Catedral de Notre Dame. (EFE)
Ha pasado más de medio siglo y sigue resonando en mi cabeza el crujido de las hojas muertas bajo los zapatos en el bosque de Vincennes. Corría el otoño de 1975 y Franco agonizaba en un clima de incertidumbre.
Cogía a diario el metro en Saint-Sulpice hasta la parada del castillo de Vincennes, una fortaleza construida por los Valois en el siglo XV. Al pasar junto al foso y sus torreones, no podía evitar la imagen de la ejecución del duque de Enghien por orden de Napoleón. Allí fue también fusilada Mata Hari.
El edificio de la universidad estaba situado en el interior del bosque, a más de un kilómetro de distancia de la parada del metro. Era un complejo de materiales baratos, con profusión de uralita, y aspecto destartalado. La puerta principal conducía a un patio, convertido en mercado de baratijas. Olía a pachuli y a comida árabe.
Había aulas sin puertas y sin sillas. Los alumnos se sentaban en el suelo para escuchar a Deleuze, Badiou y Châtelet, que impartían las clases de filosofía. Solía fumar en el pasillo con Nicos Poulantzas, que enseñaba teoría política en el piso de abajo. Cuatro años después, se suicidó al lanzarse desde la torre de Montparnasse.
No había exámenes ni notas en aquella universidad, abierta a quien quisiera aventurarse a cruzar el bosque. Circulaba una leyenda, probablemente falsa, que decía que unos provocadores habían matriculado a un caballo, que obtuvo la licenciatura. Los profesores y los alumnos consideraban que la enseñanza convencional estaba al servicio del poder y que la sagrada misión de Vincennes era demoler la ideología dominante.
El ministro Edgar Faure había fundado Vincennes en 1969 tras la experiencia de Mayo del 68. El espíritu de la revuelta se trasladó a aquel lugar, cuyo aislamiento era el perfecto símbolo de la inutilidad del empeño. A nadie le importaba lo que sucedía allí y sus títulos carecían de validez práctica alguna.
Hace algunos años, volví a ver la escena de ‘Farenheit 451’, la película de Truffaut, en la que unos seres solitarios memorizan en un bosque los libros prohibidos por un Gran Hermano. Aquello me recordó los paseos y las horas en Vincennes, la belleza de la imperfección y de lo inútil. Deleuze, que también se suicidó, llegaba a clase con un loden verde y un sombrero de fieltro, Châtelet nos hablaba de la Revolución Francesa con el aspecto de un anciano venerable, y Badiou aparecía embutido en cuero negro, enfatizando cada una de sus palabras.
En la tarde del 20 de noviembre de 1975, al entrar en la biblioteca, vi a una chica de espaldas que leía ‘Le Monde’. El titular de primera plana era: «Franco est mort». Minutos después, un centenar de estudiantes celebraba su fallecimiento en el patio tras suspenderse las clases. Con una mezcla de liberación y tristeza, opté por marcharse a casa.
La vida de Vincennes fue muy corta, algo más de una década, porque el Gobierno francés decidió demoler las instalaciones en 1980. Nada queda de aquel edificio desvencijado, cuyos estudiantes parecían okupas en un sistema académico que los repudiaba. Pero sí que ha sobrevivido, al menos en quienes estuvimos allí, la sed de saber y el conocimiento que transmitían profesores como Deleuze, cuyas clases duraban hora y media sin que nadie se atreviera a hacer ni el más mínimo ruido. Daba un curso sobre Spinoza, a veces difícil de seguir.
Aquel trayecto cotidiano en metro se transformó en un viaje iniciático hacia una utopía imposible. Fue un sueño del que me desperté cuando volví a Madrid para reanudar mis estudios. El objeto de la filosofía era la salvación del alma, decía el manual de la Complutense. No pude salvar mi alma en París, pero fui feliz.