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¿Una alternativa latinoamericana a Bukele?

¿Una alternativa latinoamericana a Bukele?
                                               GETTY IMAGES

La tasa de homicidios de El Salvador, previamente una de las más altas del mundo, ha disminuido drásticamente bajo el gobierno autoritario de Nayib Bukele. El presidente sostiene que no existe alternativa a su modelo de reducción del crimen, que incluye un estado de emergencia persistente, encarcelamientos masivos y violaciones generalizadas de los derechos humanos. Las reformas institucionales avanzan demasiado lentamente para mitigar el daño diario causado por las pandillas. Nadie, afirma, ha creado jamás un modelo de seguridad tan exitoso como el suyo.

Eso es claramente falso. Aunque pocos lo han notado, México ha reducido su número diario de homicidios en 41%, pasando de 87 a 51, en los últimos 18 meses, un logro histórico.

La causa principal sospechada de este cambio estructural es la estrategia de combate al crimen de México desde que la presidenta Claudia Sheinbaum asumió el cargo. El progreso de México es aún más notable porque la tarea de Sheinbaum es mucho más difícil que la de Bukele. México enfrenta grupos de crimen organizado transnacional sofisticados (los principales cárteles de drogas), no pandillas callejeras, y su población es 20 veces mayor que la de El Salvador. Mientras que el estado de emergencia de Bukele redujo los homicidios diarios en 5 durante los primeros 18 meses, México los redujo en 36 sin recurrir a un estado de emergencia.

La nueva estrategia de México difiere de las anteriores en varios aspectos. Tal vez el más importante es que no evita confrontar directamente las fuentes del crimen. De 2018 a 2024, el expresidente de México Andrés Manuel López Obrador (AMLO) había favorecido un enfoque de baja confrontación frente al crimen organizado, en un esfuerzo por evitar los errores de estrategias anteriores. Sus propios predecesores se habían centrado en decapitar organizaciones criminales y encarcelar a sus líderes, lo que fracasó y provocó un crecimiento exponencial de la violencia. Al eliminar a sus líderes, las organizaciones criminales se fracturaron en células que luchaban entre sí, creando caos y diversificándose hacia otras actividades ilícitas.

Pero la estrategia de paciencia de AMLO tampoco funcionó. La tasa de homicidios disminuyó, pero el poder de los criminales se consolidó aún más. Los grupos delictivos desarrollaron extensas redes de extorsión, practicaron el vigilantismo, reclutaron forzosamente a jóvenes y recurrieron a fosas comunes para mantener sus actividades fuera del ojo público.

Sheinbaum encontró un tercer camino. A diferencia de líderes pasados que veían la decapitación como una estrategia única para todo el país, ella ha diseñado estrategias localizadas para atacar a los mandos medios, no solo a los grandes capos. Al mismo tiempo, ha desplegado recursos de investigación criminal para atacar las principales fuentes de financiamiento de los cárteles y coordinarse mejor con las autoridades locales.

La estrategia reconoce que el crimen opera de manera diferente según la región y no puede combatirse con las mismas herramientas en todas partes. En la región productora de aguacate de Michoacán, los grupos criminales extorsionan a los agricultores. En estados ricos en petróleo como Tamaulipas o Tabasco, contrabandean combustible. A lo largo de la frontera México-Guatemala, trafican y secuestran migrantes. En Cancún y Ciudad de México venden drogas a turistas y consumidores locales. Y en Tijuana cruzan la frontera hacia Estados Unidos y reciben pagos en dólares. Cada economía criminal tiene incentivos y estructuras organizativas distintas que solo pueden desmantelarse con estrategias específicas.

En consecuencia, Sheinbaum ha diseñado un plan separado para abordar el contrabando de combustible en zonas petroleras, la corrupción en aduanas, la extorsión en áreas agrícolas y la infiltración y captura de fuerzas policiales locales en los estados del sur. Quizá lo más importante es que México está desarrollando sus capacidades de investigación criminal y usándolas para detener a “agentes generadores de violencia”, incluidos mandos medios del crimen. El resultado ha sido un aumento en los arrestos, con un crecimiento de 11% en la población penitenciaria durante los primeros 15 meses de la estrategia.

Por supuesto, la tasa de encarcelamiento de México sigue siendo muy inferior a la de Chile, Brasil y, ciertamente, la de Estados Unidos y El Salvador, y no se pueden descartar posibles abusos. Si el aumento actual de la tasa de encarcelamiento continúa, para 2030 México se situará entre 25% de países con las tasas más altas. Además, dado que los juicios tardan, en promedio, diez meses, dos de cada cinco personas en prisión aún no han sido sentenciadas.

Sin estudios más detallados, la reducción de la violencia podría no ser enteramente atribuible a la estrategia de Sheinbaum y podría reflejar, en cambio, un cambio en el comportamiento de los grupos criminales hacia moderar su accionar. A diferencia de las antiguas organizaciones jerárquicas que dominaban la escena en el pasado, grupos como el Cártel Jalisco Nueva Generación operan con un modelo descentralizado y tipo franquicia, lo que hace que la decapitación sea menos desestabilizadora y menos propensa a provocar fragmentación violenta. Muchos grupos criminales son tan estratégicos como las fuerzas del orden. Con Sheinbaum priorizando la reducción del crimen y enfrentando enorme presión de Estados Unidos, saben que los actos visibles de violencia los pondrán en la mira.

Algunos comentaristas, sin embargo, sugieren que los homicidios en realidad no han disminuido, sino que los criminales se han vuelto más hábiles para ocultar los cuerpos. Esto puede ser cierto en parte, pero es poco probable que sea la explicación principal de la reducción. Y aunque el número de personas desaparecidas en México ha aumentado en los últimos años, no ha sido suficiente para compensar la caída de homicidios.

Otra teoría es que el gobierno “borra” homicidios reclasificándolos como accidentes o atribuyéndolos a otras causas. No se puede descartar que estas prácticas ocurran en algunos estados. Pero incluso si todas las muertes catalogadas como accidentes u otras causas fueran homicidios ocultos, la tasa general de homicidios aún habría disminuido.

No solo los homicidios han caído. Robos, secuestros, extorsiones e incluso agresiones graves han tendido a la baja bajo Sheinbaum. Esto sugiere que el crimen en general está siendo contenido, un patrón que no se observaría si la única variable fuera la manipulación en la clasificación de homicidios.

Por supuesto, México no ha controlado por completo el crimen. Algunas regiones siguen siendo altamente violentas y el país aún carece de una policía profesional no militarizada. Los ciudadanos mexicanos clasifican consistentemente la inseguridad como uno de los principales problemas del país, y es poco probable que desaparezca mientras Estados Unidos y Europa, los mayores mercados de drogas ilícitas del mundo, sigan demandando lo que los cárteles ofrecen.

Además, México enfrenta un grave problema de corrupción que lleva a que las autoridades locales hagan la vista gorda o permitan abiertamente que el crimen organizado opere con impunidad. La semana pasada, Estados Unidos solicitó la extradición de un gobernador en funciones, alegando que colaboró con un cártel. Las autoridades mexicanas investigan el caso, pero sostienen que no se les ha proporcionado suficiente evidencia para actuar contra él.

Aun así, los gobiernos de todo el mundo deberían tomar nota. Si un país que enfrenta tantos desafíos como México puede lograr mejoras de esta magnitud, puede existir una alternativa creíble a la brutalidad de Bukele.

 

Viri Ríos, politóloga, es editora principal de Mexico Decoded.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org


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