Cristina Casabón: El relato y la realidad de Urda
«España está empobrecida y presenta una gestión de país tercermundista mientras su Gobierno presume de cifras y datos»

Ilustración generada mediante IA.
La resistencia a escuchar las acusaciones y a examinar los datos de corrupción del Gobierno contribuye a que los desastres sigan creciendo al amparo de la defensa hecha por sus votantes. En cuanto a estos, nos encontramos ante lo que Javier Pradera catalogaba como disonancia cognitiva, una forma de negación de la realidad derivada del estado de tensión producido cuando un individuo se niega a aceptar datos contradictorios. El relato del Gobierno cuenta una historia de crecimiento económico y de progreso social; la realidad nos muestra que el dinero de los impuestos no está llegando a las cosas verdaderamente importantes en España, que son la sanidad, la educación, la seguridad en las calles y el mantenimiento de las infraestructuras. España está empobrecida y presenta una gestión de país tercermundista mientras su Gobierno presume de cifras y datos.
La disonancia resulta desagradable para quien ha de soportar las consecuencias de esta degradación, pero a menudo ocurre que el votante sociata cambia de canal, o modifica sus ideas, reinterpreta los hechos, desconfía de quien los comunica o encuentra razones para convencerse de que, en el fondo, el Gobierno no tenía la culpa y fue un error humano. Este es el lamentable procedimiento que emplea para dejar de equivocarse sin tener que cambiar de opinión.
El sanchismo le ayuda a hacerlo sin escrúpulos. Si los casos son escandalosos, la necesidad de reducir la disonancia (propaganda versus la realidad del desastre) puede llevar al gobierno a una conducta tan irracional como negar su responsabilidad. Escúchese a Óscar Puente después de la tragedia: «Si yo creyera que mi continuidad perjudica al proyecto de ese país en el que creo, no tengan ninguna duda de que habría dado un paso a un lado». Su dimisión, en efecto, perjudica el proyecto de partido. Sería como asumir que todo el relato es mentira, o que los muertos podrían haberse evitado con una gestión diferente, quizás si dejaran de contratar a sus amigos en la Administración, cargos políticos sin experiencia en gestión.
Cuanto más se comprometa una persona con una ideología o con una organización, más resistente será a admitir tales disonancias, llegando a dar por incierta cualquier información que amenace con crear una nueva. Decía Pradera que el modo en que la gente capte e interprete las noticias dependerá de cuán profundamente se haya comprometido previamente con una creencia a la que es afecta y si, además, solo lee periódicos como El País (que titula en portada: «Los controladores de Atocha se confundieron de protocolo»), pues ya se evita del todo la dichosa tarea de repensar su voto. Se ha generado además un mecanismo partidista: la intensidad de las acusaciones puede servir para fortalecer el patriotismo de sus militantes. Un ejemplo es cuando a comienzos de 1990 surgió el caso Guerra. Algunos dirigentes del PSOE utilizaron el fragor de la ofensiva de los medios de comunicación para calentar el patriotismo de partido de los militantes y presentar las acusaciones de corrupción como una conspiración de la derecha (Javier Pradera).
Hace poco, Sánchez ofreció una entrevista en el programa de Broncano, coincidiendo con el aniversario de este digital. Aclaró que leía todos los medios menos THE OBJECTIVE, como si las acusaciones de corrupción, las exclusivas que han destapado algunos de los mayores escándalos de este Gobierno, fueran una «inventada» o una conspiración. De esta forma, animaba a las audiencias a leer opiniones en periódicos que apoyen sus creencias o que den las noticias de un modo más digerible para acompañar las magdalenas y el café.
Algunos se negarán a escuchar por la radio o a leer en la prensa noticias sobre corrupción de las instituciones; ahora sabemos el precio. Este autoengaño tenderá a culpar a los medios de comunicación por ofrecer el material emocionalmente conflictivo, pero al final solo están haciéndose trampas al solitario. Los accidentes como el de Toledo nos recuerdan que la corrupción mata independientemente de lo que creas y que todos podríamos haber ido en ese tren.
Según Pradera, esa satanización de la prensa no es únicamente un expediente táctico inducido desde arriba para mantener a los ignorantes en la ignorancia, sirve también para encerrar en una incomunicación casi autista a los dirigentes del PSOE y les invita a menospreciar o incluso ignorar a los medios de comunicación o ciudadanos que piden cuentas o dimisiones. Han creado una cámara de resonancia en la que el partido escucha lo que quiere oír, el simpatizante lee lo que confirma sus certezas y termina aislado de toda información capaz de perturbar su tranquilidad. Entretanto, la realidad de Urda demuestra que todo relato de propaganda tiene sus límites.
