El fútbol celebra el fracaso de Infantino: «Ha perdido nuestra confianza»
La FIFA da marcha atrás en su plan de vender a inversores privados una participación en el negocio del Mundial y deja en cuestión el liderazgo de su presidente
Gianni Infantino quiso vender una parte del negocio y terminó perdiendo la confianza de buena parte del planeta fútbol, un revés aún de consecuencias incalculables. La resistencia de las principales confederaciones obligó al presidente de la FIFA a retirar el proyecto con el que pretendía incorporar capital privado a una nueva sociedad encargada de gestionar sus competiciones, incluido el Mundial. La propuesta cayó en pocos días, pero el daño político puede ser permanente para él.
El plan, denominado FIFA Forward Enterprise, aspiraba a recaudar hasta 4.200 millones de dólares mediante la venta de alrededor del 20% de una unidad comercial valorada en 20.000 millones, una operación semejante a la que pretende Florentino Pérez en el Real Madrid.
La FIFA justificaba la operación como una vía para obtener recursos y reforzar a sus 211 federaciones, especialmente a las más necesitadas. Pero las cifras no consiguieron ocultar el verdadero problema: buena parte del fútbol mundial no sabía con precisión qué se negociaba, quién lo había diseñado ni hasta dónde alcanzaría el poder de los inversores.
La oposición creció desde Europa. La UEFA rechazó la propuesta por unanimidad y llegó a amenazar con un boicot a los Mundiales. Después se sumaron Concacaf y la Confederación Asiática. La contestación también cruzó las puertas de la propia FIFA: Carlos Cordeiro, asesor principal de Infantino, dimitió tras calificar la iniciativa como un mal negocio para el fútbol, mientras que el director de operaciones, Kevin Lamour, afirmó que la administración había sido engañada.
Infantino acabó cediendo. En su comunicado, el presidente defendió que el proyecto solo habría avanzado con el respaldo mayoritario de las federaciones y después de un proceso de consulta con el Consejo de la FIFA, las confederaciones y otros actores. Admitió, sin embargo, que la iniciativa había provocado divisiones incompatibles con su objetivo inicial.
«Nuestro propósito siempre ha sido, y siempre será, unirnos y mejorar», señaló antes de anunciar que la propuesta no seguiría adelante. El presidente prometió volver a reunir a los actores enfrentados para buscar otras fórmulas de crecimiento y financiación.
La UEFA recibió la marcha atrás como «una victoria para todo el fútbol», aunque dejó claro que la retirada no cerraba el conflicto. En un comunicado de una dureza poco habitual, acusó a la dirección de la FIFA de preparar el acuerdo a puerta cerrada, acelerarlo sin un debate suficiente y prescindir de las garantías básicas de transparencia.
El organismo europeo recuperó además las palabras con las que Infantino alcanzó la presidencia en 2016. Entonces sostuvo que el dinero de la FIFA pertenecía a las federaciones y debía emplearse exclusivamente en desarrollar el fútbol. Para la UEFA, el dirigente ha incumplido aquel compromiso y también su promesa de gobernar con transparencia.
«La actual dirección de la FIFA no solo ha perdido la confianza de la UEFA, sino también la de muchos otros miembros de la familia del fútbol», señaló la confederación, que reclamó una investigación «exhaustiva y profunda» sobre el origen del proyecto, su tramitación y las personas responsables de impulsarlo. No podemos seguir así, con planes secretos que se llevan a cabo a toda prisa, ideados por individuos anónimos y de dudoso beneficio para el deporte. Debemos identificar a los responsables y exigirles que rindan cuentas.
La de la UEFA no fue la única reacción: «El futuro del fútbol mundial siempre debe moldearse mediante la consulta adecuada, el diálogo colectivo y el respeto a las estructuras de gobernanza establecidas de nuestro deporte», dijo el jeque Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la confederación asiática y rival de Infantino en las elecciones en las que el suizo alcanzó la presidencia. El dirigente de Bahréin incidió en la grieta abierta en la FIFA sobre los procedimientos de consulta y toma de decisiones entre los miembros.
Infantino, de 56 años, llegó al poder en 2016 con el encargo de reconstruir una organización golpeada por los escándalos de corrupción que salpicaron la etapa de Joseph Blatter. Desde entonces había fortalecido su posición gracias al apoyo de numerosas federaciones y a la expansión de los torneos. Resultó reelegido dos veces sin oposición, y se esperaba que lo mismo ocurriera el próximo marzo, fecha prevista para el nuevo proceso electoral. Esta vez, sin embargo, calculó mal la resistencia a su plan, y el movimiento en falso puede resultar fatal.
La venta parcial de la gestión de las competiciones es el gran fiasco del dirigente suizo, al punto de poner en cuestión su liderazgo y permanencia en la institución. En las últimas horas han trascendido varios nombres que podrían disputarle la presidencia. El principal es el de Nasser Al Khelaifi, dueño del PSG, que sería el candidato apoyado por la UEFA. También podría volver a intentarlo el jeque Salman Al Khalifa, que contaría con el apoyo de las 46 federaciones asiáticas. El último gran candidato es el suizo Mattias Grafström, actual secretario general de la FIFA, el mismo puesto que ocupaba Infantino antes de ascender a la presidencia. Podría ser el hombre de consenso.