espectáculos deportivos. El mensaje de Infantino prácticamente justificaba lo ocurrido, mientras afirmaba que se haría una investigación “después del Mundial”. Las redes sociales explotaron.
Conclusión: Un espejo roto
El Mundial 2026 dejó, en parte, una lección amarga. La FIFA se encuentra atrapada en su propia hipocresía: solo persigue con saña la más mínima falta de las selecciones no ungidas por el favoritismo. El VAR y algunos árbitros terminaron funcionando como aduaneros de un espectáculo diseñado para el entretenimiento dócil. Los organizadores del torneo de 2026 no buscaron la fiesta del fútbol integrador que se prometía; sino dejar la impronta -que ellos querrían definitiva- de que en el deporte más popular del planeta las reglas se aplican según el tamaño de la bandera y el peso del mercado que las respalda.
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Sin embargo, esta nota no puede terminar en tono molesto o admonitorio. Al contrario. Ha vencido un gran equipo, superando todo tipo de adversidades y ventajismos de algún rival favorecido desvergonzadamente por Infantino. Por ello, quiero citar un mensaje en X de Antonio Banderas (quien ya nos alegró la vida con sus extraordinarias palabras en Madrid, ante León XIV). Banderas cita asimismo al seleccionador hispano, Luis de la Fuente:
«El fútbol es mucho más que fútbol. Lo que ha hecho España en este Campeonato del Mundo va mas allá del deporte. Detrás de este triunfo se esconde una forma de pensar que tiene que ver con una manera de enfrentarse a la vida. Decía Luis de la Fuente que necesitaba buenos futbolistas, con capacidad de sacrificio, con ganas de trabajar, con fe en ellos mismos y entendiendo profundamente la unión y el trabajo en equipo. Después añadía, y esto es muy importante, que fueran buenas personas…buenas personas. Una maravilla. Quizá eso explique el éxito de nuestra Selección Nacional de Fútbol. Este grupo y este seleccionador han dado una lección sobre la que reflexionar, porque uno siente que el mensaje ha calado en mucha gente, especialmente gente joven. Una buena persona escucha, una buena persona es capaz de salir del yo para pensar en el nosotros, una buena persona es humilde y eso le ayuda a aceptar enseñanzas. Una buena persona genera buen ambiente, empatía, una buena persona cree en respetar al que no es como tú, una buena persona es un ser más preparado para triunfar sin humillar a nadie por el camino. La clave, bajo mi punto de vista, para explicar lo conseguido está en el seleccionador nacional, está en Luis de la Fuente. Él ha sido quien ha sabido construir algo sorprendentemente bello.»
Los jóvenes jugadores españoles -promedio de edad del equipo, 26.7 años- le regalaron al mundo una gesta inolvidable. Y los millones de fanáticos repartidos en todas las geografías, a su emocionada manera también triunfaron, a pesar de la sombra negra de la FIFA, y por ello les estarán siempre agradecidos.
