
“En la vida uno debe consolar a los afligidos, pero ciertamente, también debe afligir a los acomodados, y especialmente cuando están cómodamente, satisfechos e incluso felizmente equivocados”.
Milton Friedman
¿Es la gente en cada país o el sistema económico quien responde por el crecimiento económico y el desarrollo social? Interrogante planteada y manejada por doquier y con numerosos trabajos académicos, pero, siempre regresa al análisis político e institucional.
El debate sobre si el crecimiento económico es producto de la agencia individual, léase, la gente o de la estructura, el sistema, suele presentarse como una dicotomía, pero en la realidad operan de forma simbiótica.
Siguiendo la premisa de que la dignidad humana es el estándar de legitimidad de cualquier sistema, el crecimiento no puede entenderse solo como una cifra macroeconómica, sino como el despliegue de las capacidades de los ciudadanos dentro de un marco institucional que lo permita y la justa reversión para estos de acuerdo con sus esfuerzos, la equidad y el principio de subsidiariedad..
El sistema económico, y es importante tenerlo claro, no genera crecimiento por sí solo, pero actúa como la infraestructura que lo hace posible o lo asfixia. Para que el esfuerzo de «la gente» se traduzca en progreso nacional, el sistema debe avalar, dar seguridad jurídica.
Sin un Estado de Derecho donde la propiedad y los contratos sean respetados, el esfuerzo individual se desvía hacia la supervivencia o la informalidad. Si las reglas cambian arbitrariamente, lo que en teoría constitucional llamaríamos una mutación constante de la realidad económica por vía de decretos, sobre lo que hemos antes escrito bastante, por cierto, el sistema así contaminado, impide la planificación a largo plazo y confunde los resultados, además.
Es absolutamente impretermitible asumir además que Venezuela conoce y padece especialmente en los últimos 27 años y quizás antes incluso, de todas las entropías lo que, al no atenderse científica y racionalmente, ha conducido y siempre insisto en dejarlo sentado, a la crisis perfecta, un caos multifactorial. El aspecto económico es uno de los más importantes elementos afectados por el “sistema del descalabro” como pienso pudiera llamársele.
La sociedad civil y el sector privado son teóricamente los verdaderos creadores de valor; empero, sin estabilidad política y estrategia nacional, se dificulta bastante su capacidad de respuesta, que sabemos condicionada de acuerdo con la doctrina, por el capital social.
En Venezuela, hemos visto una resiliencia notable, «la gente responde», pero; cuando el sistema económico es extractivo o disfuncional, incierto e inseguro, ese esfuerzo ciudadano se agota en la atenuación y la mera supervivencia ante la crisis de inflación, servicios básicos carentes o falentes o ambos, en lugar de invertirse en innovación o productividad. La única certeza es la desconfianza.
Como bien señalan los estudios sociológicos más reconocidos, cuando el ciudadano es reducido a ser un mero «consumidor,» en lucha con la escasez, se pierde la noción de ciudadanía económica qué es la que construye un país.
El Caso Venezuela: ¿Quién responde por ella hoy? Por allá en 2003 se escuchaba a los miembros de la Asamblea Nacional corear un lema así, “Revolución es más que Constitución” terminando de legitimar el arribo de todas las entropías. El resto se puede resumir así, la sociedad y el Estado son del partido y todo lo demás consecuencialmente está sujeto a la ideología del Psuv.
De nuevo la pregunta. El Caso Venezuela: ¿Quién responde por ella hoy? Venezuela es un laboratorio excepcional para procesar la compleja pregunta por varias razones: La primera es una irrefragable constatación, se agotó el esquema rentístico, pero, aún estamos y tal vez estaremos aún bajo su ascendiente.
Durante décadas, el sistema se sostuvo por el “maná” petrolero, quién «respondía» por el crecimiento y ciertamente aportó mucho vía masificación de los servicios y la educación en primer lugar. Al agotarse ese modelo, la responsabilidad recayó abruptamente sobre la gente. Hoy, el crecimiento incipiente que se observa en ciertos sectores no proviene de un diseño sistémico planificado, sino de la respuesta orgánica de individuos y empresas que operan a pesar del sistema, no gracias a él.
Empero, para que el crecimiento sea sostenible y no solo una burbuja de consumo, es imperativo que el sistema económico recupere su función de garante. No basta con que la gente «quiera» trabajar; se requiere una arquitectura legal que transforme el esfuerzo aislado en bienestar colectivo y ofrezca estabilidad con justicia social.
Si aplicamos una visión impregnada de ética y derecho, el crecimiento es responsabilidad del sistema en cuanto a la creación de condiciones de justicia y libertad, y de la gente en cuanto al ejercicio de su creatividad y trabajo. El caso alemán es el referente más notable académicamente para explicarnos el fenómeno. La economía social de mercado fue y es la clave para los teutones y para la misma Unión Europea. En nuestro país, hiere y perturba los espíritus las diferencias que se muestran impúdicamente y el completo desbarajuste que resulta de depender completamente la seguridad social de un Estado que deliberadamente se abstiene de rendir cuentsa a nadie y de nada.
En Venezuela pululan las asimetrías: la gente está defendiéndose y respondiendo con una energía que el sistema económico aún no logra canalizar, proteger ni multiplicar de forma institucional. El crecimiento real llegará cuando el sistema deje de ser un obstáculo y pase a ser el soporte de la dignidad y el esfuerzo del ciudadano. El cambio y lo ratifico, debe ser con justicia.
La política económica, financiera y el revés del Sistema Nacional de Control Fiscal a cargo del chavomadurismomilitarismocastrismoideologismo, arruinaron a Venezuela. La clase política gobernante, dispendiosa, desquiciada, corrupta y adicta a toda impunidad postró al país. Ese es un hecho incontrovertible, pero, falló también la ciudadanía que no supo o no pudo advertir lo que inexorablemente se nos vendría encima. El pueblo delegó la soberanía en un mesías que lo llevó al averno.
Por eso tenemos a un país inconforme, frustrado y con amarguras manifiestas que acaba de encajar otra desilusión con el aumento del salario y los ingresos, el pasado 1 de mayo, pero, quizás, y debe reconocerse luego de 27 años de la revolución de todos los fracasos, el naufragio termina por hacerse también sistémico y pernicioso y el cambio aún está en la página del futuro.
Freddy Millan Borges, sesudo intelectual maturinés, insiste en que la respuesta más necesaria es el cambio profundo e inmediato en la estrategia educativa que incluye formar ciudadanía y asumir la dignidad humana como la empresa nacional,; los liberales de su lado, apuntan a la urgente desregulación que incluye privatizaciones y no les falta razón, la experiencia reciente igualmente supone el regreso y fortalecimiento del control y vigilancia en el manejo público siendo que lo acontecido fue posible por la anómala inobservancia y evasión de los controles orgánicos. Lord Acton nos recuerda, por enésima vez, “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.”
Pienso no obstante que hay que apurar en simultáneo la redefinición del marco normativo y particularmente, en lo relativo a la justa distribución de la riqueza nacional; es inaceptable la insolente desigualdad que se cuenta, mide y pesa en la sociedad. Debe revisarse la relación de poder y competencia de los poderes públicos para afirmar la libertad e impedir la arbitrariedad del poder, establecer por otra parte y certificar, un sistema de responsabilidad y responsabilización que incluya la rendición de cuentas y la ponderación de la gestión pública conforme a parámetros exigentes y, por supuesto, nada de eso es posible sin la legitimación del liderazgo.
Por allí, como decimos coloquialmente, “van los tiros.”
Nelson Chitty La Roche, @nchittylaroche, nchittylaroche@gmail.com
