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Francia habló: Emmanuel Macron derrotó a Marine Le Pen y a Monsieur Blanc

I

Emmanuel Macron caminó al centro del escenario de la celebración de su victoria, colocado al lado del Museo del Louvre, como corresponde a un candidato europeísta, globalizador y mundialista: las notas que sonaban no eran francesas -La Marsellesa sonaría al final, con un Macron rodeado de su esposa, y de un grupo entusiasta de jóvenes- eran alemanas: el llamado himno de Europa, las notas iniciales de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. Sus palabras no se separaron del guion de situaciones parecidas, pero resaltaron sobre todo los valores centristas y aperturistas que defiende el hoy presidente de Francia. 

Después de los resultados de la primera vuelta presidencial en Francia, la única posibilidad real de triunfo para la muy ultra-derechista y con diversos aires trumpianos Marine Le Pen podía darse a consecuencia de un nuevo ataque terrorista de Daesh, o un desastre natural que cambiara dramáticamente la percepción de la realidad.

Solo dos semanas separaron la primera de la segunda vuelta, realizada este domingo 7 de mayo. En quince días surgieron de sus cavernas los sentimientos más negativos, las campañas sucias, los insultos al contrario, la apuesta por una política sin ética constructiva. El debate final, el pasado miércoles 3, fue una verdadera batalla de descalificaciones y de golpes bajos.

Pero todos los analistas y expertos en los quehaceres políticos coincidieron en que en el debate Emmanuel Macron le propinó un knock-out a su rubia rival, 63 % – 34 %.

La victoria del llamado candidato “centrista” –primer banquero y ministro de economía llamado así, que se sepa- tiene un efecto exterior muy importante: La Europa continental, de entrada, respira aliviada. Mientras que los diversos neo-populismos y tiranos como Putin se suman a la derrota. Los británicos tendrán ahora enfrente un continente mucho más unido en las negociaciones del Brexit; recordemos que la capital de Francia no es sólo París, también lo es Bruselas.

Llegado el momento del último debate en la campaña, muchos pensaban que el neófito Macron no podía derrotar en una confrontación verbal entre dos a una política experimentada como Le Pen. Una vez más se olvida que un debate es un enfrentamiento muy especial, donde la preparación, el conocimiento y el aprovechamiento de las debilidades del contrario son fundamentales.

Macron explotó todo lo “anti” de su rival: anti-inmigración, anti-mundialismo, anti-Islam, anti-euro, anti-unión europea, anti-gringos; también los “pro” de ella: pro-Trump, pro-Putin, pro-cierre de fronteras, pro-Frexit, pro-nacionalismo (“la identidad nacional”).

Con los años, Le Pen ha logrado mezclar con éxito el tradicional mensaje anti-inmigración de su partido con el anti-islamismo, en una simplificación narrativa típica de los populismos. Sobre el tema inmigratorio Macron tiene posturas también duras, pero menos estridentes y oportunistas. El debate del pasado miércoles pasó a la historia, por ejemplo, cuando llamó a Le Pen la “gran sacerdotisa del miedo”, que dividiría irremediablemente a los franceses, llevando al país a una guerra civil (lo que precisamente desean los jihadistas).

En los temas económicos Le Pen no tenía chance alguno: es un terreno favorito del ex-banquero de los Rotschild, quien la puso contra las cuerdas exigiéndole respuestas específicas que ella no pudo responder. La señora se confundió especialmente en la política monetaria, enredando su respuesta en una incómoda mezcla de euros, francos y ecus, y mostrando una muy inquietante incompetencia.

Le Pen contraatacó en modo trumpista, buscando enlodar la vida privada de Macron (“quien juega a ser alumno y profesor”, velado ataque al hecho de que su rival se casara con su profesora de bachillerato, 24 años mayor que él); en su desconcierto, olvidó que está en Francia, donde es muy difícil conseguir un presidente –o jefe político- que no haya tenido una vida amorosa “heterodoxa.

II

La victoria de Macron, satisfactoria para él, no borra los nubarrones negativos hacia el futuro para un sistema político galo que está viviendo la vergonzosa derrota de los dos grandes movimientos partidistas históricos: los republicanos (descendientes del gaullismo) y los socialistas. La Francia de hoy no es la de siempre, y atraviesa una grave crisis identitaria. Y de seguir las cosas como van, el fantasma de “Le Pen 2022” no es una utopía.

Sin embargo, es evidente que el resultado no ha contentado a la rubia, que soñaba con superar el 40% de los votos. En su discurso de concesión, indicó que impulsará grandes cambios en su partido. Podría comenzar, pensamos, por sus relaciones con la prensa: este domingo le prohibieron la entrada a las instalaciones donde se reunía el Frente Nacional a representantes de más de 15 medios de comunicación.

Otro dato que no se puede olvidar: que el simpatizante chavista Mélenchon sacara casi un 20% es muy mala señal, como lo es que Macron sencillamente tenga el típico movimiento político de moda en muchas partes: una estructura personalista a su servicio. Si bien se habla de “lepenismo”, todavía no se habla de “macronismo”, pero pronto ocurrirá, tiempo le sobra a Macron, quien con 39 años es el presidente más joven de la V República francesa (el octavo presidente), y uno de los gobernantes más jóvenes desde los tiempos de Napoleón Bonaparte.

¿Hay además espacio para el “melenchonismo”? la derrota en primera vuelta de Jean-Luc Mélenchon fue muy dulce. Obtuvo ocho puntos más que en las presidenciales de 2012, triplicó el resultado del Partido Socialista y se quedó a dos puntos de pasar al segundo asalto. Además, llegó primero en cuatro de las diez ciudades más pobladas: Marsella (25%), Toulouse (29%), Lille (30%) y Montpellier (31,5%).

Sumados, Le Pen y Mélenchon sacaron 42% en la primera vuelta. Cualquiera de los dos, de llegar al poder, destruiría las instituciones republicanas de su país. Es cierto que se han nutrido de la cólera del electorado, pero también de la vergonzosa conducta de una dirigencia política en muchos casos ignorante, corrupta, y de instintos anti-intelectuales (decir esto último en Francia no es poca cosa). Ello ha sido aprovechado por los radicalismos lepenistas y pro-chavistas, que no tienen empacho alguno en ofrecer un mensaje a ratos ambiguo, con el fin de pescar en río revuelto.

Una gran derrotada ha sido asimismo la vieja dialéctica “derecha-izquierda”. Significativamente, Macron ha afirmado que no es ni de izquierdas ni de derechas (ha sido llamado “un gestor sin ideología”, y Monsieur  en même temps” –al mismo tiempo; defiende esto pero también aquello-), y hasta Mélenchon (viejo comunista) renuncia a su añeja seña de identidad y ha dejado de cantar en los mítines la Internacional para cantar La Marsellesa.

El domingo, otro personaje presente fue un candidato llamado “Monsieur Blanc”: junto al hecho de que el porcentaje de abstención fue un 25%, el más alto desde las elecciones presidenciales de 1969, el número de votos nulos o en blanco también alcanzo un porcentaje históricamente récord: 12%.

¿A quién nombrará de primer ministro? En todo caso no hay mucho tiempo para enderezar las cargas: a mediados de junio se celebran las elecciones legislativas, para lo cual todos los actores ya se están preparando. En ese momento sabremos si hay en verdad razones para celebrar o, al menos, para respirar con algo de tranquilidad sobre el futuro de Francia y de Europa.

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