Villasmil: Pacto de Puntofijo, arquitectura de la libertad, gesta civilista y civilizadora

Se cumple un nuevo aniversario, el 68, de la firma del Pacto de Puntofijo, en octubre de 1958. Un instrumento civilizador, parte la hermosa gesta que, expresándose institucional y programáticamente primero en el llamado Pacto de Puntofijo, luego se completaría con la Constitución de 1961.
Así como puede señalarse que no hay república civil sin el espíritu del Pacto de Puntofijo, del mismo modo no sería exagerado afirmar que no podría haber habido Pacto de Puntofijo sin democracia cristiana, es decir, sin COPEI. Y en ese momento COPEI estuvo a la altura de los retos planteados. Y fue un COPEI fundado y dirigido por jóvenes, sin los cuales no hubiera sido posible la creación de un instrumento politico demócrata-cristiano en nuestra tierra.
Al cumplirse 68 años de su firma, el Pacto de Puntofijo, suscrito el 31 de octubre de 1958 en la residencia homónima de la familia Caldera en Caracas, se mantiene como uno de los hitos fundacionales más relevantes de la historia contemporánea de Venezuela. Tras el derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, el país se encontraba en una encrucijada histórica: o reincidía en la tragedia cíclica criolla del caudillismo militar y la polarización destructiva, o era capaz de inventar un cauce institucional civil. El pacto optó por lo segundo, erigiéndose en la piedra angular que hizo posible la transición y la estabilidad de la democracia más longeva en la historia del país.
La trascendencia del Pacto de Puntofijo radica en haber sustituido la cultura de la exclusión y el exterminio del adversario por un modelo de coexistencia pacífica y reglas de juego compartidas. En esencia, el acuerdo no fue un reparto burocrático de cuotas de poder —como alguna narrativa simplista ha intentado acuñar—, sino un pacto de caballeros orientado a garantizar la supervivencia del naciente orden constitucional.
Sus pilares fundamentales incluyeron:
- La defensa de la constitucionalidad: El compromiso inquebrantable de acatar los resultados electorales de las elecciones de fines de 1958, garantizando que quien ganara las urnas gobernaría, y que los derrotados aceptarían el veredicto popular sin recurrir a conspiraciones golpistas.
- La construcción de un gobierno de unidad nacional con gabinetes plurales que integraron a las fuerzas democráticas, reduciendo las tensiones sectarias.
- Un programa mínimo común: Una agenda de reformas sociales, agrarias, económicas e institucionales que estabilizaron al país sobre bases de justicia distributiva y modernización.
Gracias a este entendimiento, Venezuela logró capear los turbulentos años 60 —enfrentando conspiraciones militares, asedios de guerrillas financiadas desde el exterior y magnicidios frustrados—, consolidando unas Fuerzas Armadas profesionales y subordinadas al poder civil, y permitiendo alternancias pacíficas en el poder presidencial a lo largo de cuatro décadas.
***
El éxito y la viabilidad histórica del pacto descansaron en la madurez política de los dos grandes partidos de masas de entonces: Acción Democrática (AD), liderado por Rómulo Betancourt, y COPEI, encabezado por Rafael Caldera (junto a la participación inicial de Unión Republicana Democrática, liderada por Jóvito Villalba).
AD aportó la mayor fuerza electoral y el arraigo popular de las clases trabajadoras y campesinas. La visión de Rómulo Betancourt comprendió que la democracia venezolana no sobreviviría si se repetían los errores sectarios del trienio 1945-1948. Betancourt supo ceder espacios y moderar aspiraciones partidistas radicales para integrar a los sectores moderados y conservadores bajo un mismo techo constitucional.
Por su parte, COPEI representó la inserción definitiva del catolicismo social y de los sectores demócrata-cristianos en el juego democrático moderno. Sus líderes demostraron un talante republicano excepcional al anteponer la construcción del Estado de derecho a cualquier cálculo subalterno. La presencia de COPEI garantizó que el sistema no fuera una hegemonía de partido único, sino un verdadero cauce plural donde la alternancia se tornó natural y previsible.
La convergencia entre socialdemócratas (AD) y demócrata-cristianos (COPEI) edificó un sólido bipartidismo que vertebró la vida nacional, proveyendo al país de estabilidad económica relativa, expansión educativa y una clase media pujante.
***
Todo orden político sufre desgaste con el paso de las décadas, y el sistema puntofijista no estuvo exento de vicios de partidocracia y desconexión social que facilitaron su colapso a finales del siglo XX. Sin embargo, despojar al Pacto de Puntofijo de sus indudables logros es un error histórico.
Hoy, a 68 años de su firma, su lección principal resuena con extrema urgencia: ninguna transición ni consolidación democrática es viable sin acuerdos mínimos entre adversarios políticos, capaces de anteponer la nación a las facciones. El entendimiento transversal sigue siendo la única vía para reconstruir la república sobre cimientos duraderos.
El Pacto de Puntofijo contó, como basamento fundamental, con un indudable respaldo popular.
Aunque con frecuencia se le ha catalogado simplistamente como un acuerdo exclusivo de élites, el Pacto de Puntofijo estuvo profundamente respaldado por una sociedad civil movilizada y consciente. No constituyó un pacto de cúpulas aisladas, sino la expresión política de un anhelo colectivo nacional.
La caída de Pérez Jiménez fue una conquista popular, producto de la rebelión cívico-militar del 23 de enero de 1958. Obreros, estudiantes, empresarios, intelectuales y sindicatos exigían estabilidad y el fin de las dictaduras. En este contexto, el pacto funcionó como el canalizador institucional de esa voluntad masiva de cambio pacífico.
El respaldo popular se ratificó de inmediato en las urnas: más del 90 % del electorado votó por los partidos firmantes en las elecciones de diciembre de ese mismo año. Los ciudadanos comprendieron que la unidad política era el único escudo contra el retorno del autoritarismo. Así, el pacto legitimó su existencia en las calles y en la conciencia social, convirtiéndose en una obra colectiva donde toda la sociedad democrática venezolana blindó su derecho a vivir en libertad.
¿No será hora de que los venezolanos, enfrentados a un futuro con muchos retos, urgencias y esperanzas, demos vida a un nuevo Pacto nacional, no solo entre liderazgos o instituciones políticas, sino de toda la sociedad?
Si algo se destaca en las más recientes palabras de María Corina Machado, es precisamente ello.
