Ramón Peña – En pocas palabras: Pragmatismo latinoamericano

La voluntad de los pueblos latinoamericanos, expresada en recientes elecciones presidenciales, se ha inclinado de manera categórica por los candidatos de las denominadas derecha y centroderecha. Nayib Bukele en El Salvador, Luis Abinader en República Dominicana, Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay, Edmundo González Urrutia en Venezuela, José Mulino en Panamá, Rodrigo Paz Pereira en Bolivia, Nasry Asfura en Honduras y José Antonio Kast en Chile. Actualmente, puntean en primera vuelta electoral Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú.
Esta marea electoral no es cabalmente un giro ideológico. Más que doctrinarias, las propuestas de estos líderes han sido la respuesta a obstinados reclamos de los electores. Sus ofertas concretas y puntuales para el bienestar social han privado sobre la gastada retórica de sus opositores izquierdistas.
El llamado voto castigo ha sido denominador común ante oficialismos responsables del deterioro profundo del bienestar social por inflación y desastrosas políticas económicas. Es crítico, en el caso de sociedades que en el pasado habían alcanzado razonables estándares de vida, como Argentina y Venezuela.
Entre otros asuntos clave se destaca también la crisis de seguridad, aguda como la de El Salvador o el avance del crimen organizado y el narcotráfico en sociedades consideradas relativamente seguras, como Ecuador y Chile. En Colombia, es sospechosa la acción oficial ante el terrorismo tradicional. Las propuestas de mano dura contra el crimen han logrado mayor aceptación en sociedades atemorizadas que la trillada oratoria progre de buscar las causas estructurales en la pobreza y la desigualdad.
El rechazo ante la corrupción atraviesa transversalmente casi todos los casos citados, en los que descuellan, por la magnitud de los delitos, Venezuela y Argentina.
En síntesis, Latinoamérica exhibe un electorado pragmático, curado de redentores ideológicos, alejado de partidos tradicionales, con los oídos prestos a quien ofrezca resolver limpiamente sus apremios económicos y la seguridad individual. Ya no importa el color de la bandera del candidato.
